La inteligencia humana
Andrés Jiménez
3. LA SINGULARIDAD DE LA INTELIGENCIA.
Existe en el ser humano una forma de conocimiento que rebasa claramente las expectativas y límites del ámbito sensible. Operaciones tales como negar, la reflexión, la invención, el lenguaje articulado, la expresión simbólica, los juicios morales y la experiencia estética, entre otras, ponen de manifiesto la peculiaridad de la inteligencia.
Esta forma de conocimiento supone una apertura a la realidad que rebasa la mera atenencia y reacción a los estímulos de agrado y desagrado; que brinda además, y por ello, la posibilidad de aportar novedades, de conocer dimensiones, como el ser –y la nada–, no patentes a nuestra sensibilidad; de economizar recursos de forma radical en nuestras respuestas a los problemas planteados por la confrontación del ser humano con el mundo –por ejemplo, la invención de instrumentos y herramientas, que sirven para múltiples acciones en múltiples situaciones-.
Consideremos nociones como verdad, justicia, amor, bien, libertad..., el sentido profundo que pueda tener un gesto, la conciencia acerca de la propia singularidad como sujeto existencial, la posibilidad de referirse a una infinidad de objetos -reales o no- con una sola palabra..., todo ello pone de manifiesto que nuestro conocimiento es capaz de captar la realidad profunda de las cosas, su esencia, más allá de su apariencia sensible.
La inteligencia es una forma de conocimiento, en fin, que expresa una singularidad radical del ser humano respecto de todos los demás seres que habitan el mundo.
Esta forma de conocimiento implica una asombrosa apertura a la realidad, que en el fondo consiste en la capacidad de comprender lo que las cosas son. Pero esto nos lleva a cuestiones “metafísicas”, que son las que estudian en qué consiste “lo real”, qué significa existir, qué diferentes modos de ser se dan en la realidad…
Todo ello no es accesible a los métodos científicos experimentales, por lo que al intentar comprender qué es la inteligencia, la psicología experimental u otras ciencias como la neurología (las llamadas “neurociencias” en general) o la informática, han simplificado –a menudo excesivamente- el conocimiento intelectual, reduciéndolo a una simple e imprecisa “capacidad de resolver problemas”.




