Elogio de la amistad
(Desfile de modelos)
José Ramón Ayllón
Jenofonte, al honrar la memoria de dos generales griegos que habían sido muertos a traición durante la retirada de los diez mil, dice: «Murieron habiendo sido irreprochables en la guerra y en la amistad». Mínimas palabras para un elogio máximo. Fueron irreprochables en lo que era su oficio —la guerra—, y quizá en el más excelente de los sentimientos humanos: la amistad.
La primera literatura griega ya elogia esa relación que presta al encuentro entre los hombres un colorido especial. Ni los héroes griegos pueden pasear solitarios por los escenarios de sus hazañas, ni las relaciones humanas pueden quedar encerradas exclusivamente en el estrecho clan familiar. Por la forma de vivir la amistad y de hablar sobre ella nos parecen insuperables Séneca, Cicerón, Epicuro, Platón, Aristóteles y Sócrates. Y aquí deseo abrir un justificado paréntesis:
(En los lectores que no hayan comenzado el libro por la página de «Agradecimientos» podría insinuarse cierta objeción comprensible: que el desfile de modelos está dominado por los clásicos…Salgo al paso para intentar dar la vuelta a la posible objeción, porque el citado predominio tiene una justificación de peso: los clásicos han tratado las grandes cuestiones humanas antes, más y mejor que los demás. No es casualidad que hayan sobrevivido a la carcoma de los siglos, pues las ideas también envejecen, pasan de moda, son cubiertas por el polvo de la historia y quedan sepultadas en el olvido. Solo el vino y los clásicos mejoran con el tiempo. Tampoco es casualidad que quienes renacen en el Renacimiento sean Platón y el mejor de sus discípulos: las dos figuras que llenan con su sabiduría el filosófico fresco de Rafael en las estancias vaticanas. Y no es casualidad, por supuesto, que sea obligado abrir con ellos el elogio de la amistad. Para lo cual cierro paréntesis).
El sofista Antifón intentó atraerse a los amigos y alumnos de Sócrates, manifestando que la vida de este no podía ser feliz ni recomendable, especialmente a causa de su gran pobreza. Jenofonte nos cuenta la respuesta de Sócrates:
—Antifón, así como a otro hombre le procura placer un buen caballo o un perro o un pájaro, a mí me deparan mayor satisfacción los buenos amigos. Y si encuentro algo bueno se lo enseño a ellos; y los presento unos a otros para que mutuamente salgan beneficiados en la virtud. Con mis amigos saboreo los tesoros que los hombres sabios del pasado dejaron por escrito. Y cuando encontramos algo interesante lo recogemos y lo consideramos de gran provecho si puede ayudar a otros (Memorables).
Hay en la vida de Sócrates hechos y dichos vigorosos, pero él mismo nos dice que la amistad es el centro de su vida. Y sus amigos le reconocen como el mejor en la amistad, también cuando no es fácil tal reconocimiento: en la vejez, en la condena a muerte, en la cárcel y en la hora de la cicuta. En torno a Sócrates aparecen amigos verdaderos, sin sombra de intereses más bajos. Y nosotros atesoramos esa amigable forma de vivir, esa charlatanería gustosa sobre el gusto común por la excelencia. De Sócrates hemos aprendido que la amistad en la que participan los sabios del pasado con sus tesoros, proporciona experiencias duraderas sumamente agradables. Sócrates nos dice que el placer de contemplar a fondo los hombres y las cosas está cercano a la felicidad, y que el arte de vivir consiste en descubrir a las personas —siempre pocas— que pueden compartir ese placer. Aristóteles lo expresó bellamente: «Igual que nos resulta agradable la sensación de vivir, nos resulta grata la compañía de nuestros amigos; y aquello en lo que ponemos el atractivo de la vida es lo que deseamos compartir con ellos».
Aristóteles también dirá que la amistad, además de algo hermoso, es lo más necesario en la vida. Y este lirismo no encaja mucho en la imagen severa que tenemos del inventor del silogismo. Aunque Filipo lo escogió como preceptor de su hijo Alejandro Magno, Lutero lo llamó bufón del diablo, y le acusó de corromper el Cristianismo. A mí se me atragantó muy pronto. A la tierna edad filosófica de veinte años me aplastó su Metafísica, y tardé en recuperarme. Le traté con respeto, a distancia prudente, hasta que la Ética a Nicómaco destrozó mi primera impresión. Dicen los expertos que es el primer tratado de ética, y también el mejor. Empieza y termina hablando de la felicidad, y dedica los libros VIII y IX a la amistad. Todo lector de esa obra se siente sorprendido y cautivado por la atención y la elegancia con que el autor trata ese sentimiento. Después de él, todo lo que se ha dicho sobre la amistad llega tarde: ya ha sido analizado y descrito en esas páginas esenciales de la cultura griega. Con razón dice Lledó que tal vez sea esa gran descripción la parte más sorprendente de la ya sorprendente obra aristotélica.
La ética de Aristóteles culmina en la política. Frente a Epicuro y la Stoa, la vida del individuo no es una totalidad completa en sí misma, sino parte de un todo, parte de la polis. El ciudadano vive rectamente cuando su vida es útil para sus conciudadanos, para la conservación y prosperidad de su ciudad. Y la prosperidad de la polis consiste en la vida lograda de sus habitantes. Esa vida plena que solo se alcanza en convivencia amistosa es el gran logro de la amistad. La ética y la política tienen que construir la armonía de nuestra relación con nosotros mismos y con los demás. De la misma manera que el lenguaje es el espacio donde los seres inteligentes se encuentran y se complementan, la amistad es el punto de unión de unos seres con sentimientos naturales que desbordan los límites de la individualidad. Cuando Aristóteles advierte que lo propio de la amistad es crear fuertes lazos afectivos entre los individuos, la philia se convierte en concepto central de su ética y de su filosofía política: «La vida política debe, por encima de todo, promover la amistad, pues si uno desea que los hombres no se traten injustamente basta con hacerlos amigos».
Esta concepción desciende en línea directa de Platón, que también consideraba la amistad como una contribución esencial a la solución de los problemas políticos. «En la República y en la Carta VII, Platón razona su retraimiento de toda actividad política por la carencia total de amigos y camaradas seguros que pudieran ayudarle en la empresa de renovar la polis. Cuando la comunidad sufre una enfermedad orgánica que afecta a su conjunto o es destruida, la obra de su reconstrucción solo puede partir de un grupo reducido, pero fundamentalmente sano de hombres identificados en ideas, que sirva de célula germinal para un nuevo organismo; tal es siempre el significado de la amistad para Platón: es la forma fundamental de toda comunidad humana que no sea puramente natural sino también espiritual y ética» (Jaeger, Paideia).
Esto tiene poco que ver con Epicuro, que considera antinatural la actividad política, llena de inquietudes, enemiga de la tranquilidad en la que cifra la vida feliz: «Liberémonos de una vez por todas de la cárcel de las ocupaciones cotidianas y de la política». Han sido amputados los beneficios políticos de la amistad; en adelante, epicúreos y estoicos solo considerarán la excelencia de sus beneficios individuales. Y no es poco: Epicuro dirá que la amistad es lo mejor para la vida feliz, y que el hombre noble se dedica sobre todo a la sabiduría y a la amistad, y debe estar dispuesto a dar la vida por el amigo.
Cicerón, en su tratado De amicitia, hace una brillante síntesis de lo que se ha dicho sobre la amistad hasta el momento, y presenta su trato con Escipión como modelo acabado de relación amistosa. Un siglo más tarde, Séneca dedica a la amistad páginas memorables. En las Epístolas a Lucilio despliega las dos cualidades esenciales del género epistolar: la imagen constante del propio escritor y la efusión de la amistad. San Agustín, el último romano, tuvo muchos y excelentes amigos; «Tratado sobre la amistad» es una de las múltiples etiquetas que podrían colgarse de sus Confesiones, donde aparece el recuerdo emocionado de algunos amigos íntimos.
Después de este repaso ya podemos reunir a los autores mencionados en una mesa redonda, y entresacar las notas distintivas de la amistad. Invitaré también a C. S. Lewis, porque en su libro Los cuatro amores explica con brillantez que el amor es una especie del género sentimental, y la amistad una de las cuatro formas de amar. Todos ellos coinciden en considerar la amistad como una relación entrañable; libre, recíproca y exigente; desinteresada y benéfica; que nace de inclinación natural y se alimenta del convivir compartiendo. Veamos el contenido de esas notas:
RELACIÓN ENTRAÑABLE.
Aristóteles dirá que se trata de un afecto necesario y hermoso. Estimado por Cicerón porque quita rigidez a la convivencia y la hace indulgente, libre, amena e inclinada al buen humor. La vida —dice Lewis— no tiene don mejor que ofrecer; ¿quién puede decir que lo ha merecido? Para Séneca, su primer beneficio es el propio placer que proporciona, pues sin compañía no es grata la posesión de bien alguno. Y ese placer lo causa no solo el cultivo de una vieja amistad, sino también el inicio de una nueva: incluso puede ser más grato granjearse una amistad que retenerla, al igual que es más grato al artista estar pintando que haber pintado.
La fuerza del sentimiento amistoso se pone dramáticamente de manifiesto en la muerte. Podemos verlo en el párrafo magnífico de San Agustín:
«Me hice íntimo amigo de un antiguo compañero de estudios. Los dos éramos jóvenes. Pero he aquí que le dio una fuerte calentura y murió. Durante un año, su amistad había sido para mí lo más agradable de la vida, así que la vida se me hizo inaguantable: la ciudad, mi casa y todo lo que me traía su recuerdo era para mí un continuo tormento. Le buscaba por todas partes y ya no estaba. Solo llorar me consolaba. Era yo entonces un miserable prisionero del amor, y me sentía despedazar por ese amor perdido. Así vivía yo, y lloraba de amargura y descansaba en la amargura (…). Me maravillaba que, muerto aquel a quien tanto había querido, siguiera yo viviendo. Bien dijo el poeta Horacio que su amigo era la mitad de su alma, porque yo sentí también que su alma y la mía no eran más que una en dos cuerpos» (San Agustín, Confesiones).
LIBRE, RECÍPROCA Y EXIGENTE.
“Algunos creen que para ser amigos basta con querer, como si para estar sano bastara desear la salud». Finísima observación de Aristóteles, a la que añade lo que sigue: «Para que alguien sea un verdadero amigo, no solo debe ser bueno, sino también bueno para ti», y esa elección tampoco basta, pues «solo hay amistad cuando la benevolencia es recíproca». Esa reciprocidad requiere cierta igualdad, y se ve amenazada «cuando se produce entre los amigos una gran diferencia en virtud, vicio, prosperidad o cualquier otra cosa: entonces dejan de ser amigos, y ni siquiera aspiran a serlo. Por eso es tan difícil que un hombre normal sea amigo de un rey o de un sabio». Si los vicios de una persona manchan a sus amigos, Cicerón recomienda aflojar esa amistad poco a poco: no rasgarla sino descoserla; a menos que se haya cometido algo intolerable que exija romper sin contemplaciones. En cualquier caso, una amistad rota no debe dar paso a la enemistad, pues es indigno hacer la guerra contra un antiguo amigo.
La amistad es exigente. Por ella «el hombre íntegro hace muchas cosas en favor de sus amigos y de su patria, hasta dar la vida si es preciso». ¡Noble exigencia! Pero Aristóteles sería un ingenuo si no reconociera que «estas amistades son raras, porque los hombres no suelen ser así». La amistad también exige confianza mutua, y no hay confianza sin tiempo. Como dice el poeta Teognis, «no puedes conocer la mentalidad de un hombre o de una mujer antes de ponerlos a prueba como a una bestia de carga»: con frecuencia la desgracia se encarga de poner en evidencia a los que no son realmente amigos; en cambio, el paso del tiempo tiene otra curiosa ventaja: protege a la amistad de la posible calumnia, «porque no es fácil creer lo que se diga sobre un amigo a quien uno mismo ha puesto a prueba durante mucho tiempo». Como «la intimidad requiere tiempo y es difícil, no es posible ser amigo de muchos con amistad perfecta. En cambio, por interés o por pasarlo bien es posible tener bastantes amigos, pues ambas condiciones las reúnen muchos y no requieren demasiado tiempo».
«Que lo que se pide a los amigos sea honroso»: ahí pone Cicerón la primera exigencia de la amistad. También Aristóteles dirá que «los buenos amigos no hacen peticiones torpes ni se prestan servicios de esa clase. Más bien impiden la torpeza, pues es propio de los buenos no apartarse del bien, y no permitir que se aparten sus amigos».
DESINTERESADA Y BENÉFICA.
Quien comienza a ser amigo por interés, por interés dejará de serlo, y despoja a la amistad de su grandeza. Así escribe Séneca a Lucilio, haciendo eco a estas palabras de Aristóteles: «La amistad por interés no busca el bien del amigo, sino cierto beneficio. Estas amistades no son auténticas, y son fáciles de disolver cuando el amigo deja de ser útil o agradable». Aristóteles explica con sencillez que la amistad desinteresada es posible, aunque costosa: «Preferimos ser queridos, pero la amistad consiste más en querer: como las madres, que se complacen en querer sin pretender que su cariño sea correspondido. Por eso, los amigos que saben querer son seguros». El filósofo propone también un breve programa: con desinterés ayudaremos de buena gana a nuestros amigos antes de que nos llamen; participaremos con gusto en sus alegrías; y seremos lentos en aceptar favores, porque no es noble estar ansioso de beneficios.
Ese querer desinteresado es el primer beneficio de la amistad, todo un privilegio. Aristóteles sabe que «tener amigos íntimos es una suerte que no todos tienen». Sabe también que «en la pobreza y en las demás desgracias se considera a los amigos como el único refugio». Y que «los jóvenes los necesitan para evitar el error; los viejos, para sostener su debilidad; y los que están en plenitud de facultades, porque siempre la unión hace la fuerza». Se pregunta si necesitamos más a los amigos en la prosperidad o en la desgracia. Y responde que los buscamos en ambas situaciones, tanto para pedir ayuda como para compartir la alegría, pues la presencia de los amigos es grata siempre. Pero añade un matiz relevante: «es más necesaria la amistad en el infortunio».
Se experimenta a los amigos como un gran bien. Recordando sus años universitarios, C. S. Lewis comenta que, en un grupo de íntimos, esa apreciación es a veces tan grande que cada uno se siente poca cosa ante los demás. Y se pregunta qué pinta él allí, entre los mejores. Tiene la gran suerte de disfrutar de esa compañía y de tomar lo mejor, lo más inteligente o lo más divertido que hay en ellos.
INCLINACIÓN NATURAL.
Séneca explica a Lucilio que nos sentimos empujados a la amistad por «un impulso natural», por «un instintivo placer»: así como existe aversión natural a la soledad y propensión a la vida en sociedad, así también existe un estímulo que nos hace desear la amistad. Estas son las razones de Aristóteles: Parece darse de modo natural entre padres e hijos, y en general entre los hombres; por eso alabamos a los que aman a sus semejantes. Además, consideramos que el amigo es uno de los mayores bienes, y la carencia de amigos y la soledad es lo más terrible, porque toda la vida y el trato voluntario se desarrolla entre amigos: pasamos la mayor parte del tiempo con nuestros familiares y amigos, o con los hijos, padres y esposa. Dice Eurípides que «cuando Dios da bienes, ¿qué necesidad hay de amigos?»; pero nadie querría poseer todas las cosas y estar solo, pues el hombre es animal social, y por naturaleza necesita convivir. Por todo ello, «la amistad es lo más necesario en la vida». Para Cicerón, esto es fácil de ver si uno se imagina, por hipótesis, en un desierto, en medio de la abundancia y de la satisfacción, pero privado en absoluto de compañía humana. Incluso la persona más intratable necesita algún amigo sobre el que vomitar el veneno de su aspereza. Lewis precisa que la necesidad de la amistad no es biológica, pues no tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que le dan valor a la supervivencia.
FRUTO DEL CONVIVIR COMPARTIENDO.
Los amigos comparten cosas, gustos, puntos de vista. C. S. Lewis explica que la amistad nace cuando dos o más compañeros descubren que tienen algo en común. La típica expresión para iniciar una amistad puede ser algo así: —¿Cómo, tú también…? Sin una aspiración común no podría nacer la amistad, aunque sí el afecto. La amistad tiene que construirse sobre algo común, aunque solo sea una afición por el tenis, o por los peces tropicales. Los que no tienen nada no pueden compartir nada, los que no van a ninguna parte no pueden tener compañeros de ruta.
Aristóteles plasma esta idea en una magnífica descripción costumbrista: «Amistad es, en efecto, convivir, y desear para el amigo lo mismo que para sí. Y aquello en lo que ponemos el atractivo de la vida es lo que deseamos compartir. Por eso, unos beben juntos, otros disfrutan con el mismo juego, o practican el mismo deporte, o salen de caza, o charlan sobre filosofía».
Cicerón es, en este punto, autobiográfico: «De todos los bienes regalados por la Fortuna, ninguno comparable a la amistad de Escipión. En ella encontraba yo conformidad con mis opiniones políticas, consejo en los asuntos privados, y descanso agradable. Una era nuestra casa, uno nuestro alimento, y tomado en común. Siempre anduvimos juntos: en la guerra, en los viajes y en los paseos por el campo. Y juntos dedicábamos el tiempo libre a conocer nuevas cosas, lejos del bullicio de la multitud».




