Saber mirar
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Encrucijadas de la carne y del espíritu

Santa Teresa de Jesús

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

Comentamos ahora el conocido villancico “Vivo sin vivir en mí”. El secreto de los anhelos de morir de nuestra Santa, tan contrarios al común de los mortales, se pueden explicar por lo que en los amores humanos llamamos mal de ausencia. Es una expresión de su experiencia amorosa (después que muero de amor) tan verdadera y radical. Fundamenta estos anhelos la esperanzada certeza de que “este mundo no es el final del camino” sino que, como proclamamos en el credo, sabemos por la fe que nos espera, tras la resurrección de los muertos, una vida eterna. Santa Teresa confiesa algo más atractivo resumido en la expresión “y tan alta vida espero”. Alta no por la distancia sino por el único estilo, modo o respuesta a nuestros más profundos anhelos que nos permitirán exclamar “esta sí que es calidad de vida.

Bien sabemos que desde el Renacimiento, una corriente de humanismo paganizante, unido a las convulsiones religiosas que fragmentaron la unidad religiosa en Europa, fue poniendo en duda la existencia de una vida más allá de la muerte, a pesar de que lo habían intuido las religiones de los pueblos primitivos y la filosofía había hallado la certeza de la inmortalidad del alma.

Antítesis de la certeza teresiana y de lo que afirmamos en el símbolo de la fe, me ha parecido oportuno ofreceros un poema de Vicente Aleixandre, al que siempre se le encuadró en la visión panteísta de la tierra, del mundo vivo en general, incluido el ser humano y de toda materia con su energía irrefrenable.

El poeta, en el tono y ritmo solemne de los poemas religiosos, alza su voz de profeta de este mundo para conducir al hombre de la desazón de su espíritu a la serenidad que trae la paz por la aceptación de un destino irrevocable. Hombre, no eres más que esto:: lodo que regresa al lodo, a la “arcilla apagada”. La tierra como Madre inmensa, no distinta del hombre permite que sigamos, no como espíritu ni menos como cuerpo resucitado unido al alma de nuestro ser personal, sino como “barro tú en el barro”.

Lo más llamativo del poema es el reconocimiento de la dignidad divina del hombre. Me recuerda el “Discurso sobre la dignidad del hombre” de Pico de la Mirándola, salvadas las divergencias, por la exaltación de la autosuficiencia del ser humano para hacer uso sin cortapisas de lo que va a depender tan sólo de la voluntad. Puedes llegar a ser el que quieras. Este ser transitorio en la tierra, que brilla un momento para regresar a su apagada patria. Es hijo de la luz y un soplo celeste, recuerda la acción del relato del Génesis, le redimió un instante, “Hete aquí luminoso, juvenil, perennal a los aires” Hermoso como ningún otro ser. Con la promesa bíblica de ser divino, pero no para siempre. Efímero como tu cuerpo extinto que acaba en la noche. Es uno de los poemas que mejor expresa el destino final del hombre, que creyó dominarlo todo sin contar con Dios y que termina en la nada y en un ser abocado a la muerte o como una pasión inútil del existencialismo ateo de las décadas de del 40, 50 y 60 del siglo XX. Sombra del paraíso al que pertenece el poema, se publicó en Madrid en 1944. Son pasos de un proceso que aún no ha tocado fondo ni fin.

En el conjunto del libro, el poema resulta, en una primera lectura, un tanto extraño. El poeta acusa al Hombre de haber estropeado la belleza primigenia de la Tierra. En un poemilla llega a pedir que no nazca el hombre. El paraíso es la naturaleza antes de ser mancillada. El poeta reivindica su recuperación por eso le recuerda que está hecho de la misma materia.

Aunque no con las implicaciones intelectuales que dan el armazón al poema, la idea de que todo concluye con la muerte ha calado en sectores cultivados de nuestra sociedad. Los más, no obstante, manifiestan en sus expresiones una idea borrosa, como diría Santa Teresa “a bulto”, “algo habrá, en algún lugar estarán” más emotivo que reflexivo. A mí me sobrecogen las palabras de Pedro “¿A dónde iremos, si tú tienes palabras de vida eterna?” y me llena de esperanza la afirmación de Jesucristo cuando afirma “Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque muera, no morirá para siempre”. Una vez más el vivir se nos presenta como una opción de libertad. Santa Teresa sigue indicándonos el camino para salir de estos atolladeros.


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