La cuestión femenina: apuntes para un debate entre el enfoque de género y el neofeminismo
(PAPELES PARA LA IGUALDAD. Ayuntamiento de Valladolid. 2003)
¿Cómo podríais dibujar la aportación del movimiento feminista en nuestra época?
- Conviene bosquejar a grandes rasgos su trayectoria histórica. El primer feminismo, como es sabido, arranca hacia la mitad del siglo XIX y mantiene su vigencia hasta 1930, aproximadamente. Es conocido como sufragismo por su reivindicación para la mujer del voto, hasta entonces privilegio exclusivo de los varones desde el Renacimiento. No obstante, sus miras se centran en el acceso de la mujer, en igualdad de oportunidades, a las actividades sociales hegemónicas en la Modernidad: la economía, la política y la educación: derechos económicos, políticos y sociales, por lo tanto. Se incluirán pronto entre ellos el divorcio y el control de natalidad. En este contexto, las primeras feministas socialistas relacionaron la opresión económica y política con la sexual, por lo que lanzaron una importante ofensiva contra el matrimonio y la “familia tradicional”, y defendían el “amor libre”, que les hizo un tanto impopulares en aquel momento.
El segundo feminismo suele situarse a finales de los años 60 y suele coincidir con lo que ha dado en llamarse feminismo radical. El primer brote aparece en Estados Unidos, alrededor de Betty Friedan, autora de La mística femenina. En 1949, Simone de Beauvoir había publicado en Francia El segundo sexo, pero será en torno a 1968 cuando se convertirá en el libro de referencia del feminismo radical. Ambas serán las abanderadas por excelencia del feminismo del XX. Algunas de las doctrinas de Marx y Freud, junto con el existencialismo sartreano –la mujer no nace, se hace...-, son en última instancia inspiradoras de este segundo feminismo.
El feminismo radical alienta a las mujeres a liberarse del hogar, ese “confortable campo de concentración” (Friedan), y de la “trampa de la maternidad” (Beauvoir), que vedaban sus aspiraciones profesionales y de autorrealización.
¿El feminismo radical responde a un único modelo, o puede hablarse de un feminismo norteamericano y otro europeo?
- Se puede caracterizar también esta segunda etapa, ciertamente, según dos modelos:
Por una parte, el liberal reformista, en Norteamérica, de perfil más cultural, que tendrá una importante entrada en el mundo universitario a través de los Women’s Studies; se orienta más bien a que la mujer sea dueña de su propio cuerpo y su sexualidad, y a que se integre plenamente en el escenario público. A tal efecto, busca las reformas legales que aseguren la igualdad real de hombres y mujeres en la sociedad, suprimiendo las discriminaciones. Trabajan especialmente dentro de las instituciones por medio de grupos de presión.
El modelo socialista, en Europa, con un marcado talante activista y de intervención directa en la política, en sintonía con la lucha de clases marxista, considera ésta, sin embargo, insuficiente; se orienta a la transformación del rol social de la mujer frente al sistema patriarcal-capitalista y al varón. Persigue la revolución, que pasa por la desaparición de la familia.
La revolución sexual y social de finales de los 60 aglutina a ambos modelos a pesar de sus diferencias, los cuales vienen a coincidir en una estrategia común de acción y de pensamiento que ha contribuido a configurar una ideología y una presencia feminista de notable influencia en nuestros días.
El feminismo norteamericano empieza a introducirse en el mundo universitario a través de mujeres militantes en el feminismo liberal reformista, creándose, como ya se dijo, los Women’s Studies. Con ellos se pretende cambiar los esquemas de pensamiento y las actitudes sociales y culturales. Desde ellos se asesora a poderosos lobbies, y numerosas feministas formadas en este entorno entran a trabajar en las agencias y oficinas internacionales de la ONU. Y algo similar puede apreciarse en los países escandinavos. Desde ahí se irá dejando sentir su influencia en el viejo continente y en las políticas institucionales de la naciente Comunidad Europea. En los años 80, el feminismo radical se irá haciendo presente en universidades y organismos del tercer mundo, y de modo muy particular a través de ONGs y de Agencias e Instituciones internacionales que promueven Programas de Desarrollo.
¿Hay un tercer feminismo, entonces, en nuestros días? ¿Cómo puede caracterizarse?
- Puede decirse que la segunda fase del movimiento feminista culmina en 1975, con la Conferencia Mundial de la Mujer celebrada por la ONU, que vino precedida en 1967 por la Declaración sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer. A partir de este momento se inicia una tercera fase, marcada por el revisionismo, por la institucionalización de la doctrina, que se orienta hacia el enfoque de género –el rol de hombre y de mujer no vendría determinado por la naturaleza biológica constitutiva, sino que es una construcción cultural y económica-, a través de los organismos políticos, particularmente de la ONU y de la Unión Europea, y por una diversificación, que incluye una importante deriva hacia el lesbianismo. A grandes rasgos, puede decirse que en el tercer feminismo, del énfasis en la “igualdad” se pasa a la exploración y promoción de la “diferencia femenina”.
Pero aún más llamativa, a nuestro juicio, es la revisión encabezada a partir de los años 80 por algunas feministas radicales, que ha llevado a un giro sustancial que algunos han denominado neofeminismo. Destacadas activistas como Betty Friedan, Susan Brownmiller, Germaine Greer, Christiane Collange, Alexandra Bochetti o Antonietta Macciochi, entre otras, ante el vacío de valores femeninos en la vida salvaje del economicismo exacerbado, reclaman una valoración de la diferencia, de la feminidad, de la maternidad, de la corresponsabilidad e, incluso, una vuelta al hogar. Escribe así una de ellas, Christiane Collange, en 1979: “Quiero volver al hogar no necesariamente todo el tiempo. Quiero volver al hogar con mayor frecuencia, mucho más tiempo, con libertad. Quiero volver al hogar porque allí se sitúa mi sitio de amarre, mi centro de gravedad. El enchufe de amor donde cargo mis baterías de energía. No quiero pasar mi vida yendo y viniendo a otros sitios para buscar mi identidad. No acepto morir a lo largo de los años de aburrimiento doméstico ni de fatiga profesional. No creo ni en el trabajo liberador ni en el sacrificio femenino incondicional. Quiero todo a la vez. Estoy harta de ser una mujer cortada en dos”.
Entonces, ¿cómo se percibe la mujer de hoy a sí misma? ¿Cuál es el nuevo rostro de la mujer?
- No resulta exagerado suponer que los grandes avances de la mujer en el mundo social y laboral en Occidente van acompañados en muchos casos por un perfil de mujer segura de sí misma –o que lo parece-, inteligente, competitiva y ambiciosa, independiente, preocupada por su imagen, elegante y práctica al mismo tiempo, interesada en que su aspecto exterior sea el reflejo de una mujer que se basta a sí misma, una triunfadora. Y ello, en contraste con la penosa situación de las mujeres en los países aún no desarrollados, en los cuales ellas protagonizan y padecen las más graves consecuencias de la pobreza y de la indefensión.
Sin embargo, es dudoso que este perfil –desde luego estereotipado, pero sacado sin ningún esfuerzo de la imagen proporcionada por cientos de anuncios y mensajes comerciales- haga justicia a la aspiración legítima de todo ser humano -y por lo tanto de la mujer- a sacar lo mejor sí mismo, o de sí misma, así como a ver satisfechas sus más radicales aspiraciones en la vida, entre otras la de amar y ser personalmente amados... y amadas. Tener cosas no llena el corazón, así de simple. “Me pregunto, escribe la politóloga noruega Janne Haaland Matláry, qué sentirán al respecto las mujeres de otros países si nosotras, que vivimos en condiciones políticas y económicas relativamente buenas, nos consideramos tan insatisfechas.”
Estamos ante un arquetipo diseñado por una civilización –la del humanismo androcéntrico del homo faber, médula de la modernidad- en la que falta, junto a una perspectiva moral bien fundada, nada menos que el corazón; o en la que éste, a lo sumo, se ha visto reducido a un sentimentalismo inestable. El protagonista de este mundo de valores es un hombre –varón- que ha cifrado en el poder su argumento vital, y en el éxito a ultranza el sentido de su vida. Muchas mujeres han caído en la tentación de pensar que ese era también su camino. Haaland escribe al respecto: “Por causa de los hijos, las mujeres pierden posiciones en su carrera profesional y rara es la vez que llegan a ocupar puestos directivos. Quienes lo consiguen suelen ser solteras, y además luchan con uñas y dientes para lograrlo. Estas pocas mujeres saben muy bien que en la verdadera competición tendrán que hacer frente a las estructuras organizativas y vínculos de clan de los hombres. De ahí que se conviertan en personas duras de carácter e imiten los modos de actuar masculinos, tratando de no perder excesivamente el equilibrio. Para competir con los hombres sencillamente tienen que demostrar que pueden hacer el mismo trabajo mejor que ellos.”
Nos hallamos, así pues, ante un nuevo modelo de feminismo, en fase de consolidación y sistematización, que en lo que tiene de más propositivo se basa en la reciprocidad e interdependencia entre los dos sexos y propugna una igualdad en la diferencia. Reivindica que ambos sexos deben estar simultáneamente presentes en el mundo de lo privado y de lo público y, a la vez que reclama más presencia de la mujer en la vida pública, considera igualmente necesaria una mayor presencia del varón en los asuntos domésticos y, sobre todo, en la educación de los hijos. Acepta la distinción entre lo biológico y lo cultural en la configuración de la identidad sexual, pero niega tanto una insostenible subordinación de la mujer al varón basada en una desigual naturaleza, como el que la atribución de todas las funciones y roles sociales a uno u otro sexo sea una mera construcción cultural cambiable.
... Con lo cual entra directamente en confrontación con la perspectiva de género.
- No se puede negar. La lucha por la igualdad entre hombre y mujer implica para el neofeminismo el reconocimiento de que la mujer es diferente, y la exigencia de ser tratada de modo diferente. Aquí la diferencia no implica desigual dignidad, ni inferioridad o sometimiento, ni antagonismo dialéctico, sino dependencia recíproca y complementariedad. Entre esas diferencias está, entre otras, el derecho de la mujer que trabaja fuera de casa a no ser víctima de discriminaciones, presiones indebidas o dificultades a causa de su maternidad.
Esta reflexión, ya desde finales del siglo XX, y reconociendo las aportaciones del feminismo “igualitario”, que se dirigían a la paridad funcional entre el hombre y la mujer, pone de manifiesto también que a ese planteamiento, y al mundo cortado por el patrón del humanismo prometeico, les falta algo esencial: una antropología capaz de explicar en qué y por qué las mujeres son diferentes a los hombres, una comprensión mucho más profunda del significado de los términos masculino y femenino. En última instancia: una más honda visión de lo que significa ser humano, como varón y como mujer.
¿Esto tiene que ver con la tesis fundamental de vuestro libro, relativa a la contribución femenina al desarrollo humano?
- En efecto. Sostenemos que en estos momentos, como afirma Janne Haaland, “la calidad de vida para la mujer se centra en estas dos cuestiones: en primer lugar, las soluciones a los problemas derivados de la organización de la familia y la vida profesional, tanto desde el ámbito práctico como desde la esfera política; y en segundo lugar, un profundo análisis de lo que significa el hecho de ser mujer”. Es esta nueva visión, y la activa presencia de mujeres que aportan sus valores más específicos, la que puede convertir el ansiado desarrollo humano y sostenible en un nuevo modelo de desarrollo, en el que sea posible la elevación integral de lo humano en el mundo, la consideración efectiva del valor y de la dignidad inalienables de cada persona, y que, sin hacer caso omiso de las diferencias, haga posible y efectiva la construcción de una unidad moral, de una verdadera solidaridad entre hombres y mujeres.
Elisabeth Badinter en su libro Por mal camino, escribe que la razón primera del feminismo es la de instaurar la igualdad de sexos y no la de mejorar las relaciones entre hombres y mujeres. Pero, añade, el caso es que para la mayoría de las mujeres sólo puede existir una mejora de su condición mediante una conquista de la igualdad que no ponga en peligro sus relaciones con los hombres. No deja de ser verdad la aseveración de Margaret Mead: cuando un sexo sufre, el otro sufre también.
Y este es el reto que el movimiento de las mujeres tiene aún que afrontar. La mera ideología no basta para vivir.




