Javier Laforet

Javier Laforet

LO QUE SOMOS

Barro, viejas maderas, telas desgastadas…

Rostros doloridos, serenos, ocultos, dormidos. Rostros de esperanza, de esfuerzo, de desesperación. Soñadores o interrogantes.

Cada imagen, cada escultura -como cada una de las cosas, de las personas, de los seres que existen- tiene su propia voz, una voz íntima y silenciosa.

Imágenes, símbolos, que puede evocarnos emociones, pasiones, miedos, esperanzas…

Don para nosotros si son capaces de hablarnos, aunque sea un instante, de las verdades que guardamos en el corazón, a veces tan profundo que ni lo recordamos.

Javier Laforet
Javier Laforet
Javier Laforet

Puede que sólo escuchemos alguna de esas voces, que en una chispa milagrosa e inesperada conecten con nuestro propio corazón.

Y quizás nos permitan entonces descubrir, escuchar, recuperar, la riqueza inmensa de esas verdades que nos configuran.

Y de las verdades, pequeñas o grandes, de otros.

Pero no siempre es fácil escuchar. Por eso necesitamos señales.

No necesitamos brillar. No lo necesitamos para ser sendero de las palabras, de la vida.

Barro, viejas maderas, telas desgastadas… Somos eso. Y también somos luz.

EL DON Y LOS FANTASMAS

Mi amigo Aser es psicólogo. De esos que te miran al corazón y se paran a escuchar el ritmo de la voz y de las manos. Creo que con esa misma atención miraba mis esculturas aquella tarde.

Nos paramos ante una de las figuras, un hombre desnudo encogido sobre sí mismo, el rostro doliente, atrapado entre unos débiles barrotes.

Javier Laforet

- Mira, se siente atrapado, incapaz de salir. Los barrotes son para él una barrera insalvable, a pesar de que tiene ya un pie fuera; pero esa sensación de estar atrapado le hace recogerse sobre sí mismo y abandonar, como sin esperanza. Pero fíjate: si se pusiera de pie, aunque fuera torpemente, se daría cuenta de que los barrotes que le encierran apenas le llegan a las rodillas, y con un simple paso adelante estaría fuera, desatrapado, libre. Sólo tendría que intentar ponerse de pie, al menos un instante. Quizás sólo necesitara un brazo que le ayudara apenas ese instante, para que comprendiera.

Aser me miró con una luz especial en los ojos.

- ¿Podría usar esta escultura en mi consulta? Me gustaría comprártela. Creo que podría ayudar mucho a las personas que vienen a hablar conmigo.

A mí también se me encendieron los ojos. Es ese momento apasionante, sorprendente y absolutamente gratuito en el que lo que hacemos, inesperadamente, encuentra un sitio y un motivo. Y una tarea.

Y recordé lo que había escrito tres años antes en este mismo blog, con fantasmas rondando mis esculturas:

“ (…) Pero son tercos los fantasmas, sin embargo. Según se diluían los miedos a esos fracasos, aparecían otros: ¿quién va a querer tener en su salón la escultura de un tipo desgarrado, atado, incapaz de gritar o de liberarse? ¿Cómo poner junto a la tele la escultura de un ciego atrapado por el miedo, tirado en el suelo, intentando protegerse con un brazo? ¿Es que alguien va a pagar para tener a un tipo hundido y atrapado entre barrotes en su mesa de trabajo?”.

La escultura está siempre en su mesa de trabajo. Y más de una vez ha tocado el miedo de quien lo necesitaba, hasta ayudarle a ponerse en pie, y empezar a caminar.

Miro el hueco en mi estantería. Yo también comprendí: no hay fantasmas, sólo un enorme agradecimiento.

Y la alegría.

Fragmentos del poemario Del tiempo que nos queda


Para no morir ahogados

Hay que saber escuchar cuándo acaba el llanto
para no morir ahogados,
saber cuándo las lágrimas empiezan a espesarse,
cuándo dejan de rodar por la mejilla
y se clavan en la piel,
y se agarrotan,
y comienzan a oler a soledad y desencuentro.

Porque es necesario saber
que las lágrimas,
todas las lágrimas que son recibidas a su tiempo,
tienen un suave olor a reconciliación
que de algún modo nos restaura.

No sabría decirlo,
porque voy recordándome en decenas de llantos
a destiempo,
llantos que eran como puños,
que eran terriblemente persistentes
como largas ataduras sin salida.

Y podría recordar también, si me atreviera,
que no acababan más que en el silencio,
en un silencio inesperado y ajeno,
y que por ello, aunque no moría ahogado
-me acordaría, sin duda-
me dejaban la vida en un leve palpitar desmadejado e inerte
que iba sosegando cada cosa
como sosiegan las nieblas y los muertos.

Así hemos sobrevivido y así permanecemos,
y no me atrevo a llorar,
no todavía,
no hasta que aprenda ese momento
en el que el tiempo de llorar
comienza, y se despliega, y termina,
y se hace vida.

Consentir

A veces llega la ternura
y desbarata siempre las huidas,
los escondrijos inconclusos,
los retornos enmudecidos,
las palabras enzarzadas,
los gestos antónimos, taimados,
las razias, los acosos,
los temibles recuerdos tortuosos,
las estériles razones,
desbarata sin hacer otra cosa
que acercarse y poseernos
porque la ternura
sólo es ternura,
no es un celoso rastreador de ausencias,
ni un recolector de palabras huidizas,
ni una podadera senil de desencuentros,
ni un espejo aclaratorio y ecuánime,
ni una deslumbrante muralla recrecida
ni un preciso catálogo aclaratorio
ni una palabra clarividente y decisiva.
Es
como un regazo universal que pronuncia nuestro nombre
y nos desvela indeciblemente amables un instante
y como para siempre,
y nos hace mirarnos a la cara, y consentir en su caricia,
y hacer, al fin, todo posible,
amanecido y de regreso.

Este torpe decirnos

La vida,
como la noche,
se va haciendo juntamente
y sólo en la verdad que somos
encontramos el ritmo exacto
del encuentro,
ese latir inconfundible
de la presencia clara y sin defensas
que nos va diciendo nuestros nombres,
nuestro nombre apenas comenzado,
sabiendo
que somos tan pequeños y escondidos
que sólo un amor más grande que nosotros
nos redime
de este torpe decirnos incompletos.

Bastaría detener un instante el tiempo inquieto de las cosas
y el recuerdo,
para dejar que todo sea nuevo, y claro, y cierto,
renunciar a saber y a defendernos,
y acoger aun con temor
y al fin
esa caricia
capaz de renacernos.

La edad exacta de los días

Todo empieza, creo, cuando nacemos.
Pero hoy no sé calcular los años que he vivido
y creo que sólo la noche
y el dolor
sabrían medirme por mis días.
Porque hay hombres y mujeres
que se van llenando de dolor
hasta quedar cubiertos de silencio,
como se llena un cuarto viejo
de todo lo que estorba y de recuerdos;
y hay otros, tú lo sabes,
hay otros
que parecen desnudarse en cada herida
y van haciéndose ligeros,
acogedoramente ciertos y ofrecidos,
porque en todo somos curados siempre
si nos aman.

Y esta noche, a tu lado,
no sé calcular mis años,
pero siento
que tengo la edad exacta de los días
que he vivido porque me has amado.

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