La inteligencia humana

Andrés Jiménez

2. LA CORPORALIDAD. CORPORALIDAD Y ESPÍRITU.


En el ser humano, en su naturaleza constitutiva, es preciso destacar también la corporalidad, dimensión fundamental por la cual la persona se expresa y se instala en el mundo material, en un espacio y un tiempo determinados, y se tipifica según una doble modalización recíproca, de varón o de mujer.

Lo que aparece inicialmente del ser humano ante nuestra mirada es precisamente la corporalidad. La riqueza expresiva que ofrece el cuerpo humano es tal que no podemos considerarlo algo solo físico o fisiológico (sin embargo, no se puede quitar importancia a la dimensión biológico-orgánica, esencial en la naturaleza humana).

Pero al mismo tiempo, al considerar numerosos gestos, acciones y dimensiones de nuestro cuerpo, percibimos y comprendemos la existencia de un ámbito interior del que es expresión.

Somos, ciertamente, un organismo biológico. La corporalidad nos sitúa en un aquí y un ahora, supone una concreción física y biológica, material y vital; muchos de sus aspectos pueden ser considerados como fenómenos mecánicos, térmicos, eléctricos, etc., y las interacciones que se producen en este nivel constitutivo influyen indudablemente en los niveles más profundos de nuestra vida personal: la fatiga, la enfermedad, la presencia de ciertas sustancias químicas en la sangre, la necesidad fisiológica, etc., son ejemplos evidentes al respecto.

Pero al mismo tiempo, al considerar numerosos gestos, acciones y dimensiones de nuestro cuerpo, percibimos y comprendemos la existencia de un ámbito interior del que es expresión. Quizás los ejemplos más claros pueden ser el rostro y la mirada, las manos y el lenguaje articulado. Pero pueden añadirse la risa y el llanto, el trabajo, el arte, la sexualidad y tantos otros.    

En el cuerpo encontramos por una parte una dimensión exterior, presente en su índole física y biológica, y por otra una dimensión interior, en cuanto manifiesta y modula la intimidad personal. El cuerpo es también una realidad íntima.

Escribe Leopoldo Prieto: “El hombre es un ser en cuyo cuerpo, y no sólo en su inteligencia y voluntad, se hace patente la presencia de la racionalidad (o del espíritu). La apertura es propia de las entidades espirituales. Ahora bien, la apertura del ser humano a la realidad no es una propiedad exclusiva de su razón. Todo el ser humano, también su cuerpo, participa de algún modo de esta característica.”

El yo humano no es materia, pero tampoco es una simple estructura “hueca”. Se expresa y se enriquece corporalmente: el cuerpo es el ámbito de inserción -de presencia, más bien- del yo humano en el cosmos espacio-temporal (en un aquí y un ahora). Al ser asumida por el espíritu humano, la materia “emerge” y se configura como cuerpo humano. Nuestro cuerpo es la modalidad que el espíritu humano toma en el mundo (“en el tiempo”, precisa Leonardo Polo).

El cuerpo humano no es sólo materia. Llama la atención la enorme complejidad estructural del organismo humano, junto a su asombrosa unidad funcional. Muestra un orden, una configuración, unas operaciones vitales y, además, en su configuración y en su actividad se aprecia una riqueza ontológica que va más allá de lo espacio-temporal, de lo estrictamente corpóreo. Es signo y cauce de una autotrascendencia y tensión constitutiva hacia la comunión de las personas, hacia el mundo en el que vive y hacia el Fundamento último de la realidad. Es el trascender visible (la expresión) en el tiempo y en el espacio de una realidad íntima, personal.

A la estructura constitutiva que determina nuestra corporalidad humana, al núcleo y la energía vital que la penetra, es a lo que de forma tradicional se ha denominado alma, alma racional y espiritual.

En el cuerpo humano, a diferencia de lo que ocurre en los animales, lo biológico está como al servicio de la racionalidad, de la comunicación y de la comunión de las personas. Incluso se ha llegado a estudiar con profundidad la correspondencia existente entre la inteligencia humana y la morfología del cuerpo.

Un aspecto decisivo al respecto es la no especialización del cuerpo humano que si a simple vista puede parecer una “deficiencia” o desventaja frente a la dotación constitutiva de muchas especies animales altamente especializadas, ofrece sin embargo una plasticidad operativa que se convierte en efectivo elenco de posibilidades al servicio de la racionalidad, de la fuerza creativa del espíritu.

La inespecialización del cuerpo humano hace posible, por ejemplo, el uso de la boca y la laringe para hablar, de las manos para usar y fabricar instrumentos, para crear formas artísticas, realizar gestos simbólicos... Ello expresa el hecho de que se halla biológica y funcionalmente preparado y adaptado para servir a la inteligencia y la voluntad. Todos sus elementos se encuentran funcionalmente relacionados entre sí, formando parte de un todo unitario, en el que las funciones son no sólo orgánicas sino asimismo intelectivas (hablar, tocar un instrumento musical...) De este modo, algunos de los rasgos constituyentes de la corporalidad humana (el bipedismo, la postura erguida, la disponibilidad de las manos, el peculiar desarrollo cerebral, la constitución de la laringe...) remiten unos a otros, y concebirlos aisladamente sería no entenderlos. Consideremos como ejemplo las manos y el rostro.

La inteligencia humana

El caso de las manos es ciertamente muy elocuente. Son condición de la inteligencia práctica y ofrecen también una función simbólica. Pueden señalar, acariciar, golpear, conocer, saludar, pedir, dar, esculpir, abrir, agarrar, modelar, hablar, tomar, dejar... Sirven “para todo” porque no están configuradas para una sola cosa, como en el caso de otros muchos animales. Son expresivas, puesto que acompañan al rostro y a la palabra, al pensamiento, a la creación y la percepción artística, a las emociones...

En expresión de Tomás de Aquino, se da en el ser humano una “capacidad para lo infinito. Por eso –argumenta– no podía la naturaleza imponerle determinadas apreciaciones naturales, ni tampoco determinados medios de defensa o abrigo, como a los otros animales... Pero en su lugar, posee el hombre de modo natural la razón y las manos, que son el órgano de los órganos, ya que por ellas puede preparar variedad infinita de instrumentos en orden a infinitos efectos”. (In III De Anima,13)

Afirma también Martin Heidegger que “sólo un ser que habla, o sea, piensa, puede tener mano… Órganos prensiles posee, por ejemplo, el mono, mas no tiene mano. La mano dista infinitamente, es decir, por un abismo de esencia, de todos los órganos prensiles: zarpa, uña, garra. Sólo un ser que habla, o sea, piensa,  puede tener mano y ejecutar mediante su manejo obras manuales. La mano encierra mayor riqueza de la que comúnmente suponemos. La mano no sólo aprehende y coge, no sólo presiona y empuja. La mano ofrece y recibe, y no sólo objetos, sino que se da a sí misma y se recibe, a sí misma, en la obra. La mano mantiene. La mano sostiene. La mano designa, probablemente porque el hombre es un signo.”

En cierto modo se puede decir que con las manos también se piensa. De hecho. Estas reflexiones del filósofo alemán aparecen en una obra significativamente titulada ¿Qué significa pensar?

La inteligencia humana
Un rostro humano reclama, especialmente en el cruce de las miradas, la intelección, el respeto, la ayuda. A través de su rostro el sujeto humano pide ser entendido y atendido en su alteridad absoluta, como una fuente de libertad.

De igual modo, el rostro da a conocer singularmente a la persona. Identificamos a hombres y mujeres por su rostro, y la mayor parte de las relaciones personales se significan a través de él. Muchas veces nuestra cara “lo dice todo” de nosotros: en ella se hacen patentes los sentimientos y vivencias: la simpatía, el amor, el odio, el entusiasmo, la aversión y el rechazo, la acogida y la autodonación, la comprensión y la ignorancia... Un rostro humano reclama, especialmente en el cruce de las miradas, la intelección, el respeto, la ayuda. A través de su rostro el sujeto humano pide ser entendido y atendido en su alteridad absoluta, como una fuente de libertad. Es ámbito de encuentro en el que nos sentimos interpelados. Al mismo tiempo el rostro se muestra como “semejante a mí” y como distinto, es decir, como un misterio a cuyo fondo intuyo que nunca llegaré del todo.

Que las almas, incluso al separarse del cuerpo, son inmortales es una verdad que intuyeron los filósofos griegos y que proclama también el credo cristiano. Pero la novedad de la fe cristiana es que nuestros cuerpos están llamados a la resurrección, reintegrándose tras la muerte -separación de materia y espíritu- a la unidad con el alma espiritual. En la antropología cristiana, el cuerpo humano, a pesar de su crecimiento, sus sufrimientos, su envejecimiento hasta la muerte y la descomposición orgánica, está destinado a resucitar. En una visión de fe, este dato ha sido acreditado por el acontecimiento histórico fundamental, la resurrección de Jesús de entre los muertos.

Los primeros cristianos son llamados en los Hechos, precisamente, “testigos de la resurrección".

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