Un apunte antropológico
José Javier Ruiz Serradilla
Abajarse, pp. 175-178.
Es necesario para comprender las claves del proceso educativo entender el funcionamiento de las facultades humanas en nuestra situación de hombres caídos: perfectibles dentro de nuestra situación de seres personales vulnerados y vulnerables.
La persona, el corazón,como lo llama la antropología judía, es inquieta. Nacemos como deseo. Ese deseo primordial que se dirige hacia el Bien.
Y el deseo, como todo lo afectivo, se presenta con dos dimensiones:
- Es afecto, lo que nos viene dado. En ese sentido nos afecta, se padece, es pasión.
- Es motivo, lo que nos mueve. Tendencia con dirección. La del Bien. En tanto que nos mueve es emoción.
Nos manifestamos originariamente como deseo. Real, aunque no consciente. Somos, como bien decía S. Agustín, corazón inquieto.
Pero el deseo, que no es ciego, es tuerto porque para ver necesita de las facultades, esas capacidades fundamentales que tiene el hombre: Afectividad, Razón y Voluntad.
El deseo fundamental (eros)se desborda en multiplicidad de deseos, de afectos. Deseos y afectos que indican múltiples direcciones. Unas mejores y otras peores. Originariamente todas buenas, pero diversamente buenas.
Esos deseos llegan a la razón, el órgano de conocimiento de lo real. Y según avanza su conocimiento este va, al mismo tiempo, desgranando los deseos, ordenándolos y deliberando en cada situación cuáles son los mejores en aquí y en ahora. La razón enjuicia, criba y, cribando, da criterio. Su criterio proporciona a la voluntad libre la selección de deseos que debe elegir y poner en acción a fin de que el deseo alcance el Bien intendido y, así, perfeccione la vida personal, avanzando en el camino de la vida lograda (eudaimonía).
Pero hete aquí que debido a su perfectibilidad el ser humano, allá, lejos muy lejos, y acá, cerca muy cerca, escogió y escoge el mal, lo malo, lo que le destruye.
Así, la inquietudo cordis se torció, y se tuerce. Esa diversidad de deseos en los que explota da lugar a multitud de deseos indeseables porque ya no dirigen al Bien y a la eudaimonía (vida buena), solo se dirigen sobre sí mismos como esa serpiente que se engulle comiéndose su cola, el uróboros autista. Se generan, así, dos tipos de deseos porque la afectividad se parte en dos, la razón se densifica y parece que asistimos a la lucha entre dos voluntades. El corazón se torna roto. Ya no hay armonía, concordia, sino agonía. El ser humano es un ser en lucha (agónico) y la lucha se libra en su interior. O recomponer su naturaleza o ahondar la ruptura. O elegir el Bien u optar por el mal. O amar a Dios u odiarlo.
Es necesario hacer una elección radical consciente, libre y plenamente interiorizada que responda a la pregunta: ¿Hacia dónde voy a dirigir mi vida? Esa opción es clave para el crecimiento personal. Elección radical que no se puede omitir y tampoco debe ser superficial. El bien no entiende de medias tintas. Ahora bien, esta opción marca una dirección, nunca soluciona problemas. No debemos olvidar que estamos heridos y que somos capaces de bien y de mal. Mas si nuestra disposición vital se enraíza en el bien, aunque hagamos lo malo, y lo haremos, sabremos que debemos levantarnos y que no hemos de cansarnos nunca de estar empezando siempre.
Imprescindible vivir en un espíritu de conversión constante en que estemos renovando nuestro amor, nuestro hágase-estar. Y debemos hacerlo siempre en la persona del tú matrimonial amado.
Ese hágase-estar es lo primero que hay que transmitir en la labor educadora. Nosotros como padres estamos manifestando y educando desde nuestra disposición vital de raíz. Educación que siempre asume el nombre del educando. Educamos como si nuestros hijos, nuestros educandos, hubieran hecho esa elección radical e intentando iluminar el camino para que vayan interiorizando hábitos y constituyendo virtudes que les ayuden el día de mañana a realizar la buena elección, la que la inquietudo cordis pide: la elección del Bien sin restricciones ni limitaciones. Una elección radical, de raíz, que enraíce sus vidas y les permita crecer y florecer.
Ese es el punto de partida de toda auténtica educación, la elección, por parte del educador, de la vida en el bien y la transmisión entusiasmada de esa forma de vida, el ideal. Es por ello, como decíamos antes, que el educador siempre debe estar en espíritu de permanente conversión. Debe tener conciencia de que es un fracasado. Se podría afirmar, en este sentido, que educar es fracasar. ¿O es que alguno de nosotros puede decir que es plenamente bueno y que su amor es perfecto?
Educar supone atender a todas las facultades de la persona y a su armonía. Por ello es imprescindible una educación de la afectividad así como una educación de la razón y, como no, de la voluntad. Educación que tiene que buscar siempre la armonía porque el hombre no es solo afecto ni solo razón y tampoco exclusiva voluntad.
Es cierto que quizás la facultad en la que más haya que incidir sea la voluntad porque es esta la reina de la acción, la que traduce en vida: … las ideas, por geniales que sean, solo empiezan a entenderse cuando se comienzan a vivir” (Tomás Morales). Mas ello no quiere decir que nuestra labor educativa se centre solo en ella ya que una voluntad que no se funda sobre un orden en los afectos y una razón educada es una voluntad mal educada.




