La música como ámbito de encuentro personal
El encuentro con la música
Sara Tabuenca Agramonte
Una melodía simple, naíf, no deja de resonar en mi cabeza: se trata una piecita del álbum de Papillons de Schumann. Entre tanto trajín, trabajo, familia, estudio, ruido interno y externo; me devuelve a lo cotidiano, a la inocencia de la niñez.
Me libera por unos instantes del peso de lo que el Principito llamaría "cosas serias" o "urgentes" para volver la mirada a "lo importante". Este ser pequeño y frágil que soy por fin encuentra un espacio para amar desde la belleza.
Haced silencio, volved la mirada a lo esencial, escuchad con el corazón. ¿También lo oís? Es el tenue latir de un corazón herido, coronado de espinas, que, poco a poco, “desbroza en mi amor toda maleza”.
1. Introducción
Lo que el lector acaba de leer no es un artificio literario: es una breve narración de lo que suscita un encuentro personal con una música concreta. Una melodía de apenas un minuto —una de las piezas breves de Papillons, op. 2, que Schumann compuso con poco más de veinte años evocando un baile de máscaras— se instaló sin permiso en medio de una vida ocupada, y en lugar de añadir ruido al ruido, abrió un claro. Convocó la infancia, trajo consigo al Principito con su distinción entre lo urgente y lo importante, y terminó, inesperadamente, en oración.
La experiencia es común; la sospecha que despierta, también. ¿No habrá puesto el oyente todo aquello de su cosecha? Quien asocia una melodía con su niñez, ¿descubre algo en la música o simplemente se asoma a su propia memoria, como quien encuentra rostros en las nubes? La psicología conoce bien el poder evocador del sonido, su alianza con el recuerdo y la emoción. Precisamente por conocerlo cabe reducirlo todo a mecanismo: la música como estímulo eficaz, disparador de estados de ánimo, banda sonora que cada cual rellena con su biografía. Si así fuera, hablar de un encuentro con la música sería un abuso del lenguaje: nadie se encuentra con un espejo.
La sospecha merece ser tomada en serio y, además, conviene advertir que no es una pregunta inocente ni intemporal: la hacemos desde una época que ha cambiado radicalmente su manera de escuchar. Nunca hubo tanta música y, quizá, tan poca escucha. La música nos acompaña al hacer deporte, al estudiar, al esperar; suena en el supermercado y en la sala de espera; se administra en listas diseñadas para producir concentración, euforia o calma. Es ubicua y, a la vez, extrañamente muda: está siempre sonando y casi nunca la escuchamos. Hemos ganado acceso ilimitado a ella y hemos perdido, en gran medida, el gesto que la hace hablar: detenerse, contemplar. No es casual que la palabra con la que comenzaba el texto contenga un imperativo.
Las preguntas que esta sesión quiere plantear son, pues, tres, y van encadenadas. La primera: ¿qué es la música, para que pueda —si puede— salir a nuestro encuentro? La segunda: ¿qué hay en ella y qué ponemos nosotros cuando creemos que nos dice algo?; o dicho de otro modo: ¿es posible comprender una obra musical, o solo cabe usarla? Y la tercera, que da título al encuentro y a la que las otras dos sirven: ¿puede la música ser ámbito de un encuentro verdaderamente personal —con la obra, con uno mismo, con los demás y, en su límite, con Dios?
2. Qué es la música y cómo se escucha
2.1. La música como relación
A la primera pregunta —qué es la música para que pueda salir a nuestro encuentro— se han dado respuestas memorables más por su belleza que por su precisión: Gabriel Marcel la llamó patria del alma; Pau Casals afirmaba que la humanidad aún no sabe lo que posee en ella. Intuiciones certeras, pero que conviene fundamentar, y el pensamiento de Alfonso López Quintás ofrece para ello un punto de partida tan sencillo que suele pasar inadvertido: en la música, lo decisivo no son las notas, sino lo que ocurre entre ellas. Una nota aislada no es todavía música; lo es el intervalo —la distancia tensa entre dos sonidos—, el ímpetu que lanza una nota hacia la siguiente. De esa relación primera nace el ritmo; del ritmo, la melodía; de la conjunción de voces simultáneas, la armonía. La música no tiene relaciones: es relación, de principio a fin.
El hallazgo sería una curiosidad técnica si no fuera porque la realidad entera parece estar hecha del mismo modo. La física contemporánea ha disuelto la vieja imagen de la materia como suma de partículas últimas e independientes: lo que llamamos materia son energías estructuradas, es decir, interrelacionadas; la relación no es un añadido a las cosas, sino su entraña constitutiva. Y en la cima de lo creado, el ser humano confirma la ley: somos seres de encuentro, hechos para el vínculo, que solo maduramos creando relaciones valiosas (Instituto López Quintás, 2021). Si esto es así, la música ocupa un lugar privilegiado entre las artes: es aquella cuya materia misma es lo que constituye la realidad — y lo que constituye a la persona. Por eso puede ser, más que ninguna otra, escuela de encuentro.
Pero ¿qué entendemos exactamente por encuentro? López Quintás lo precisa distinguiendo dos planos o niveles en nuestra relación con lo real. En el primer nivel tratamos con objetos: cosas que se miden, se poseen, se usan y se manejan. En el segundo nos abrimos a lo que él llama ámbitos: realidades que no se dejan poseer, sino solo encontrar; que no están simplemente ahí, sino que nos ofrecen posibilidades y esperan de nosotros una respuesta — una persona, una obra de arte, una tradición viva.
La diferencia entre ambos niveles se experimenta físicamente al piano. Puedo tratarlo como objeto de mi propiedad: moverlo, abrirlo, golpearlo; nadie me lo impide, y esa es la libertad propia del primer nivel, una libertad de maniobra. Pero si quiero tocar el piano —y no, como decía irónicamente el propio Quintás, tocarle al piano— debo someterme a condiciones: adoptar una posición, asumir como propias las normas de la interpretación, poner una partitura en el atril y obedecerla. Y aquí aparece la paradoja que la música enseña mejor que ningún tratado: cuanto más obedezco, más libre me siento. Las posibilidades que el compositor me ofrece no recortan mi libertad: la crean, porque me permiten hacer algo —dar vida a la Appassionata— que solo y por mi cuenta jamás podría. Es otra libertad, la libertad creativa, y su aprendizaje es, sin más, un camino de madurez personal.
La obra musical deja entonces de ser un objeto sonoro que consumo y se revela como un ámbito que me ofrece juego; y tanto la interpretación como la escucha —que es interpretación silenciosa— son el acontecimiento en que dos ámbitos, obra y persona, se entreveran: configuro la obra al darle vida, y soy configurado por ella. En ese entreveramiento consiste, exactamente, el encuentro.
2.2. La belleza y distancia contemplativa: contra lo pulido
Para que el encuentro ocurra, la belleza tiene que detenernos, nace de una actitud contemplativa; y nuestra época ha fabricado una belleza efímera que ya no detiene a nadie.
El filósofo Byung-Chul Han lo ha diagnosticado con precisión: "Lo pulido, pulcro, liso e impecable es la seña de identidad de la época actual" (Han, 2015, p. 11). Lo pulido es lo que tienen en común las esculturas de Jeff Koons, la pantalla del smartphone y el cuerpo depilado: superficies que no dañan, que no ofrecen ninguna resistencia, que eliminan toda negatividad y solo buscan sonsacarnos un "me gusta". Ante el arte de Koons —observa Han— no hace falta interpretar, descifrar ni pensar nada: es un arte vaciado de hondura, cuyo efecto es inmediato y cuyo lema es agradar. El problema es que esa estética de la complacencia anula precisamente la distancia contemplativa que todo juicio estético presupone (Han, 2015, p. 13): lo pulido no se contempla, se consume. Y cuando a lo bello mismo se le extirpa toda negatividad, toda capacidad de conmovernos y vulnerarnos, la experiencia de la belleza se vuelve imposible: lo bello se agota en el agrado.
Frente a esta belleza lisa, Han nos recuerda con tres ideas lo que la tradición entera supo siempre. Primero, que la belleza es esencialmente ocultamiento: lo bello es un escondrijo, algo velado que no se deja desvelar del todo, y por eso pide rodeo, paciencia, demora (Han, 2015, p. 45). Segundo, que la belleza verdadera hiere: ya los antiguos sabían que lo bello va mucho más allá de la complacencia y que la negatividad del dolor ahonda la belleza; sin herida —llega a decir— no hay verdad, ni siquiera verdadera percepción (Han, 2015, p. 54). Y tercero, que ante lo bello la actitud justa es demorarse: una contemplación en la que la voluntad y el afán de poseer se retiran (Han, 2015, p. 93).
Han recoge aquí unas palabras de Gadamer que parecen escritas para nuestro tema: “la esencia de la experiencia temporal del arte consiste en que aprendemos a demorarnos, y esa demora es quizá la correspondencia, a nuestra medida, de lo que llamamos eternidad” (Gadamer, citado en Han, 2015, p. 97).
Continuando con esta perspectiva, podemos afirmar igualmente que la música es relación en estado puro, y la persona es también, en su raíz, un ser relacional, un ser de encuentro que no se posee de antemano sino que se realiza vinculándose. Hay, pues, una afinidad ontológica entre lo que la música es y lo que la persona es: ambas están hechas de relación. Lo bello es vinculante. Funda duración. Por eso, en una era del consumo como la nuestra, en que lo bello pasa de ser un don a ser un producto, es necesario volver a conceptos como “consagración”, “contemplación” o “poético”. Lo bello no sucede adicionalmente a la verdad del ser: cuando la verdad se manifiesta, lo hace en la obra, en una manifestación o acontecer de la verdad. Por eso la música no se limita a agradar al oído; puede tocar a la persona en su estructura más honda, ahí donde también ella es apertura, vínculo, llamada.
El diagnóstico desemboca así en una consecuencia inmediata para esta sesión: el encuentro personal con la música no ocurrirá con cualquier música ni con cualquier escucha. Pide obras con fondo —con ocultamiento, con hondura poética, con verdad— y oyentes dispuestos a detenerse ante ellas. No es casual que la salvación de lo bello sea, para Han, la salvación de lo vinculante (2015, p. 110): de aquello que no se consume y se tira, sino que nos liga y nos compromete. Volveremos sobre esa herida de la belleza al final del camino, porque la fe cristiana tiene algo decisivo que decir sobre ella.
2.3. La música como mensaje
En este punto queda responder a la segunda pregunta de la introducción, la más espinosa: cuando ante una obra creemos comprender algo, ¿qué hay en ella y qué ponemos nosotros?
La hermenéutica —la disciplina filosófica que estudia qué significa comprender e interpretar— disuelve la falsa alternativa. Hans-Georg Gadamer (1960/2025) mostró que comprender —un texto, una obra, una persona— no es ni extraer un significado depositado en el objeto, como quien saca una carta de un sobre, ni proyectar sobre él nuestro mundo interior, como quien ve rostros en las nubes. Es algo distinto de ambas cosas: un acontecimiento en el que dos horizontes se encuentran y se funden. Gadamer llama horizonte a todo lo que cada uno trae consigo y desde lo cual ve: su lengua, su memoria, su tradición, sus heridas. El oyente no llega nunca vacío ante la obra, y ese equipaje, lejos de ser un estorbo que hubiera que eliminar para ser "objetivos", es la condición que hace posible comprender algo. Pero la obra tampoco es muda ni infinitamente maleable: trae su propio horizonte —sus estructuras, su época, su resistencia— y por eso puede sorprendernos, contradecirnos, decirnos lo que no esperábamos.
La comprensión es, pues, diálogo; y como todo diálogo verdadero, su resultado no estaba escrito de antemano: por eso no hay dos escuchas iguales, y por eso una obra puede acompañar una vida entera sin agotarse. La experiencia narrada al comienzo —infancia, Principito, oración— no queda con esto demostrada, pero sí legitimada en su posibilidad: habrá que examinar, en cada caso, si la obra funda esa lectura o la desmiente.
Para ese examen existen herramientas dentro del campo del análisis musical, aunque conviene saber que su legitimidad estuvo en disputa durante más de un siglo.
En 1854, el crítico vienés Eduard Hanslick publicó un tratado breve y demoledor, De lo bello en la música, donde sostenía que el contenido de la música no es más que "formas sonoras en movimiento": la música no puede expresar sentimientos ni ideas, solo arquitecturas de sonido, y quien cree oír en ella tristeza o consuelo está confundiendo el efecto que le produce con un contenido que la obra no tiene (Hanslick, 1854). La tesis, formulada contra los excesos de la música programática de su tiempo, hizo fortuna: buena parte del análisis musical del siglo XX se concentró en describir estructuras —acordes, formas, procesos— absteniéndose escrupulosamente de hablar de significado, como si hacerlo fuera una debilidad sentimental.
La rehabilitación del significado musical llegó por dos caminos convergentes. El primero fue el de la semiótica, que aplicó al análisis musical los métodos de la lingüística estructural con aspiración de cientificidad neutra: tuvo el mérito de poner la significación en la agenda de la disciplina, pero, heredera del espíritu positivista, se quedó a menudo en la catalogación de signos sin llegar a interpretarlos.
El segundo camino fue humanístico, y tiene su base en el método hermenéutico de Gadamer. Este es el que desarrollaremos a continuación y seguiremos en el apartado 3.
En 1980, el musicólogo norteamericano Leonard Ratner observó que la música del Clasicismo está tejida de estilos y figuras que su público reconocía al instante, porque procedían de la vida misma: de la iglesia, del teatro, del salón de baile, de la caza, del campo (Ratner, 1980). A estas figuras las llamó topics —en la tradición europea, tópoi, plural del griego tópos, "lugar común", término tomado de la retórica clásica, donde designaba los argumentos compartidos que un orador podía dar por conocidos—. Un oyente del siglo XVIII no necesitaba que nadie le explicara que un compás de 6/8 con bordón de gaita evocaba lo pastoril, que un ritmo punteado y solemne era música de iglesia o de majestad, o que ciertos pasajes sombríos con trémolos pertenecían al mundo de los aparecidos y lo sobrenatural: lo sabía como sabemos nosotros que una sirena significa emergencia, por pura inmersión cultural.
Paralelamente, el musicólogo Constantin Floros, tras décadas de trabajo sobre Mahler, Bruckner y la escuela vienesa, defendió que la música es mensaje: que los compositores —y los del círculo romántico entre los que más— cifran en sus obras contenidos expresivos, biográficos y espirituales, y que esto no es una impresión piadosa del oyente, sino algo que la investigación puede documentar con cartas, programas, anotaciones en las partituras y testimonios de la época (Floros, 2021). Comprender una obra exige entonces algo más que describir su forma: exige descifrarla, como se descifra una carta escrita en un idioma que se ha vuelto parcialmente extraño.
Sobre esta base, Robert Hatten (2004) explicó el mecanismo por el que los tópoi significan dentro de cada obra: los estilos generan expectativas, y es la confirmación o la ruptura de lo esperado lo que se vuelve expresivamente elocuente —igual que en el habla el énfasis, la pausa o el silencio dicen tanto como las palabras—. Un tópos pastoril en su lugar es un paisaje; interrumpido por una tormenta armónica, es un paraíso amenazado.
En los últimos años, Joan Grimalt (2020) ha sistematizado todo este vocabulario, indicando algunos ejemplos que se pueden evocar en la memoria con facilidad: La canción de cuna, con su balanceo suave; la marcha fúnebre, con su paso lento y grave; el lamento, con su línea descendente; lo pastoril, la tormenta o la danza cortesana. Cada uno de estos moldes lleva siglos asociado a una esfera de la experiencia humana, y los compositores los heredan, los combinan y los transfiguran sabiendo que el oyente —lo sepa o no— los percibe. Los tópoi son al discurso musical lo que las palabras al verbal: no agotan el sentido de una obra, pero anclan su interpretación y la protegen de la arbitrariedad. No todo vale: la obra convoca unas lecturas y resiste otras.
3. Aprender a escuchar
Si en el apartado anterior vimos por qué la música puede significar, veamos ahora con qué y cómo lo hace. La música se construye con un puñado de parámetros —el ritmo, la melodía, la armonía, el tempo, la dinámica, el registro, la articulación—, y cada uno de ellos no es un dato neutro, sino un gesto cargado de posibilidades expresivas. Conviene insistir desde el principio en una idea que recorrerá todo este apartado: ningún parámetro significa una sola cosa por sí mismo. Es su combinación, y el contexto en que aparece, lo que decide el sentido. Un mismo elemento puede empujar hacia el duelo o hacia la danza según con qué otros se alíe. Lo veremos parámetro por parámetro, siguiendo el modo en que los manuales clásicos de análisis y de audición organizan los elementos del lenguaje musical (Copland, 2006; LaRue, 1989).
3.1. Parámetros musicales y sus campos de significado
La música se construye mediante un reducido número de parámetros —ritmo, melodía, armonía, tempo, dinámica, registro y articulación— que constituyen su lenguaje básico. Ninguno posee un significado fijo por sí mismo: cada uno abre un campo de posibilidades expresivas que depende de su combinación con los demás y del contexto en que aparece. Un mismo ritmo puede convertirse en danza o en marcha fúnebre; una melodía ascendente puede expresar esperanza o exaltación; un silencio puede sugerir paz o tensión. El sentido nace siempre de la convergencia de todos estos elementos.
La tabla siguiente resume los principales parámetros y algunos de sus significados más habituales, acompañados de ejemplos musicales que el lector puede escuchar mediante los enlaces vinculados.
Tabla 1. Síntesis de parámetros y sus campos de significado
3.2. Significados compartidos: los tópoi
Cuando varios de esos parámetros se combinan de manera estable y reconocible, forman una pequeña unidad de significado que la cultura musical ha ido fijando a lo largo de los siglos: un tópos (en plural, tópoi). El término, que en su origen griego significa «lugar», procede de la retórica antigua —donde nombraba los argumentos compartidos que un orador podía dar por sabidos— y fue trasladado a la música por Leonard Ratner (1980). Un tópos es, sencillamente, una figura musical que evoca algo reconocible para todos: una danza, un toque de caza, un canto de iglesia, una nana. Lo decisivo es que no hace falta ser músico para entenderlo. Igual que reconocemos al instante que una sirena significa peligro, o que ciertos acordes graves en una película anuncian que algo va a salir mal, el oyente reconoce estas figuras por pura familiaridad cultural, aunque no sepa ponerles nombre. Aprenderlos es, en buena medida, poner nombre a cosas que ya sabíamos sentir. Veamos los más útiles para la obra que nos ocupará después.
La barcarola. Imaginemos el vaivén de una barca sobre el agua tranquila: un balanceo regular, suave, que mece. Eso es una barcarola. Musicalmente se reconoce por su compás de 6/8 —un ritmo que se agrupa de tres en tres y produce ese mecimiento— y por una melodía cantábil que se desliza sin prisa sobre un acompañamiento ondulante. El nombre viene de las canciones de los gondoleros de Venecia (barca está en la raíz), y por eso evoca el agua, la calma, la ensoñación, a veces una nostalgia dulce. La más famosa de todas es la de la ópera Los cuentos de Hoffmann, de Offenbach: en cuanto suena, uno se siente mecido. Conviene retener esta figura, porque será la puerta de entrada al Andantino de Schubert.
El lamento. Es sencillo reconocer el gesto natural del llanto, en cómo la voz cae cuando alguien se queja o solloza. La música tradujo ese gesto en una figura precisa: una melodía que desciende, a menudo paso a paso y por las notas más «apretadas» de la escala (los semitonos), produciendo una sensación de pena que se derrama. Los compositores del barroco lo usaban tan conscientemente que llegó a ser casi una fórmula del dolor. El ejemplo perfecto es el Lamento de Dido de Purcell, construido entero sobre una línea que baja una y otra vez, como un suspiro que no cesa. Cuando oigamos una melodía que cae y se hunde, casi siempre estaremos ante una forma de llanto musical.
El coral. Si pensamos en una comunidad cantando junta en una iglesia —voces que avanzan al mismo paso, sin prisa, en bloque, con una solemnidad serena—, estamos pensando en un coral. Su textura es inconfundible: varias voces que se mueven a la vez, como un himno, produciendo una sensación de recogimiento, de oración, de algo sagrado y compartido. Procede de los himnos que el pueblo cantaba en la liturgia, y por eso, cuando aparece dentro de una obra instrumental, suele señalar un momento de elevación, de plegaria o de consuelo. Basta escuchar cualquiera de los corales que Bach intercala en sus Pasiones para reconocer ese tono de quietud orante. Es un tópos que volveremos a encontrar transfigurado en muchas páginas románticas.
La tormenta. El reverso de la calma de la barcarola es la tormenta (en alemán Sturm): la música de la agitación y la amenaza. Se reconoce por sus graves que retiemblan (los trémolos, notas repetidas muy rápido que producen un temblor sonoro), sus acordes bruscos, sus contrastes violentos de intensidad y una armonía inestable que no encuentra reposo. Evoca lo que su nombre dice —la tempestad—, pero también, por extensión, el conflicto interior, el caos, el miedo. La encontramos pintada mil veces, desde la tormenta del tercer movimiento de El verano de Vivaldi hasta el cuarto movimiento de la Sinfonía n.º 6 "Pastoral" de Beethoven. Reconocerla importa porque su irrupción dentro de una música serena es siempre un acontecimiento dramático: algo se ha roto.
Junto a estos, hay muchos más —la canción de cuna o berceuse, que mece como una nana y dice ternura e infancia; la marcha, solemne o militar; lo pastoril, con su aire de campo y sus notas tenidas que imitan la gaita—, pero con estos cuatro nos basta para lo que sigue. Importa quedarse con la idea de fondo más que con la lista: los tópoi son al discurso musical lo que las palabras al verbal. No agotan el sentido de una obra —una gran página musical es siempre mucho más que la suma de sus tópoi—, pero anclan su interpretación y la protegen de la arbitrariedad. No todo vale: la obra convoca unas lecturas y resiste otras. Y son ellos, además, los que permiten que el oyente menos experto participe del sentido, porque le devuelven, ya nombrado, algo que su oído reconocía desde siempre. Con este pequeño vocabulario en la mano podemos por fin sentarnos ante la obra que nos ocupa y dejar que hable.
3.3. Un encuentro con el Andantino de la Sonata D. 959 de Franz Schubert
Con este pequeño vocabulario en la mano, es momento de aterrizar ante una obra concreta.
El Andantino es el segundo movimiento, el movimiento lento, de la Sonata en La mayor D. 959, una de las tres últimas sonatas que Franz Schubert compuso en 1828, el año de su muerte, con treinta y un años. Es una obra del final, escrita por un hombre joven y consciente de su enfermedad, y pertenece a ese grupo de páginas últimas en las que Schubert lleva el lenguaje musical a un extremo de hondura y de riesgo que la mayoría de sus contemporáneos no supo apreciar. Durante mucho tiempo se reprochó a estas obras precisamente lo que hoy se admira en ellas: que no seguían el modelo de Beethoven, que se permitían contrastes juzgados excesivos, que rompían las convenciones de la forma. La musicología reciente ha mostrado que esas rupturas no son carencias, sino el recurso mismo con que Schubert articula su discurso.
La forma del movimiento es fácil de enunciar y exigente de escuchar: tres secciones dispuestas como A – B – A’, esto es, una sección inicial, una sección central fuertemente contrastante y el regreso de la primera. Pero ese regreso, como se verá, no es una mera repetición, y en él se concentra el sentido de la pieza. Conviene recorrer las tres.
La barcarola (cc. 1–68). El movimiento abre en fa sostenido menor —tonalidad que la tradición ha asociado al desarraigo y al duelo— con uno de los temas más desolados del repertorio pianístico. Aparece aquí, de entrada, uno de los tópoi descritos antes: la mano izquierda sostiene un acompañamiento ondulante y regular, propio de la barcarola; pero sobre ese vaivén, en lugar de la serenidad que el género suele evocar, se despliega una melodía doliente, cargada de apoyaturas y suspiros. Es, podría decirse, una barcarola contradicha: el mecimiento que debería apaciguar acompaña a un lamento. La crítica la ha denominado «barcarola fúnebre», y la misma atmósfera de soledad y peregrinaje reaparece en otras obras de estos años —la canción Pilgerweise (D. 789), también en fa sostenido menor, o el clima general del ciclo Winterreise (D. 911), el viaje invernal del caminante sin destino—. La melodía se repite de manera casi obsesiva, con una insistencia hipnótica, como un pensamiento que no logra soltarse. Durante más de sesenta compases la música permanece en esa tristeza contenida, casi inmóvil, sin que nada anuncie lo que sigue.
La tormenta y el colapso (cc. 69–123). Hacia el compás 69 la calma comienza a quebrarse, y el mecimiento se transforma poco a poco en marejada. Entra entonces el segundo tópos, el reverso exacto del primero: la tormenta. La escritura se puebla de figuraciones rápidas que ascienden y se retuercen, de armonías que se ensombrecen y pierden estabilidad, de trinos inquietos (cc. 87 y 96). El discurso adopta los rasgos del llamado «estilo fantasía», una escritura que simula improvisarse, pensar en voz alta, dejarse arrastrar sin plan aparente. La tensión se acumula sin tregua hasta desembocar, en los compases 105 a 123, en uno de los pasajes más violentos del siglo XIX pianístico: acordes martilleados en triple forte, trémolos que retiemblan en el registro grave, contrastes abruptos, un tejido que literalmente se desencaja. La música deja de cantar. Hay quien ha relacionado este clímax con la escena infernal del Orfeo ed Euridice de Gluck, donde los acordes atronadores de las Furias oponen su negativa a la súplica del que llega a implorar. En mitad de la barcarola se abre, así, una suerte de abismo, y la forma misma parece colapsar: el lamento ha quedado arrasado por una fuerza que lo desborda.
El retorno transfigurado (cc. 124–197). Tras el cataclismo, el discurso no puede reanudarse como si nada hubiera ocurrido. Median primero unos compases de transición (cc. 124–146) en los que el tejido sonoro, roto, se recompone a tientas, entre destellos y silencios, buscando el camino de vuelta. Hacia el compás 147 comienza el regreso del tema inicial: vuelve la barcarola. Pero no vuelve intacta, y en ese matiz se juega todo. La melodía es la misma —las mismas notas, el mismo contorno—, y sin embargo su entorno ha cambiado.
El acompañamiento está ahora quebrado, más frágil, como si el sustento armónico que lo sostenía hubiera quedado debilitado por la catástrofe. Persiste, además, un estremecimiento rítmico, un temblor de notas repetidas que opera como cicatriz de la tormenta: el recuerdo de la violencia no se ha borrado, sigue latiendo bajo el canto. El tema regresa, pero regresa herido; ha atravesado el abismo y lo lleva inscrito. El movimiento se extingue finalmente en un pianissimo extremo (c. 196), con una quietud que ya no es la del comienzo: la de quien ha pasado por algo y ha vuelto, distinto.
Conviene detenerse en lo que ahí sucede, porque en ello reside el sentido del movimiento. Schubert disponía de dos salidas previsibles y descartó ambas. Podía haber concedido a la tormenta la última palabra, y el Andantino sería entonces pura desolación; o podía haber hecho volver el tema como si la catástrofe no se hubiera producido, y sería un consuelo sin verdad, una forma de olvido. Optó por dejar volver la belleza de la barcarola inicial, pero marcada por la herida. No suprimió el sufrimiento ni se rindió a él, sino que lo integró. El tema transfigurado no niega que el abismo haya existido; lo lleva consigo y, aun así, canta. La palabra precisa es esa, transfiguración: no la supresión de la herida, sino su transformación. Lo que en la sección central era grito, en el retorno es un canto que conoce el grito y no deja de ser canto.
Hasta este punto, el Andantino ha sido tratado como objeto: una partitura que se describe, se segmenta y se explica. Pero, según se vio al inicio, una obra de arte no es solo un objeto, sino un ámbito que ofrece posibilidades y espera una respuesta. Lo que el análisis no puede alcanzar —porque excede su método— es lo que sucede cuando alguien acepta ese ofrecimiento y entra en relación con la obra. A ese acontecimiento, el del encuentro, se dedica el apartado final.
4. Splendor veritatis y la música como ámbito de encuentro personal
El recorrido por el Andantino terminaba en una pregunta que su análisis no podía responder: qué ocurre cuando una obra deja de ser objeto examinado y se convierte en experiencia de encuentro para quien la escucha. Con esta pregunta el dossier regresa a su punto de partida —la persona—, porque solo una persona puede encontrarse con algo. Los parámetros, los tópoi, las secciones no se «encuentran» con nadie: describen un objeto. El encuentro sucede en otro plano, el que López Quintás llamaba el de los ámbitos, y pide un sujeto capaz de acogerlo. La música no obliga: ofrece. Y ese ofrecimiento solo se cumple cuando alguien lo recibe. Conviene, pues, escuchar qué dice este Andantino.
Quien se limitara a resumir —«una melodía triste, una parte agitada, y de nuevo la melodía»— no habría captado el significado último, aquel que ofrece claves de sentido para aprender a vivir. Al inicio, en la barcarola en fa sostenido menor que se quiebra en una tormenta y luego regresa, se escucha un hombre joven, afectado gravemente por la enfermedad, que se sienta a decir la verdad sobre el dolor sin una sola concesión al consuelo fácil. La primera sección no es «tristeza»: es la mansedumbre de quien ha aprendido a llevar una pena, el vaivén de una barca que mece a alguien que ya no busca llegar a puerto y se abandona con confianza.
La sección central no es solo «agitación»: es el momento en que la pena se rompe y se vuelve grito, en que el discurso entero se desencaja y la belleza parece aniquilada por algo más fuerte que ella. Schubert no aparta la mirada del abismo; lo mira de frente y lo plasma sin ambages. Ahí está la primera verdad que resplandece en esta música: que el sufrimiento es real, que hay heridas que de verdad desgarran. Ninguna belleza que valga se construye negándolas.
En el clímax aparece el silencio. No es ausencia de música, sino el instante en que la obra obliga a permanecer frente al abismo sin ofrecer todavía una salida. Durante unos compases todo queda suspendido. Hay vacilaciones, avances y retrocesos, como quien busca el camino en la oscuridad. La respiración va recuperando poco a poco su ritmo; la mirada, desde el silencio, comienza a alzarse. Y es precisamente desde ahí desde donde el tema puede regresar. El silencio no separa el abismo del retorno: se sitúa como el umbral entre ambos. Solo quien permanece ese instante en el silencio puede reconocer que el tema que vuelve es el mismo y, sin embargo, otro.
Esta es la palabra que el Andantino pronuncia por encima de todas: no la dice, la hace sonar. Vuelve. Después del cataclismo, la barcarola regresa —las mismas notas, la misma melodía—, pero ya no intacta: el acompañamiento tiembla en sus semicorcheas, más frágil; un estremecimiento rítmico late por debajo como una cicatriz que permanece abierta. El canto ha pasado por el abismo y conserva en el cuerpo la huella indeleble de ese descenso. No es el olvido de la herida ni tampoco su victoria: es un amor atravesado que, aun quebrado, sigue cantando. Esa es la segunda verdad, más honda y compleja que la primera: que el dolor puede ser atravesado sin ser negado, que hay una luz que no borra la noche sino que la habita, que lo herido puede volver a ser bello —de otra manera, con otra hondura—. No cuesta reconocer aquí las resonancias de una sensibilidad formada en la fe católica. La palabra exacta, la que la teología reserva para el cuerpo glorioso que conserva las llagas, es transfiguración. El Andantino no la explica: la hace oír.
Aquí conviene detenerse en la palabra que da título a este apartado, porque nombra lo que está ocurriendo. Desde Tomás de Aquino, la tradición define la belleza como splendor veritatis, el resplandor de la verdad: lo bello no es un adorno añadido a lo verdadero, sino la verdad misma haciéndose visible, irradiando en una forma sensible hasta alcanzarnos.
Por eso el Andantino hace ver lo que ningún argumento haría creer con la misma fuerza. Se puede discutir largamente si el dolor tiene sentido; esta música, en cambio, no lo discute: lo pone delante, transfigurado, con una evidencia ante la cual sobran las razones. La belleza es, en esto, una forma altísima de conocimiento. Joseph Ratzinger lo dijo sin rodeos: ser alcanzado por la flecha de la belleza es un conocimiento más real y más hondo que la deducción racional; no la sustituye, pero llega adonde ella no llega (Ratzinger, 2002). Y distinguía dos maneras de saber: el conocimiento «de segunda mano», recibido por instrucción, y el que nace del contacto directo con la realidad. La diferencia es la que separa saber sobre el Andantino de encontrarse con él. No es casual que el propio Ratzinger ilustrara ese segundo saber con una experiencia musical: al término de una cantata de Bach, comprendió —no por razonamiento, sino por el golpe en el corazón— que aquella música no podía venir de la nada, sino solo de la fuerza de la Verdad (Ratzinger, 2002).
Es aquí donde el resplandor apunta más allá de sí. Si lo bello es la verdad que brilla en una forma, y si toda verdad y toda belleza participadas remiten a su fuente, entonces la belleza que un hombre logra plasmar en una obra se vuelve huella y reflejo de la Belleza de la que procede. Juan Pablo II lo escribió en su Carta a los artistas: en toda obra lograda queda «un tenue reflejo del esplendor» que brilló un instante ante el espíritu del artista, un asomarse «al abismo de luz que tiene su fuente originaria en Dios» (Juan Pablo II, 1999, n. 6).
La belleza del Andantino no es, así, un absoluto que se baste a sí mismo: es una ventana. Y lo que se entrevé por ella tiene un nombre. La verdad que esta música hace resplandecer —que el sufrimiento no tiene la última palabra, que el amor quebrado sigue siendo amor, que lo herido puede volver transfigurado— es, en su orden, la misma verdad que en el orden de la existencia sostiene la esperanza cristiana: que la noche no es el final, que hay una luz que la atraviesa. Benedicto XVI dedicó a esa esperanza su encíclica Spe salvi, y Juan Pablo II mostró en Salvifici doloris cómo el dolor unido al amor deja de ser absurdo y se vuelve fecundo. El Andantino no predica nada de esto. Pero quien lo escucha de verdad queda, sin saberlo, dispuesto para ello: la belleza, al herir, despierta —según la imagen de Cabasilas que recogía Ratzinger— y lanza a la persona más allá de sí misma, hacia su destino más alto.
Se comprende entonces por qué una música así podía desembocar, en la experiencia narrada al comienzo de estas páginas, en algo tan aparentemente ajeno como una oración. No por capricho sentimental, sino porque la persona que escucha reconoce, en la verdad que la obra hace sonar, un eco de la Verdad que la habita. En el encuentro con la belleza se cruzan, en realidad, varios encuentros: con la obra, que sale al paso con lo que tiene que decir; con uno mismo, convocado en lo más hondo, allí donde cada cual guarda sus propias heridas y su propia sed de que no todo termine en la herida; con los demás, en la comunión de lo bello compartido; y, en el límite de todos ellos, con Aquel de quien toda belleza es reflejo —la persona abriéndose, a través de la obra, a la Persona—. La belleza creada por un hombre se vuelve lugar de cita con la Belleza (con mayúsculas). No hace falta que el compositor lo pretendiera ni que el oyente lo advierta: basta con que la verdad resplandezca y alcance a alguien dispuesto a demorarse ante ella.
Nada de esto convierte la escucha en atajo devocional ni rebaja la música a pretexto piadoso. La obra ha de ser respetada en su autonomía: el Andantino es, ante todo, una obra maestra que reclama toda la atención y toda la competencia posibles, y su verdad se falsea si se la fuerza a decir consignas. Por eso el camino recorrido no ha sido un atajo, sino un rodeo largo —parámetros, tópoi, análisis— antes de llegar aquí. La belleza, se dijo con Han, se oculta y pide demora; no se entrega a quien tiene prisa. El encuentro con la música como ámbito personal no dispensa del trabajo de aprender a escuchar: lo presupone. Solo que, cumplido ese trabajo, la escucha puede desembocar en algo que la excede.
El magisterio más reciente ha vuelto sobre esta misma intuición en términos que parecen escritos para el propósito de estas páginas. León XIV, en su mensaje para la Jornada de las Vocaciones de 2026, describe un «camino de la belleza» que conduce a Cristo, el «Pastor bello», y advierte que para conocer esa belleza «no son suficientes los ojos del cuerpo o criterios estéticos; se necesita contemplación e interioridad», de modo que «sólo quien se detiene, escucha, reza y acoge su mirada» puede recorrerlo (León XIV, 2026). Detenerse, escuchar: los mismos verbos con que se abría el texto que ha servido de umbral a este dossier. Y añade el Papa que esa belleza «transfigura» a quien la acoge. Lo que el Andantino hace con su tema —devolverlo transfigurado tras el abismo— es figura de lo que la belleza puede obrar en la persona: no ahorrarle la herida, sino atravesarla con ella y devolverla distinta, capaz de un canto nuevo.
La música, en definitiva, puede ser mucho más que placer o consuelo pasajero. Escuchada de verdad, se vuelve ámbito de encuentro, y quien sale de ese encuentro no sale igual: algo ha aprendido que no podía aprenderse de otro modo. Ha aprendido —sin que nadie se lo dijera con conceptos— que el dolor es real y merece ser mirado de frente, que el amor vale la pena aunque quede quebrado, que hay una luz que no niega la noche sino que la habita, y que lo herido, lejos de estar perdido, puede volver transfigurado. Ha aprendido, en el fondo, a esperar. En ese resplandor de la verdad que es la belleza, el que escucha con el corazón puede reconocer, tenue pero real, el rostro de la Belleza que no pasa. No es poco para una melodía. No lo era para una piecita de Schumann que no dejaba de resonar; no lo es para el canto herido de Schubert. Aprender a escuchar así —despacio, con verdad, con el corazón— es, quizá, una de las formas más altas y más humildes de aprender a amar.
Referencias seleccionadas
- Benedicto XVI. (2007). Spe salvi [Carta encíclica]. Librería Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20071130_spe-salvi.html
- Copland, A. (2006). Cómo escuchar la música. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1939).
- Floros, C. (2021). La música como mensaje (N. Pascual León, trad.). Ediciones Universidad de Salamanca.
- Gadamer, H.-G. (2025). Verdad y método (15.ª ed.). Sígueme. (Obra original publicada en 1960).
- Grimalt, J. (2020). Mapping musical signification. Springer.
- Han, B.-C. (2015). La salvación de lo bello (A. Ciria, trad.). Herder.
- Hanslick, E. (1854). De lo bello en la música. Ricordi.
- Instituto López Quintás. (2021, 23 de diciembre). Las cantatas de Bach a la luz de la estética musical (5.ª jornada de 5). Alfonso López Quintás [Video]. YouTube. http://www.youtube.com/watch?v=7XpIlDp9H8k
- Juan Pablo II. (1984). Salvifici doloris [Carta apostólica]. Librería Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/apost_letters/1984/documents/hf_jp-ii_apl_11021984_salvifici-doloris.html
- Juan Pablo II. (1999). Carta a los artistas. Librería Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/letters/1999/documents/hf_jp-ii_let_23041999_artists.html
- León XIV. (2026). Mensaje para la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Librería Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/messages/vocations/documents/20260316-messaggio-vocazioni.html
- López Quintás, A. (2010). Estética musical. El poder formativo de la música. Rivera Mota.
- Ratner, L. G. (1980). Classic music: Expression, form, and style. Schirmer Books.
- Ratzinger, J. (2002). La contemplación de la belleza [Mensaje al Meeting de Comunión y Liberación, Rímini, 24-30 de agosto de 2002]. Congregación para la Doctrina de la Fe. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20020824_ratzinger-cl-rimini_en.html




