“Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades, los riesgos. Simulando voces y rostros humanos, sabiduría y conocimiento, conciencia y responsabilidad, empatía y amistad, interfieren en los sistemas informativos e invaden el nivel más profundo de la comunicación, la relación entre las personas.
La IA propicia eludir el esfuerzo de pensar por nosotros mismos para conformarnos con una recopilación estadística artificial. A la larga amenaza con erosionar nuestras capacidades cognitivas, emocionales y comunicativas. Asume cada vez más el control de la producción de textos, música y vídeos, convirtiendo a las personas en meros consumidores pasivos de pensamientos no pensados, de productos anónimos, sin autoría, sin amor.
La cuestión que nos importa no es lo que logra o logrará hacer la máquina, sino qué podemos o podremos hacer nosotros, creciendo en humanidad y conocimiento, con un sabio uso de instrumentos tan poderosos a nuestro servicio. El desafío no es tecnológico sino antropológico.”