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Sólo se ve bien con el corazón

Leyendo El Principito de
A. SAINT-EXUPÈRY

Andrés Jiménez Abad

Y UNA MAÑANA, A LA HORA DE LA SALIDA DEL SOL...

En el capítulo octavo se nos dará noticia de una flor, una rosa –símbolo de la persona amada- que marcará muy hondamente la vida del muchacho. Es la experiencia del amor temprano, que fascina y a la vez desconcierta, y en el que la falta de una mirada profunda, capaz de “comprender” -que sepa ver el valor de la persona amada más allá de las apariencias y de los contratiempos-, dará lugar a la primera y precipitada decepción amorosa.

Sucedió, así, que en su pequeño planeta, en su modesta vida, apareció un buen día una flor distinta de otras que habían pasado por él sin dejar una huella profunda: que “aparecían una mañana entre la hierba y luego se extinguían por la noche”. Pero ésta no, ésta era muy especial; hizo su aparición –“una mañana, exactamente a la hora de la salida del sol”- tras una elaborada preparación que la hizo mostrarse “con el pleno resplandor de su belleza”.

A la admiración inicial por la deslumbrante belleza y la magnífica apariencia de la flor, empieza a suceder el desconcierto: no se trataba de una rosa cualquiera, era una flor sumamente vanidosa: “-¡Qué hermosa eres!”, exclamó el muchacho. –“¿Verdad?, respondió la flor, y he nacido al mismo tiempo que el sol…”

Pero lo más notable de la aparición de esta persona/flor tan singular es que inicia su diálogo reclamando la atención del principito: le pide que la riegue, pues era la hora del desayuno. Más tarde le pedirá que le coloque un biombo, pues teme las corrientes de aire… -“Y por la noche me meterás bajo un globo. Aquí hace mucho frío”, añadirá. El principito empieza a desvivirse por atenderla hasta que, en un momento dado, descubre que la flor también le dice algunas mentiras para encumbrarse ante él. Por eso, “a pesar de la buena voluntad de su amor, empezó a dudar de ella”.

Al cabo del tiempo, el principito reconocerá que se dejó entonces llevar en su decepción por aspectos superficiales –las “espinas” de las rosas, esos defectos o errores que hallamos en las personas que están a nuestro lado- y no supo ir más allá, hasta la persona misma, para apreciar la grandeza del bien que ésta suponía:

“-No debí haberla escuchado; nunca hay que escuchar a las flores. Hay que mirarlas y aspirar su aroma. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no podía gozar con ello… No supe comprender nada entonces. Debí haberla juzgado  por sus actos y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡No debí haber huido jamás! Debí haber adivinado su ternura detrás de sus pobres astucias… Pero, termina diciendo- “yo era demasiado joven para saber amarla”.

Y es que un aspecto esencial del amor verdadero es el perdón: ese ponerse ante la persona que nos hizo daño o nos confundió, y decirle: “Tú me importas más que tus errores”. Porque es preciso llegar a amar en la rosa hasta la espina.


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