La bella desconocida
LA CATEDRAL DE SAN ANTOLÍN, DE PALENCIA
A orillas del río Carrión, dominando la ciudad de Palencia, se alza la imponente figura de la catedral gótica de san Antolín, templo vivo y cátedra del sucesor de los apóstoles, cuya primera piedra data del 1 de junio de 1321. Nos hallamos así pues ante su 700 aniversario, que se viene celebrando desde el 5 de junio de 2021 y se extenderá hasta octubre de 2022.
La catedral es también, como monumento, como un cofre de sí misma, severo y opaco al exterior pero repleto de excelsas calidades artísticas que atesora cuando traspasamos sus muros. Es llamada tradicionalmente “la Bella desconocida”, y para muchos hoy ha pasado a llamarse la “Bella reconocida”, con ocasión de este séptimo centenario.
El solar catedralicio es tan imponente en volúmenes como visualmente austero al exterior. Se constituye como un espléndido testigo de la historia y de la fe de estas tierras, desde los vestigios de construcciones romanas, tanto en el interior como en el entorno, hasta las últimas aportaciones del siglo XX. Hay quien lo ha comparado a esas muñecas rusas que se esconden unas en el interior de las otras, ya que la sucesión de edificaciones ha ido envolviendo a las precedentes, que se ocultan en su seno como tesoros muy preciados.
Entre las muchas maravillas que alberga en su interior la seo palentina se pueden mencionar la cripta de San Antolín, en la que se halla su origen; la capilla del Sagrario y el trascoro, además del retablo mayor. Cuenta además con obras de Pedro Berruguete y Juan de Flandes, y llama la atención el lienzo ‘El martirio de San Sebastián’ de El Greco. Pero hay mucho más, un largo etcétera.
Palencia y su catedral nos remiten de modo singular a la Edad Media de la Reconquista española. El calificativo «medieval», como es sabido, ha adquirido una tonalidad más bien despectiva, como sinónimo de «oscurantista», «primitivo», «inculto». Pero en Chartres, o en León, o en Burgos, o en la misma Palencia, será muy difícil aceptar sin más ese significado. No hay nada de oscurantista en una obra humana que se sirve de la luz para crear poderosas experiencias que tienen que ver con el sentido de la vida. El mundo medieval, como lo representan muchas catedrales como las mencionadas, lejos de ser oscuro, es en muchos aspectos cegadoramente luminoso.
En la catedral gótica, que es sin duda el fruto más espléndido de la arquitectura medieval, encontramos tres facetas interrelacionadas: Su prodigio técnico, su simbolismo religioso y su trabazón con la cultura de la primera Europa, la Cristiandad.
La verticalidad es el rasgo más notorio de este estilo. Este impulso ascensional fue creciendo a medida que el gótico se desarrollaba y alcanzó su culminación en su fase final. A partir de este rasgo podemos comprender la lógica constructiva de la arquitectura gótica y aproximarnos a sus desafíos técnicos, en cuyo detalle no entraremos ahora, pero sí destacaremos el contraste entre el carácter rudimentario de las técnicas y herramientas de edificación vigentes en la época y los prodigiosos frutos obtenidos: su belleza y ascensionalidad, su colosal altura, la transparencia de sus superficies acristaladas, el virtuosismo de sus audaces bóvedas ornamentadas.
Pero el objetivo de la catedral gótica no era suministrar “vistas” hermosas, sino crear un espacio interior transfigurado, de profundo simbolismo religioso y teológico. El sistema constructivo desmaterializado, propiciado por la introducción de las bóvedas de crucería, está al servicio de la luz, principal responsable de la configuración de un interior distinto al vigente en el mundo físico del exterior. Así, el interior bañado en una atmósfera coloreada se muestra como obra y reflejo de Dios, que es la Lux spiritualis.
Las catedrales góticas son un compendio de razón y de luz, de belleza y técnica, de ingenio creador y voluntad colectiva. Chartres, León, Burgos o Palencia, entre tantos otros ejemplos, nos enseñan, además, la importancia de la belleza y de lo bello para la fe católica. Es triste que buena parte de nuestra estética y nuestro arte en el mundo moderno están instalados en la fealdad. La belleza que nos rodea y conmueve al contemplar el prodigio de la catedral, realzada por la exquisitez de la liturgia, proporciona una experiencia del gozo más puro, y sirve de indicio y preparación para la vida eterna en Dios. La belleza de lo visible nos hace añorar y presentir la de lo invisible.
Hans Urs von Balthasar escribió una vez que la gente que alberga dudas acerca de lo bueno o lo verdadero, no puede ser igualmente escéptica sobre el significado de la belleza, una vez que la ha experimentado. Todo el mundo tiene necesidad de verse rodeado de belleza. Lo necesita nuestra mirada, asombrada por el esplendor de lo real cuando lo percibe en el seno de lo creado, lo necesitan nuestras almas como preparación para lo que nos espera en el momento en que, por fin, lleguemos a nuestra morada eterna y verdadera.
El encanto sublime de nuestras catedrales, cuando el alma está mecida en el silencio interior y se abre a la contemplación, propicia que, al igual que san Agustín, experimentarnos un ardiente deseo de abrazar la Belleza, siempre nueva y siempre la misma, ese deseo ardiente que Dios ha encendido secretamente en nosotros y es el principio de donde brota la oración.
La catedral de San Antolín de Palencia es una gran iglesia de tres naves, y la cabecera está rodeada por un deambulatorio o girola a la que se abren cinco capillas poligonales. Cuenta con doble transepto o crucero, claustro y una recia torre al sur. La nave central, más alta y dotada de triforios, se cubre con floridas bóvedas de crucería estrellada mientras que las colaterales se coronan con bóvedas de terceletes.
En el siglo VII se alzó en ese mismo lugar una primera catedral. Resta de ella la cripta visigoda, luego ampliada durante la restauración de la diócesis en el año 1034, bajo el reinado de Sancho II el Mayor de Navarra, ampliación que constituye el primer balbuceo del románico en estas tierras.
En la construcción el templo posterior se suelen distinguir tres fases: la inicial que concluye la cabecera, entre 1321-1423 con influjo de las de Burgos y León. La segunda es la del cambio de proyecto y dura de 1423 a 1485. Y la final, que se extiende de 1485 a 1523.
Este camino del gótico al renacimiento deja aportaciones diversas, que hacen de esta catedral, como ya hemos dicho antes, un verdadero cofre repleto de joyas sorprendentes.
Empecemos antes por el origen de este solar, que se remonta a la época visigótica y del que habla la Cripta de San Antolín, un espacio prerrománico que data en origen del siglo VII y que es como el corazón oculto del templo.
Antolín de Pamiers fue un mártir visigodo de la Galia que vivió en los siglos V y VI, y es venerado como santo por las Iglesias católica y ortodoxa. Son pocos los datos precisos que se poseen de él. Fue ejecutado, según parece, por no abrazar el arrianismo. Algunas de sus reliquias, llevadas por el rey visigodo Wamba desde Narbona según la tradición, se conservan en Palencia. Es patrón de la ciudad y la catedral le está consagrada. Su festividad se celebra el 2 de septiembre.
La primitiva cripta, así pues, dedicada al santo patrón, es rectangular y estrecha, con una zona abovedada; está cerrada al fondo con tres arcos de herradura sostenidos sobre columnas y capiteles romanos.
La ampliación románica se fecha hacia 1034, coincidente con la restauración de la diócesis, en el marco de la Reconquista, y se halla entre la parte visigótica mencionada y unas escaleras renacentistas, que descienden desde la parte baja del trascoro de la catedral. Tiene planta basilical también, y se cierra al fondo con un ábside semicircular con tres arquerías, de las cuales la central se abre a la parte más antigua. Se cubre este tramo con una bóveda de medio cañón, sostenida y pautada desde el suelo con potentes arcos fajones.
Vayamos ahora con las tres fases antes mencionadas. La fase primera va de 1321 a 1423. La primera piedra del majestuoso templo gótico fue colocada el 1 de junio de 1321, cuando las grandes catedrales de Burgos y León, de inspiración francesa, se encontraban prácticamente concluidas y el estilo comenzaba ya a ‘hispanizarse’.
Siguiendo el modelo de la seo burgalesa, se plantea y eleva la cabecera con girola, a la que se abren hasta siete capillas. Según la tradición, la primera piedra fuera colocada en la capilla de Nuestra Señora la Blanca, presidida por un preciosa talla de la Virgen María con el Niño, del siglo XIV, y que replica a la Virgen Blanca de la Catedral de Toledo. Alboreando el siglo XV se cubriría la antigua capilla mayor y se trazaría el arco de triunfo y la bóveda estrellada que cierra y divide en altura el primitivo ábside principal, que hoy es Capilla del Sagrario.
Pero el momento histórico, con el reino de Castilla sumido en una profunda crisis social, política y económica, hipotecó las pretensiones iniciales, desarrollándose las obras con gran lentitud.
A principios del siglo XV se inicia la segunda fase, datada entre 1423 y 1485, que retomará el ímpetu constructivo replanteando el proyecto inicial pero sin concluirlo. Será al final de esa centuria y al comienzo de la siguiente cuando los trabajos reciban en una fase conclusiva el impulso definitivo que determinó su actual aspecto.
Es una etapa de iniciales titubeos y dará lugar a una notable modificación del proyecto original, dándose nuevas trazas. Se decide retrasar hacia el Oeste el transepto, lo que supondrá plantear una nueva capilla mayor y derribar la cabecera de la iglesia románica, que aún se mantenía en pie. La obra avanza hasta la actual nave de crucero y los pisos bajos de la torre.
Es en esta fase cuando se dispone un bello triforio practicable, ciego al exterior. Recorre la nave central, el crucero y la cabecera, y se cierra con magníficas tracerías caladas. Se sabe que trabajaron en la catedral de Palencia los mejores maestros vidrieros del momento, como Arnao de Flandes o Juan de Valdivieso.
Y todo ello sin renunciar a la monumentalidad inicial, que hace del templo una de las catedrales más amplias y vistosas de España.
La tercera fase data de 1485 a 1516. Se produce entre la parte final del Gótico y el surgir del Renacimiento, gracias por fin a una financiación sostenida. El ambicioso proyecto inicial, decíamos, se vio condicionado por la precariedad de medios, y alterado por la evolución estilística obligó a artistas inclinados al espíritu renacentista a una llamativa simbiosis con los proyectos góticos iniciales.
El gran impulso constructivo, que permite cubrir el transepto en 1497 y terminar las naves, la sala capitular y el claustro, se produce bajo los episcopados de fray Alonso de Burgos, fray Diego de Deza, Juan Rodríguez de Fonseca y Juan Fernández de Velasco, contando con los maestros Martín de Solórzano, Juan de Ruesga y Juan Gil de Hontañón.
Y de este modo, junto al gótico, el renacentista es el gran estilo artístico de la catedral palentina, sobre todo en lo decorativo. Durante la primera mitad del siglo XVI, el nuevo lenguaje humanista se plasma en piezas excepcionales como el magnífico retablo mayor o el de la capilla de san Ildefonso, y obras refinadas como el púlpito del obispo Cabeza de Vaca o la puerta occidental que comunica con el claustro.
Nos hallamos así, con sus 130 metros de largo en la nave mayor por 50 de ancho en el crucero y sus 43 metros de altura en el ábside, ante la tercera catedral más grande de España, detrás de la de Sevilla y la de Toledo.
Ya hemos hablado de la primitiva cripta de San Antolín, en sus dos partes, la visigótica y la románica, de la elegantísima cabecera que corona el templo al exterior, y de las naves y cruceros góticos que enmarcan el majestuoso interior del templo. Digamos algo ahora de la portada gótica, del siglo XV, que sirve de acceso al claustro. Fue abierta esta puerta para comunicar la catedral gótica con el antiguo claustro, al que se accede bajo un arco carpanel, dintel con una pareja de ángeles portadores de escudos del obispo Hurtado de Mendoza, y el tímpano. Entre dos pilastras rematadas en pináculos, los arcos apuntados se ornan con hojarasca y figuras, muchas de ellas tocando instrumentos musicales, coronándose por un arco conopial con un ángel portador del escudo del Cabildo.
La portada en sí data de hacia 1485, pero preside el tímpano la imagen de Santa María la Mayor, a la que estuvo dedicado el templo consagrado en 1219 y conocida como “Virgen de don Tello”. Y es que esta talla de la Virgen con el Niño, en madera policromada y obra de inicios del siglo XIII, se vincula a la excepcional figura de don Tello Téllez de Meneses, obispo de Palencia entre 1208 y 1246.
Habitual de la Corte de Alfonso VIII, Tello Téllez luchó en la batalla de Las Navas de Tolosa y jugó un notable papel en la unificación de los reinos de León y Castilla. Participó en el IV Concilio de Letrán. A instancias del rey castellano, fundó en Palencia, hacia 1208, el Estudio General, que es la primera Universidad española. En ella se enseñaban Teología Derecho y Artes Liberales, y sus dos alumnos más célebres fueron Santo Domingo de Guzmán y Pedro González Telmo, San Telmo.
Los Estudios Generales (Universidades) que surgen en Castilla y en León impulsados por los monarcas, toman como base las ya existentes escuelas catedralicias. Propiamente hablando, se tiene constancia de que en la escuela palentina estudió y ejerció la docencia Santo Domingo entre el año 1184 y 1198.
La Universidad de Palencia desapareció hacia 1265. Para entonces la de Salamanca iniciaba ya su brillante trayectoria académica.
Pero volvamos a nuestra “Bella desconocida”. Uno de sus más preciados tesoros arquitectónicos es el trascoro, del siglo XVI. El trascoro no sólo resume la hibridación del gótico con el Renacimiento, sino que establece una especie de tercer altar mayor sobre la cripta, y visualmente marca el centro de tres niveles históricos fundamentales en este edificio: debajo, el nebuloso y legendario origen en el espacio subterráneo, al que se desciende por una hermosa escalinata; alrededor, la enorme riqueza artística interior de la seo y, justo encima, la ambición constructiva de la altiva nave central.
Encargado por el obispo Fonseca a inicios del siglo XVI, aúna formas del gótico final con el Plateresco, primer Renacimiento hispano. En 1513 trabajaba en él Juan de Ruesga. Es una espléndida filigrana pétrea de cinco calles enmarcadas por pilares, presidida por el soberbio políptico de Nuestra Señora de la Compasión, conjunto de pinturas compuesto por siete tablas con los Dolores de la Virgen, obra de Jan Joest de Calcar, en 1505. En las tablas se representan la Circuncisión de Jesús, la Huida a Egipto, a Jesús entre los doctores, el camino del Calvario, la Crucifixión, la Piedad y el Santo Entierro. La tabla central, de mayor tamaño, muestra a la Virgen de los Dolores.
Nos referimos a continuación a la Capilla Mayor. Entre fines del siglo XV y principios del XVI, dos grandes obispos y mecenas, Diego de Deza y Juan Rodríguez Fonseca, introdujeron el Renacimiento en la catedral. En 1509 se decidió trasladar la capilla mayor, de la original gótica (hoy del Sagrario) a la mucho más amplia actual, incluyendo el retablo que entonces se estaba fabricando, cuyo nuevo diseño, tres veces mayor, le hizo pasar a los 20,5 m. x 10,6 m. El resultado es uno de los mejores retablos de España, y uno de los pioneros en adoptar los principios del Renacimiento.
El retablo es obra de Pedro de Guadalupe y en su decoración intervinieron algunos de los más célebres artistas del momento, como Alejo de Vahía, Felipe Vigarny y Juan de Valmaseda, con pinturas de Juan de Flandes.
En el siglo XVII se añadió el sagrario y la talla de San Antolín, obra de Gregorio Fernández. El resultado es un monumental retablo sobre un alto zócalo, compuesto por cuatro pisos divididos en nueve calles, entablamento y ático de remate, con esculturas en las 28 hornacinas y pinturas en las 12 tablas. En la calle central destacan el sagrario, San Antolín y la Asunción de la Virgen. Es magnífico el ciclo de la Pasión pintado por Juan de Flandes, la Magdalena de Alejo de Vahía y el estremecedor Calvario del ático, de Valmaseda. Cierra la capilla una reja de Cristóbal de Andino (1520-24), obra maestra del arte del hierro.
La “Bella desconocida” es un hermoso cofre repleto de tesoros a cual más sorprendente. Pero no olvidemos que, en lo escondido, en el interior del sagrario, es donde se esconde el mayor de los Tesoros.
No debe engañarnos la bella magnificencia de los templos ni el brillo de las academias. Lo eterno está presente en la oculta raíz de una flor silvestre. A Dios debemos buscarlo, lo mismo en el más grandioso de los templos o en los laboratorios más sofisticados, que en la más ordinaria de las situaciones de nuestra vida. Quizás Dios no se sienta en el excelso butacón del universo -no tan a gusto al menos-, como en el suelo de un hogar humilde, en una mesa de trabajo o en la habitación de un hospital.
El martirio de San Sebastián, de El Greco
Nos hallamos ante uno de los tesoros pictóricos de la seo palentina: El Martirio de San Sebastián, obra de El Greco. Es una pintura al óleo sobre lienzo realizada hacia1577-1578. Su tamaño es de 191 x 152 cm. Se encuentra en el museo catedralicio.
Se trata de una pintura realizada al poco de la llegada a España del pintor cretense. No está del todo claro cómo llegó a Palencia, aunque parece deberse al deán de la Catedral de Toledo Luis de Castilla, amigo personal del autor, a quien conoció en Roma y pudo influir en su venida a España. Luis había sido canónigo y archidiácono en la catedral de Palencia. Fue él quien recomendó al pintor para la realización de su primer gran encargo, los retablos de la iglesia de Santo Domingo de Toledo.
El lienzo muestra a un joven san Sebastián atado a un árbol, desnudo con un leve paño de pureza, y con una flecha clavada en el costado; otras dos aparecen incrustadas en el tronco del árbol. Su postura inestable, con su pierna izquierda flexionada sobre una roca y la otra apoyada en el suelo, tocando con la rodilla la misma roca, muestra una postura de raigambre clásica, que permite mostrar detenidamente la musculatura del tronco y del brazo derecho, atado a la espalda. El otro brazo, extendido hacia el vértice superior derecho del lienzo, con la mano caída, acentúa la sensación de abandono ante el martirio. El tronco y la cabeza, levemente inclinados hacia su izquierda, muestran una torsión de las llamadas serpentinatas, con curva y contracurva, típicas del manierismo.
Tanto el aspecto heroico del santo, como el interés por el desnudo -muy poco común en la pintura española de la época- y la postura inestable y forzada, parecen ser ecos de la obra de Miguel Ángel, cuyas obras conoció El Greco durante su estancia en Roma.
El fondo presenta un cielo azul profundo con celajes blancos de aspecto metálico, y un sencillísimo paisaje con algunos árboles de tonalidades pardas y verdes, con algunos personajes, muy diluidos en la lejanía, que pudieran ser los ejecutores del suplicio. La expresión es realista, incluyendo la representación exacta del árbol al que se ata al santo (una higuera) y el rictus de tristeza de su rostro. No hay referencia a lo sobrenatural, salvo la impresionante mirada dirigida al cielo por parte del joven mártir.
El cuadro aparece firmado con letras griegas mayúsculas en la roca de la parte inferior central.
La pincelada suelta, sobre todo en lo que rodea al personaje, destaca la figura heroica del joven, a la vez poderosa y doliente, y su expresiva mirada dirigida al cielo. A los ojos de la fe, esta obra de arte nos recuerda que “la sangre de los mártires, derramada como la de Cristo para confesar el nombre de Dios, manifiesta las maravillas de su poder; pues en su martirio, el Señor, ha sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad su propio testimonio.” (Liturgia Misa mártires)




