La inteligencia humana
Andrés Jiménez
8.- “ ANTIQUA ET NOVA…” ¿Y LA “INTELIGENCIA ARTIFICIAL”?
El Vaticano se pronuncia sobre la IA: muchas oportunidades y un peligro
José María Carabante (Aceprensa)
Antiqua et nova, título de la nota elaborada conjuntamente por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación, parte de la necesidad de llevar a cabo una reflexión ética y antropológica que garantice que las aplicaciones de la IA “se dirijan a promover el progreso humano y el bien común”.
Inteligencia es una palabra engañosa, advierten aludiendo a las enseñanzas del Papa Francisco, porque “el modo como se defina va, inevitablemente, a determinar la comprensión de la relación entre el pensamiento humano y la tecnología” (12).
En este sentido, el objetivo principal del texto es refutar una presuposición implícita en todos los debates sobre la IA, a saber: “que la palabra ‘inteligencia’ debe utilizarse del mismo modo para referirse tanto a la inteligencia humana como a la artificial” (10). Ahora bien, las diferencias saltan a la vista: mientras que, en un caso, la inteligencia es “una facultad de la persona”, en las máquinas posee meramente un “sentido funcional”.
Inteligencia encarnada
Para evitar esas confusiones, la Santa Sede aboga por una “comprensión integral de la inteligencia humana” (26 y ss.), mostrando el vínculo que tiene con la racionalidad, la dimensión social del ser humano y su orientación hacia la verdad. Aunque el hombre cuenta con una dimensión espiritual, hay que destacar que sus facultades intelectuales se asientan en su condición corporal (16).
“La inteligencia humana refleja la Inteligencia divina que creó todas las cosas”, ya que la persona está hecha a imagen y semejanza de Dios. En tanto facultad, el intelecto es bueno y constituye uno de los cauces que posibilitan al ser humano “cooperar con Dios en guiar a la creación hacia el propósito al que Él la ha llamado” (25).
Además de prescindir del cuerpo, la IA se limita a adquirir datos o realizar tareas específicas. Pero la humana “implica la apertura de la persona a las cuestiones últimas de la vida y refleja una orientación hacia lo Verdadero y Bueno (…) más allá de cualquier utilidad particular” (29).
Una inteligencia… disminuida
Aunque en las últimas décadas la tecnología ha logrado desarrollar sistemas funcionales cada vez más potentes, el alcance por el momento de la IA es meramente computacional y su potencialidad procede de experiencias, conocimientos y hábitos protagonizados por seres humanos y suscitados en un marco personal.
“Dado que la IA no posee la riqueza de la corporeidad, la relacionalidad y la apertura del corazón humano a la verdad y al bien, sus capacidades, aunque parezcan infinitas, son incomparables con las capacidades humanas de captar la realidad” (33), se afirma en el texto.
Debido a la “naturaleza ambivalente” de la IA, que puede emplearse de un modo lícito o para vulnerar la dignidad de las personas, la Iglesia hace un llamamiento a favor de la responsabilidad moral (35), reclamando un compromiso por parte de todos los implicados en su desarrollo o uso en la defensa y “promoción del valor supremo del ser humano y la plenitud de su vocación” (43).
La advertencia no es baladí si se tiene en cuenta que, a causa de la antropomorfización de los sistemas de IA, se corre el riesgo en ocasiones de difuminar el papel de las acciones personales, cargando en agentes artificiales la “responsabilidad”. Pero “la causalidad moral en sentido pleno solo pertenece a los agentes personales” (43). Un uso ético de la IA requiere que cada operador asuma sus deberes: desarrolladores, empresas y usuarios (46).
Oportunidades y riesgos específicos
La actitud ante la IA no debe ser ni negativa ni apocalíptica; en realidad, no puede serlo puesto que “todos los logros científicos y tecnológicos son, en última instancia, dones de Dios” (37) y, por tanto, existen muchos ámbitos en que la “IA puede defender la dignidad humana y promover el bien común” (49). A identificarlos se dedica la última parte –y la más amplia– del documento.
La aplicación de sistemas inteligentes a la agricultura, la educación y la cultura están ayudando a mejorar el nivel de vida de muchos pueblos y, por lo tanto, resultan eficaces para luchar contra la pobreza y la marginación. Ahora bien, sería ingenuo pasar por alto que pueden dar lugar a nuevas desigualdades y difundir lo que el Papa Francisco ha llamado el “paradigma tecnocrático”: una concepción utilitarista poco compatible con la igualdad y la justicia (54).
Por otro lado, se ha empleado la IA para mejorar las conexiones sociales, lo que indudablemente contribuye a favorecer el encuentro entre personas, siempre y cuando se apueste por “fomentar relaciones auténticas, arraigadas en la empatía y en el compromiso leal con el bien del otro” (60) y se aclare, especialmente entre los más jóvenes, que aunque las aplicaciones de la IA “pueden simular respuestas empáticas (…), no pueden reproducir la naturaleza personal y relacional” propia de los encuentros humanos (61).
Complementaria, no sustitutiva del hombre
Según se apunta en la nota, el principal riesgo está, justamente, en que el olvido de las diferencias entre la inteligencia humana y los sistemas de IA pueda conducir a erosionar la dimensión personal de la economía, la cultura o la sociedad. De esa manera, aunque, por ejemplo, en el ámbito laboral ha facilitado el trabajo de los seres humanos, puede acarrear efectos también deshumanizadores, obligándoles a adaptarse a la rapidez y exigencias de las máquinas o reemplazándolos (64-68).
Además del ámbito sanitario, el texto también hace referencia al riesgo de desinformación, a la proliferación de fake news y a la invasión de la privacidad, afirmando que no es justificable en ningún caso el uso de la IA “con fines de control para la explotación, para restringir la libertad de las personas o para beneficiar a unos pocos a expensas de muchos” (93). Recomienda a este respecto la creación de organismos específicos para proteger “la transparencia y la responsabilidad pública” (ídem.)
Como reflexión de cierre, en Antiqua et nova se anima a creyentes y no creyentes de cualquier ámbito a aprovechar este momento para “renovar la valoración de todo lo que es humano”. “La IA solo debe utilizarse como herramienta complementaria de la inteligencia humana, y no sustituir su riqueza”, concluye.




