El ser humano, cuestionado por la ciencia

 Javier Bernácer

Javier Bernácer

En el mundo de la investigación científica, y en especial el de la neurociencia, aquellos que defendemos una visión humanista (que no significa más que tener en cuenta todas las dimensiones de la persona), hemos visto un cambio sorprendente en nuestros oponentes. Hasta hace apenas cinco o diez años, nuestro objetivo era mostrar que el ser humano, aun afirmando su animalidad, era cualitativamente distinto del resto de organismos. Nuestros contendientes, partiendo de una visión animal mecanicista, de herencia cartesiana, recurrían a datos aparentemente científicos (como el porcentaje de genoma compartido con otras especies) para defender la continuidad entre el ser humano y el resto de animales. Todo ello, hay que reconocer irónicamente, viendo a la naturaleza con una visión de dominación antropomórfica. Toda esta defensa de la continuidad animal entre el ser humano y el resto de especies de nuestro reino tiene, por así decir, un “exceso de cuerpo”, y se puede contrarrestar acudiendo a la propia anatomía y fisiología para demostrar los rasgos únicos del cuerpo humano, como se desarrollará más adelante.

El ser humano, cuestionado por la ciencia
Somos la única especie capaz de conocer lo objetivo, la verdad, y esto, indudablemente, pero sin reduccionismos, tiene que ver con el cuerpo tan especial que tenemos. Cómo pudo darse a lo largo de evolución es un misterio absoluto.

Antes de ello, hablemos de cuál es el nuevo contendiente que se encuentra el neurocientífico humanista, y que podríamos llamar “funcionalista”. El funcionalismo, en este contexto, supone interpretar al ser humano como un conjunto de funciones (memoria, imaginación, toma de decisiones, etcétera), que se pueden implementar en distintos soportes. En este caso, el ser humano desaparece por una disolución de su corporalidad: de dar una importancia excesiva a su composición orgánica, hemos pasado a quitársela por completo.

Al plantear este problema desde la neurociencia, es decir, la relación de la corporalidad con las funciones propias del ser humano, nos encontramos con el denominado problema mente-cerebro. ¿Cómo se relaciona nuestra actividad mental con nuestro cuerpo? ¿Somos, como proponen los materialistas reduccionistas, solamente un cerebro, siendo nuestros deseos y creencias un mero epifenómeno?

¿O somos más bien un compuesto de cuerpo y alma, que están forzados a entenderse (o, más comúnmente, a competir) mientras estamos vivos? ¿Emerge nuestra actividad mental de nuestro cuerpo, o estamos planteando mal el problema? Trataremos qué opina la comunidad neurocientífica sobre este tema, y qué repercusiones prácticas tiene, porque no son menores: desde el transhumanismo hasta la enfermedad mental.

Más allá de este problema, como se ha anunciado antes, merece la pena plantearse qué tiene de particular (si es que tiene algo) el cuerpo humano. A lo largo de millones de años de evolución, nuestro cuerpo se ha ido configurando para tener algunos rasgos específicos, definitorios de nuestra especie. Esta visión aparentemente continuista con el resto de animales no impide la presencia de discontinuidades en el ser humano, como puede ser nuestro particular modo de conocer el mundo: el conocimiento intelectual. Somos la única especie capaz de conocer lo objetivo, la verdad, y esto, indudablemente, pero sin reduccionismos, tiene que ver con el cuerpo tan especial que tenemos. Cómo pudo darse a lo largo de evolución es un misterio absoluto.

Existe otro rasgo definitorio que va al núcleo del problema del redescubrimiento de la humanidad de la persona. La Ilustración trajo muchas cosas buenas, es indudable: sin embargo, también trajo un cuento de ficción que todavía arrastramos, y que es la pretensión del ser humano de ser autónomo, independiente, dueño de sí mismo. Gracias a ciertas filósofas feministas durante los años ochenta, y a otros pensadores que quisieron rescatar la ética aristotélica, empezó a desarrollarse una antropología de la vulnerabilidad y del cuidado que explica mucho mejor la evolución del ser humano. Sin esa vocación natural al cuidado del vulnerable, el ser humano no habría llegado a aparecer en la historia natural de nuestro planeta. Por ello, cualquier análisis contemporáneo de la relación entre la inteligencia humana y la inteligencia artificial debe tener en cuenta este rasgo natural, que nos ha hecho la especie más exitosa del planeta.

En el Fedro, Platón se pregunta sobre cuál será el futuro de la humanidad ante el gran avance tecnológico de la época: la escritura. ¿Será fármaco, o veneno? Si se convierte en una herramienta generalizada, puede terminar con una de las principales facultades humanas: la memoria. Una vez solucionado el pasmo inicial parece existir un acuerdo general sobre los beneficios que han traído la escritura y la lectura para la especie humana. Quizá deberíamos tener la misma actitud ante los retos de la inteligencia artificial. ¿Cómo podemos evitar que se convierta en veneno? ¿Cómo podemos conseguir que sea una herramienta para el florecimiento humano?

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