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Sólo se ve bien con el corazón

Leyendo El Principito de
A. SAINT-EXUPÈRY

Andrés Jiménez Abad

Son mías, porque las poseo

"SON MÍAS, PORQUE LAS POSEO"

El capítulo XIII, sin embargo, correspondiente al cuarto de los planetas, es demoledor por otros motivos. Nos encontramos ante la mirada en extremo pragmática y utilitarista del hombre de negocios. Si el rey, nada más divisar al principito, creyó ver en él a un súbdito, y el vanidoso sólo supo ver un admirador, el hombre de negocios, concentrado en laboriosos cálculos, sumas y restas, sólo verá en el recién llegado una molesta interrupción.

Se halla sumamente atareado en precisar que posee ni más ni menos que “quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y un…” “-De… Ya no sé. ¡Tengo tanto trabajo!”…

Cuando el principito le pregunte “-¿Quinientos millones de qué?” No sabrá decir de qué se trata. “-Millones de esas cositas que se ven a veces en el cielo”. Apretado por las preguntas insistentes, añadirá: “Cositas que brillan…, cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes.” “–¡Ah, estrellas!”, caerá en la cuenta al fin el principito.

¡¡Precisión. Precisión!!: “-Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno”, exactamente. Y repetirá una y otra vez: “-Yo soy serio, no me divierto con tonterías. Yo soy serio. No tengo tiempo para desvariar. Yo soy serio. Soy preciso.” Este “pobre rico”, no tiene tiempo. Qué lástima. Porque, bien mirado, no tener tiempo es no tener vida.

“-Poseo las estrellas, son mías, porque jamás, nadie antes que yo, soñó con poseerlas.” Razonando con tan poco fundamento como el ebrio, argumenta: “-Poseo las estrellas para ser rico, y soy rico para comprar más estrellas…” En su afán de posesión, posee y compra más y más y más estrellas, con el único fin de poder asegurar que son suyas, depositarlas en el banco, escribir su cantidad en un papel y después encerrar el papelito, “bajo llave, en un cajón.” Reduce el ser y el valor de las cosas a meros objetos manipulables, incluso a las personas. Imposible la amistad y el amor con quien sólo busca poseerte.

El principito no dudará en calificar a este curioso y terrible personaje -que aspira a poseer y dominar el mundo entero y en especial aquello que tiene algún valor para los demás- de “apenas humano”: “¡No es un hombre, es un hongo!”, dirá en otro lugar. Para añadir seguidamente: “Jamás ha aspirado una flor. Jamás ha mirado a una estrella. Jamás ha querido a nadie…” Presume de ser serio, pero esta seriedad al principito le produce verdadero horror. “¿Serio?” Con ironía dirá que tal vez sea divertido y hasta poético, pero no tiene nada de serio. Y es que no hace justicia al verdadero valor de las cosas ¡y de las personas!.

Porque la “posesión” a la que se refiere el principito es muy diferente; más aún, es todo lo contrario. No consiste en asfixiar, controlar y decidir sobre los demás, a quienes se toma por “cosas”, sino en ponerse a disposición de “los míos”. El “mi” de intimidad, del verdadero amor, es todo lo contrario del ”mi” de posesión y manipulación. El amor posesivo no es amor. Es violencia. El verdadero amor y la amistad se basan en el respeto, en dejar ser al otro, en buscar su bien, en ayudarle a ser quien es, y a ser lo mejor que pueda ser. “Mi” flor, “mis” volcanes… Es útil que yo los posea, “pero tú no eres útil a las estrellas…”

“El hombre de negocios, concluye el capítulo, abrió la boca pero no encontró respuesta”, y el principito se fue, repitiéndose otra vez que “decididamente, las personas mayores son enteramente extraordinarias”.

Es la consigna

"ES LA CONSIGNA"

El trabajo es para la vida, y es vida él también. Pero sólo adquiere sentido verdadero cuando es elevado por el amor, cuando se convierte en don para el bien de alguien. En medio de la soledad radical amenaza el vacío existencial, y el trabajo, buscado por sí mismo o sólo como el mero cumplimiento de un deber, y no por otro valor más alto, termina por perder su sentido y se convierte en una agotadora cadena, en una alienación insoportable.

Este es el drama del farolero que habitaba en el más pequeño de los planetas que el principito visitó al dejar su casa, buscando el modo de hacer amigos.

Lo que el principito encontró aquí le resultó extraño y chocante: Un farol y un farolero. Eso es todo. Un hombre y su trabajo cotidiano. Y nada más. Lo extraño del caso era este “nada más”: “el principito no lograba explicarse para qué podrían servir, en algún lugar del cielo, en un planeta sin casa ni población, un farol y un farolero.” Un planeta sin casa ni población, en un lugar perdido, sin tradiciones ni raíces, un lugar como otro cualquiera, una vida que se vive por inercia y sin vínculos ni cuidados hacia nadie en concreto… el desarraigo de tantos individuos que hoy viven para trabajar, descansan lo mínimo para trabajar más aún, y que se precipitan hacia una soledad completa.

Absurdo. ¿Qué hace un hombre que vive para trabajar pero no sabe para qué sirve su trabajo?... No es que su trabajo no pudiera tener un sentido, es que el farolero ni se lo había planteado. He ahí el drama… Y para colmo, como su trabajo es su vida, tampoco tiene capacidad de ocio y de descanso, de fiesta, de celebración, de vinculación a nadie… Y es que su trabajo no lo vive como un servicio, como una donación de sí mismo por el bien de alguien concreto. Si trabaja es… “por la consigna”, sólo porque tiene el deber de trabajar. Y lo hace muy disciplinadamente.

Cuando el principito le pregunte qué es la consigna, el farolero sólo acierta a responder: “es la consigna”. “–No comprendo, dijo el principito entonces. –No hay nada que comprender, dijo el farolero. La consigna es la consigna. Buenos días, y apagó el farol.”

El cumplimiento del deber al principio resultaba asequible y hasta razonable, se podía alternar el trabajo y el descanso… Pero “de año en año el planeta gira más rápido y la consigna no ha cambiado”. Así es su vida y la de muchos de nosotros… la prisa y el activismo se apoderan de nosotros, hacemos y hacemos, corremos y corremos… y se nos olvida por qué y para qué hacemos y corremos tanto. Vamos muy deprisa hacia ninguna parte. Y la vida se escapa fugaz y vertiginosa: “¡Qué raro, en tu planeta los días duran un minuto!”

Un trabajo, carente de sentido, así pues, agobia al farolero y no le deja comprender el valor de lo que hace ni disfrutar de ello. Pero tampoco le deja comprender y saborear el verdadero descanso, el ocio, la celebración y la alegría. El principito sugiere al farolero, encadenado a su deber, que puede encontrar el verdadero descanso caminando lentamente para quedar siempre al sol. El sol representa en el libro la fuente del sentido, se trata pues de pararse a contemplar, a pensar, a celebrar, a orientarse… es decir, dejar que el amor, la gratitud y el gozo se introduzcan en su vida y en su trabajo. Convertir el tiempo y el esfuerzo en don. Pero el farolero le responderá que no. “Lo que me gusta en la vida, le dice, es dormir”…

El amor –el querer y procurar el bien para alguien- proporciona el verdadero valor de las cosas y de las personas. Eso es lo que falta en la vida del rey, del vanidoso, del hombre de negocios, del bebedor... También en la del farolero, aunque de él dirá el principito: «es el único que no me parece ridículo. Quizá porque se ocupa de una cosa ajena a sí mismo... Es el único de quien pude haberme hecho amigo.» Pero… Sí, había un pero. Dedicado a un trabajo cuya verdadera belleza y utilidad desconocía, y sin haber descubierto que el sentido último del trabajo está en el amor y en el servicio a las personas, el farolero se ha encapsulado en su soledad. “Su planeta –dirá el principito- es verdaderamente demasiado pequeño. No hay lugar para dos...”

Todos los demás han visto en el pequeño un «súbdito», un «admirador», una «pesada molestia»… Le han valorado por la utilidad que pueden obtener de él, incapacitándose para amarle y aceptarle por él mismo, tal y como es. Y el farolero, encadenado a la consigna, no ha descubierto el valor de su trabajo por no haber sido capaz de convertido en dádiva, en oblación.


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