Persona: Orígenes e historia de un concepto
Dr. Javier García-Valiño Abós
Al abordar el tema de la persona en un foro universitario de Humanidades, es muy oportuno que nos preguntemos cuál es el significado original del término “persona” y cuál fue el origen del concepto o idea de persona –como concepto filosófico–; y también que indaguemos cuáles han sido los hitos principales en la historia de un concepto tan relevante en nuestra civilización.
En el mundo clásico, las palabras prósopon (en griego) y persona (en latín) designaban la máscara que usaban los actores en el teatro, que ocultaba su rostro y hacía resonar (per-sonare: resonar por todas partes; hacer sonar) su voz en el escenario, amplificándola. Un mismo actor podía usar tantas máscaras como “personajes” tuviera que representar en un drama. En este sentido, todos somos “actores” y “actrices” en el escenario de la sociedad: desempeñamos algún papel en el drama de la vida, en el gran teatro del mundo, como decían algunos autores del Barroco; entre ellos, Calderón de la Barca. El sustantivo prósopon también designa el rostro, la faz o cara.
En la antigua Roma, el término “persona” adquiere un sentido jurídico: una persona es un sujeto de derechos y deberes. Según el derecho romano, sólo los ciudadanos tenían todos los derechos; y había muchos hombres y mujeres –los esclavos– que no eran personas, puesto que carecían de cualquier derecho. Algunos pensadores romanos –en particular, Cicerón– comienzan una reflexión filosófica sobre la persona, más allá del derecho.
¿Qué es una persona? No hay que confundir el concepto (metafísico y ético) de persona con el concepto (psicológico) de personalidad. Ciertamente, todo hombre es persona. Ahora bien, ¿toda persona es humana?
1. Cómo nace el concepto de persona en la teología cristiana antigua
Como Grecia es la cuna de la filosofía, casi todos los conceptos filosóficos son de origen griego; pero el concepto de persona es una excepción: nació en un contexto teológico: en la teología cristiana antigua, porque el Dios bíblico es un Ser personal: es Alguien, no algo; no es un Ser supremo impersonal, como en otras religiones. Desde la primitiva cristiandad, hubo un diálogo intenso y fecundo entre los cristianos cultos y los filósofos paganos; un diálogo que obligó a los cristianos a reflexionar sobre el misterio de Dios, uno y trino, y sobre el misterio de Jesucristo, segunda Persona de la Trinidad divina, para poder “dar razón” de su fe y de su esperanza.
En este diálogo entre fe y razón nació la teología cristiana: así se fue elaborando la doctrina trinitaria y la doctrina cristológica; en especial, durante los siglos I-IV. Los teólogos tuvieron que usar los términos prósopon y hypóstasis –ambos designan la persona (con diversos matices semánticos)– para “esclarecer” el misterio de Dios: a la luz de la Revelación, se define a Dios como la comunidad o comunión de tres Personas distintas –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo– en una sola esencia o naturaleza (o “substancia”) divina. Además, la segunda Persona –el Lógos o Verbo encarnado: Jesucristo–, es un misterio admirable; siendo divina, tiene dos naturalezas: la divina y la humana. Ambas naturalezas (la divinidad y la humanidad) están unidas en la hypóstasis (divina) del Verbo encarnado: la “unión hipostática”. Jesucristo, “perfecto Dios y perfecto hombre”, es consustancial al Padre (concilio de Nicea, año 325). En esta doctrina, es clave la distinción entre persona y naturaleza (o esencia).
¿Por qué decimos que el hombre –varón y mujer– es persona? El ser humano, criatura racional constituida de alma y cuerpo, es persona porque es imagen de Dios (imago Dei): “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. (…) a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Gn 1, 26-27).
2. Una definición clásica de persona
En la Patrística y en el pensamiento medieval, se va enriqueciendo la reflexión filosófica y teológica sobre la persona. Hay que destacar la definición de persona que formuló Boecio (480-524), filósofo romano y cristiano, discípulo de Aristóteles: persona es «una sustancia individual de naturaleza racional» (Nota 1). En esta definición, que llegó a ser “clásica”, podemos distinguir dos partes: la genérica (“sustancia individual”) y la específica (“de naturaleza racional”). Así, p.e., una jirafa es una sustancia individual, pero su naturaleza no es racional: no es persona. Esta definición se aplica, en primer lugar, a las tres Personas divinas, puesto que la naturaleza divina es racional por excelencia; en segundo lugar, a las criaturas racionales: a cualquier ser humano –varón o mujer– y también, en cierto modo, a los ángeles: espíritus puros.
3. Una aportación moderna: Kant
Es notable la reflexión de Kant (s. XVIII), filósofo ilustrado alemán. Él considera que la dignidad inherente a la persona humana exige que sea tratada siempre con respeto. La persona es alguien, no algo; es un sujeto, no un objeto. Es un fin en sí misma, no un medio. Sólo por ser persona, es digna de respeto: ha de ser respetada incondicionalmente.
Por eso, él formula (de dos modos diferentes) un imperativo (mandamiento) moral, denominado “imperativo categórico del deber”. La segunda formulación de dicho imperativo es ésta: «Actúa de tal modo que trates la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin (como un fin en sí misma) y nunca meramente como medio» (Nota 2). Dicho de otro modo: nunca es moralmente lícito tratar a una persona sólo como un medio, es decir, usarla, utilizarla, servirse de ella como si fuera un objeto. Por esta razón, el término persona tiene un sentido moral.
4. La reflexión del personalismo (ss. XX-XXI)
El personalismo o “personalismo comunitario” es una corriente filosófica contemporánea, de inspiración judeo-cristiana, que ha renovado profundamente el concepto de persona. Fue iniciada expresamente por el filósofo francés Emmanuel Mounier (1905-1950), pero en ella convergen pensadores muy diversos. Considera que la persona humana –cada persona singular (de carne y hueso)– es la realidad más valiosa y central del universo. Todo está subordinado a las personas; todas las estructuras sociales, políticas y económicas, las leyes, las instituciones, etc., han de estar al servicio de las personas. Según el personalismo, la persona humana es un ser espiritual y, a la vez, corporal o carnal: un “espíritu encarnado” (Mounier), cuyas características más propias son éstas: identidad (cada persona es singular, única e irrepetible), dignidad, libertad, comunidad e historicidad.
Los filósofos personalistas han revisado críticamente la definición clásica de persona: la de Boecio. Piensan que esa definición, sin ser falsa, es claramente insuficiente o deficiente, por dos razones:
1ª) No incluye la categoría de relación: la persona humana, sin dejar de ser –en cierto modo una “sustancia individual”–, no se define por ser sustancia, sino por existir en relación con las cosas, con el mundo y, sobre todo, en relación con otros seres personales. Las personas no son como islas, no están aisladas ni encerradas (clausuradas) en sí mismas. En este sentido, no sólo es propio del hombre tener lógos –como dice Aristóteles–, sino “dialogar”: ejercer el “diá-logo” (Nota 3). El diálogo es un lógos compartido entre tú y yo, un lógos “de ida y vuelta”: al dialogar, comunicamos lo que pensamos y sentimos, es decir, nuestra propia intimidad. En este sentido, el ser humano (varón y mujer) tiene una estructura dialógica (a imagen de la Trinidad divina), porque mi vida (y mi libertad) está “entrelazada” con la vida (y la libertad) de otras personas. Por esta razón, los personalistas critican las concepciones individualistas del ser humano (p.e., el existencialismo (ateo) de Sartre), considerando que el individualismo y la “desvinculación” son la principal causa de la crisis cultural y moral que vive la humanidad desde principios del s. XX.
2ª) La esencia de la persona no es sólo su “naturaleza racional”: la razón o el lógos; la persona humana no es pura racionalidad. Está dotada no sólo de una inteligencia racional, sino también de voluntad libre y de afectividad: todas nuestras vivencias o experiencias tienen una “resonancia” afectiva y emotiva en nuestro “corazón” –el núcleo más íntimo de la persona–; y, sobre todo, somos capaces de amar.
Mounier distingue en la persona humana tres dimensiones:
1ª) Encarnación: la persona humana es un espíritu encarnado: “en carne”, es decir, vinculado a un cuerpo (“corporeizado”) y a unas circunstancias concretas de tiempo histórico y de lugar: una nación, una cultura, una tradición, etc., con las cuales nos sentimos de algún modo comprometidos.
2ª) Vocación (lat. vocare: llamar): la persona es un ser que se siente “llamado” (¿por Alguien?) a realizar una tarea o misión en el mundo, desarrollando sus capacidades al servicio de los demás: al servicio de la humanidad. Toda persona tiene una vocación radical al amor. En este sentido, Viktor Frankl es un pensador acorde con el personalismo. Cada persona ha de meditar sobre sí misma para descubrir su propia vocación y así poder responder a esa llamada. Pensemos, p.e., en la vocación profesional –maestro, enfermera, artista, político, militar, etc.–, entendiendo el trabajo (la profesión o el oficio de cada uno) como un servicio. En el fondo, toda auténtica vocación nos abre y nos orienta hacia la trascendencia: hacia un Ser personal y misterioso que está más allá de nosotros y que se nos ha revelado o comunicado.
3ª) Comunión (“común-unión”): la persona es un ser llamado a existir y vivir en comunión, es decir, vinculándose libremente a otras personas. La persona crece y se enriquece –en cuanto persona– en la medida en que cultiva el encuentro y las relaciones interpersonales; p.e., la amistad, el noviazgo, el matrimonio y amor esponsal –íntima comunión de amor y de vida, fundamento de la familia: una comunidad natural de personas–, la relación entre un maestro y un discípulo, etc.
5. Persona y amor
Desde una perspectiva personalista, el encuentro sincero con el otro, la apertura generosa a los demás –en lugar de “encerrarse” egoístamente en los propios intereses– y el amor auténtico son el mejor camino hacia una vida plena y lograda. Así lo expresó V. Frankl: «El amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. (…) la salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor. (…) el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su sentido más profundo en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo» (Nota 4).
Ahora bien, ¿qué es el amor? El amor no puede reducirse a un sentimiento o una emoción, como muchos creen. Según Aristóteles, «Amar es querer el bien para alguien y procurarlo activamente» (Nota 5): tiene una raíz volitiva. Karol Wojtyla (san Juan Pablo II), filósofo personalista polaco, decía: «Amar es esencialmente entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros. Para poder amar de verdad, conviene desprenderse de (…) uno mismo, dar (y darse) gratuitamente (…). Este desprendimiento de uno mismo (…) es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad» (Nota 6). En este sentido, «lo que se necesita para conseguir la felicidad no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado» (Nota 7).
Está claro que «el hombre no puede vivir sin amor. Sin amor, él permanece para sí mismo como un ser incomprensible; y su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no encuentra el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente» (Nota 8).
Ciertamente, «no es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. (…) Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de “redención” que da un nuevo sentido a su existencia. Pero (…) el ser humano necesita un amor incondicionado (absoluto)» (Nota 9), más fuerte que la muerte.-
NOTAS
1.- Boecio, Liber de persona et duabus naturis, cap. III.
2.- I. Kant, Crítica de la razón práctica, I.
3.- La palabra “diálogo” está formada con la preposición griega diá: a través de, de un extremo al otro.
4.- V. Frankl, El hombre en busca de sentido, Barcelona, Herder 2004, p. 65.
5.- Aristóteles, Retórica, II, 4, 1080b 35. La versión latina usual es ésta: “amare est velle alicui bonum”.
6.- Juan Pablo II, Alocución en la audiencia general (1-VI-1980).
7.- J. Escrivá de Balaguer, Surco, n. 795.
8.- Juan Pablo II, Encíclica Redemptor hominis (4-III-1979), n. 10.
9.- Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, sobre la esperanza cristiana (30-XI-2007), n. 26.




