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Sólo se ve bien con el corazón

Leyendo El Principito de
A. SAINT-EXUPÈRY

Andrés Jiménez Abad

"NO PUEDO SABERLO"

Con el capítulo XV culmina la travesía de nuestro joven protagonista por varios planetas tras haber dejado en el suyo, como consecuencia de una decepción profunda, a la rosa a quien quería. Experimentaba la necesidad de un amigo, pero ha ido encontrando en su viaje a “personas mayores” (el rey, el vanidoso, el bebedor, el hombre de negocios, el farolero…) que no le han puesto las cosas fáciles. En esta ocasión llega al sexto planeta, un planeta bastante amplio, habitado por un anciano geógrafo, que simboliza, como veremos, a un moderno hombre de ciencia.

No puedo saberlo

La primera sorpresa vendrá dada, nada más llegar, porque recibe el siguiente saludo: “-Anda! ¡He aquí un explorador!!

Es esta una interpelación que recuerda mucho a la recepción de otros personajes, como el rey, para quien el joven fue tomado y valorado como un súbdito, como el vanidoso, que le recibió como un admirador, o como el hombre de negocios, que vio en él una inoportuna molestia para sus ocupaciones. Todo ellos veían en el principito, no una persona, no al joven que él es, sino a alguien que podía resultar útil o contraproducente para sus intereses. Hay en todos ellos un prejuicio, una etiqueta que clasifica al muchacho ante estos personajes, en cuyos planetas el principito no podrá quedarse a vivir por ser imposible una relación de amistad. El amor de amistad es, ante todo, un amor de persona, que considera al amigo como una persona cuyo bien se quiere.

Pues bien, nuestro anciano se encuentra ante un grueso libro de anotaciones. –“Soy un geógrafo”, le dice. “Un sabio que conoce dónde se encuentran los mares, los ríos, las ciudades, las montañas y los desiertos”…

“-Es muy interesante, dice el principito. Por fin un verdadero oficio… Es muy bello vuestro planeta: ¿Tiene océanos? –No puedo saberlo, contesta el geógrafo. –Ah, ¿y montañas? –No puedo saberlo… -¿Y ciudades, ríos o desiertos?... –Tampoco puedo saberlo. -Pero eres geógrafo. –Es cierto, pero carezco de exploradores. Un geógrafo es demasiado importante para deambular por ahí. No debe dejar su despacho.”

Y así vamos descubriendo cómo el geógrafo toma el mundo como objeto de cómputo y registro. Viene aureolado por el oficio de sabio, pero como ocurre a tantos especialistas del saber, resultan ser escépticos acerca de su propia vida. No olvidemos que los planetas en esta narración simbolizan nuestra vida.

Sólo admite como real lo que encaja en sus procedimientos de investigación. Exige “pruebas”. Le interesan las grandes leyes y fenómenos de la naturaleza, que puede incorporar a sus cálculos estadísticos. Llegará a afirmar: “Escribimos cosas eternas”.

Cuando el principito le refiere que en su vida pasan cosas no muy aparatosas ni destacables, el geógrafo le dirige una mirada despectiva. Pero sobre todo la gran decepción se producirá cuando salga a colación el tema de la flor:

“—También tengo una flor. –No anotamos las flores, dijo el geógrafo. – Por qué? ¡Es lo más lindo! (…)

—Porque las flores son efímeras. -¿Efímeras”? -Sí. Significa que algo está amenazado por una próxima desaparición.

—¿Mi flor está amenazada de desaparecer próximamente?

—Indudablemente.

Mi flor es efímera —se dijo el principito— y no tiene más que cuatro espinas para defenderse contra el mundo. ¡Y la he dejado allá sola en mi casa!". Por primera vez se arrepintió de haber dejado su planeta, pero bien pronto recobró su valor.

—¿Qué me aconseja usted que visite ahora? —preguntó. —La Tierra —le contestó el geógrafo—. Tiene muy buena reputación... Y el principito partió pensando en su flor.“

Parece que el principito acaba de advertir que la sabiduría que de verdad merece la pena no es la que se alza como un absoluto pero que al final oculta una profunda ignorancia acerca de lo que en realidad a él le parece más valioso: que la vida está para amar y ser amado. Que el ser amado es quien de verdad cuenta cuando buscamos el sentido de la vida.

¡Estoy solo!

"¡ESTOY SOLO!"

Nos asomamos ahora a los capítulos XVI al XIX. El principito venía de visitar seis curiosos planetas habitados por “personas mayores”. Tras el infructuoso esfuerzo de entablar amistad con ellas, llega finalmente a la Tierra. Si algo destaca en ella, a juicio del narrador, es que está habitada por multitud de personas mayores: 111 reyes, 7.000 geógrafos, 900.000 hombres de negocios, etc. Con ironía, finge darnos una cifra exacta que sin embargo no lo es…

¿Y cómo es la Tierra, un planeta en el que hay tantas personas mayores?

Se trata en este caso de un planeta de grandes dimensiones, en el que los hombres, a pesar de su número tan elevado, no ocupan tanto lugar. Exagerando, el narrador llega a afirmar que podría amontonarse a la humanidad sobre una diminuta isla del Pacífico. No obstante, se nos dice algo significativo: “Las personas mayores se imaginan que ocupan mucho lugar. Se sienten importantes…”

Y sin embargo, al llegar a la Tierra, el principito no vio a nadie… Bueno, hace sentir más bien escalofríos lo que ocurrió en realidad: a quien primero se encontró fue a la muerte. una serpiente que advierte al principito que es más poderosa que el dedo de un rey, que a quien toca lo devuelve a la tierra de donde salió, que, mostrándose ella misma como un enigma, sin embargo los resuelve todos… Y el “buenas noches” con el que se saludan nos habla también de soledad y de falta de relación humana: “-¿No hay nadie en la Tierra?”, preguntará el muchacho. Y la serpiente le contesta: “–Aquí es el desierto… ¿-Dónde están los hombres…? Se está un poco solo en el desierto… -Con los hombres también se está solo”, sentencia el reptil.

El panorama no es precisamente alentador. La Tierra es un planeta de muerte y de soledad. No olvidemos que los tiempos en que se escribe este libro son de guerras, de angustias y tristeza. Los filósofos existencialistas del momento, muchos de ellos compatriotas de Saint-Exupéry, vienen proyectando en el mundo intelectual un halo de penumbra, de angustia y sinsentido acerca de la vida humana: El hombre, dirán, es un ser para la muerte, una pasión inútil; hemos sido arrojados a un mundo en el que nosotros y todo está de más…

Se esperaría que un planeta tan poblado como la Tierra fuera un lugar en el que será fácil hallar amigos. Pero a veces las grandes ciudades, los abarrotados autobuses y metros, las calles y plazas atestadas por la multitud, resultan ser auténticos desiertos. Con los hombres, dice la serpiente, también se está solo… Ante la muerte acaba imponiéndose el silencio.

El diagnóstico es brutal. La sensación dominante es abrumadora, de un pesimismo imponente. Una pequeña flor en medio del desierto asegurará que los hombres son muy pocos –“seis o siete”, afirma-, y no se sabe nunca dónde encontrarlos, pues no tienen raíces y el viento los lleva… El sinsentido, el desarraigo, la indiferencia… se agudizan. Advertimos que este pequeño libro tiene un calado más hondo de lo que parecía a una mirada superficial.

Así las cosas, el principito sube a una alta montaña: “-Desde una montaña alta como ésta, se dijo, veré de golpe todo el planeta y todos los hombres…”. Pero lo que se encontró sólo fueron “agujas de rocas bien afiladas”. Hostilidad, peligro, aristas que presagian una vida angosta y dura… en suma. Y aún más terrible: A su saludo, lanzado al azar -“Buenos días”-, le sigue una respuesta pasmosa:

“-Buenos días… Buenos días… Buenos días… -respondió el eco.

-¿Quién eres? –dijo el principito.

-Quién eres… quién eres…, -respondió el eco.

-Sed amigos míos, estoy solo –dijo el principito.

-Estoy solo, estoy solo, estoy solo… -respondió el eco.”

De manera admirable, sirviéndose de la imagen del eco, se nos muestra un mundo en el que la soledad lo invade todo. La situación no puede ser más desoladora. La soledad rodea al muchacho por todas partes. Todo el mundo a la vista es un enorme desierto: “¡Qué planeta tan raro!: es seco, puntiagudo y salado”, pensó el principito. Da lo mismo estar en medio de un espacio vacío que estar odeado de gente… La soledad de tantos y tantos, multitudes solitarias, gentes que vagan sin sentido y sin rumbo, donde el viento las lleve… Hostilidad, desconfianza, ausencia de vida, amenaza: “Seco, puntiagudo, salado.” Es demoledor pensar que en las casas de los hombres también es todo soledad, sequedad, conflicto, amenaza, aridez. Que en ellas no hay amor.

-“Y los hombres no tienen imaginación”, añadió el principito: “Repiten lo que se les dice… En mi casa –es así como llama a su planeta- tenía una flor: era siempre la primera en hablar…” Pero lo más importante está aún por acontecer… Al principito le esperan aun más y mayores sorpresas. Y lo mejor está a punto de llegar.


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