“Hoy se advierte una pérdida del sentido de la historia y una reducción de la experiencia al instante fugaz, a un presente cerrado en sí mismo. El procesamiento en la red recoge y ordena inmensas cantidades de datos basados en el cálculo de probabilidades, pero no ofrece una verdadera comprensión o explicación.
En lugar de los recuerdos vivos y de las tradiciones forjadas por ellos se aporta la elaboración de datos, pero los ordenadores no recuerdan, se limitan a almacenar.
Se debilita la confianza en la capacidad de cada persona para interpretar el mundo, que se deja en manos de enormes burocracias sobrecargadas de información y complejos sistemas tecnológicos. La dependencia completa de estos sistemas lleva a encerrarse en horizontes de sentido y de vida limitados. La realidad se ve reducida a una conexión, que permite entrar en una red de contactos caracterizados por la agilidad, la velocidad y las reacciones inmediatas, más que por la reflexión y el espíritu crítico. En este escenario los relatos universales y las historias fundadas en opciones duraderas interesan menos que las identificaciones ligeras y pluridimensionales.
La resignación ante la propia fragilidad prescinde de las grandes esperanzas y queda convertida en una mera exhortación a «ir tirando» sin criterio ni meta concretos. La cultura tiende hoy a cultivar el olvido del ser, de la memoria y del destino eterno.
Los desafíos que se derivan de los avances de las biotecnologías, de la robótica, de la IA y del imaginario cultural dominante ponen en cuestión la experiencia que el ser humano tiene de sí mismo en lo concreto y en la que forja su identidad: el encuentro interpersonal, su reconocimiento como persona. Pero ningún ser humano puede ser feliz si no sabe quién es.”
QUO VADIS, HUMANITAS?
Comisión teológica internacional.