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Sólo se ve bien con el corazón

Leyendo El Principito de
A. SAINT-EXUPÈRY

Andrés Jiménez Abad

"CREAR LAZOS"

Nos adentramos en el capítulo nuclear de El principito, el capítulo XXI, fuente de referencias y claves para todo el libro.

Una vez en la tierra y habiendo llegado a la morada de los hombres en busca de un amigo, el muchacho se vino abajo cuando descubrió que en un solo jardín había más de 5.000 rosas, tan hermosas o más que la que había dejado en su planeta. Pensó que ésta no poseía tanto valor como él creía, ya que era sólo una flor entre miles, “una rosa ordinaria”. Sorprendentemente, su amor hacia ella no se había apagado, pero pensó que la flor que amaba no era diferente a las demás… Y entonces le sobrevino el llanto.

Pero he aquí que, de repente, se escucha una voz inesperada:

“-Buenos días”.

“-Buenos días”, respondió sorprendido el principito, que al principio no había visto bajo un manzano al zorro que le hablaba.

El niño, entonces, le manifiesta su necesidad más inmediata: “-Ven a jugar conmigo. ¡Estoy tan triste!…”

A lo que el zorro contestó: “-No puedo. No estoy domesticado”.

“-¿Qué significa “domesticar”?”

Pero el zorro no estaba dispuesto a contestar de inmediato, tal vez porque pensaba que se trataba de algo evidente. “-¿Qué buscas?, le contestó”.

“-Busco a los hombres”, le dirá el muchacho.

-“Los hombres cazan y crían gallinas, es su único interés”, contesta el zorro. “¿Buscas gallinas?”

Crear lazos

- No, dijo el principito. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?, insistió. Y entonces el zorro revelará al principito algo sumamente importante:

- Es una cosa ya olvidada, significa "crear lazos..."

- ¿Crear lazos?

- Efectivamente—dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos; y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

Y entonces se produjo la primera luz en el alma confusa del principito:

- Comienzo a comprender —dijo—. Hay una flor... creo que me ha domesticado...“

El principito, no lo olvidemos, se encontraba abrumado por una brutal decepción tras encontrar en un solo jardín de la Tierra cinco mil rosas tan hermosas o más que la que dejó en su planeta y que él creyó única en el universo. Pero el zorro acaba de mostrarle que a pesar de ello, su flor sigue siendo única.

¿Cuál es el secreto? Se encuentra en algo esencial, que el zorro llama “domesticar”:

“-Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos; y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...”

Domesticar, se nos dice, es “crear lazos”, vincularse. El vínculo al que aquí se refiere el libro no es otro que el amor de amistad, el amor de benevolencia, la entrega que busca el bien de la persona amada. Y este vínculo, que nos ata dulcemente a la persona del amigo o del amado, lo hace absolutamente único: muestra su singularidad y su valor incomparable. Es a través de este vínculo como se muestra la hondura y el valor profundo, único, de cada persona, y también de todo aquello que tiene que ver con ella.

Más aún. Los vínculos con los que otras personas se atan a nosotros, su aprobación hecha entrega y donación, hacen que descubramos el valor del que nosotros mismos somos portadores. Al haber sido elegidos no a la fuerza sino con libertad, al comprobar que alguien nos prefiere a otros, e incluso -oh maravilla- antes que a sí mismo -puesto que llega a anteponer nuestro bien al suyo propio y se sacrifica por él-, nos vemos obsequiados con el más grande de los regalos: nos descubrimos llenos de valor, hasta el punto de haber hecho exclamar a quien nos ama: “-Tú me importas; es bueno que existas, que estés en el mundo, y estoy dispuesto o dispuesta a ponerme a tu disposición para que crezcas, para que aumente tu bien, para lo que necesites; porque quiero tu bien incluso por encima del mío”.

Erich Fromm escribe que “el amor inmaduro dice: ‘Te amo porque te necesito’. Y el amor maduro responde: ‘¡Te necesito porque te amo’.”

Ser elegidos, preferidos, amados así, hace que el mundo y la vida se llenen de sol para nosotros, que todo tenga sentido, incluso las cosas que no nos son útiles. El ruido de los pasos de la persona amada ya no es una posible amenaza, se convierte en música. El trigo es para el zorro un recuerdo del amigo y se transforma, el trigo también, en algo importante y lleno de sentido; en objeto de amor.

“-Si me domesticas, mi vida se llenará de sol -dirá el zorro al principito. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, mira: ¿Ves allá los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo… ¡Por favor, domestícame!”

Cuando, tiempo después, el principito haya domesticado al zorro y tenga que separarse de él para regresar junto a su flor, éste se echará a llorar:

–No deseaba hacerte daño, dijo el principito, pero quisiste que te domesticara… –Si, dijo el zorro. –¡Pero vas a llorar! –Sí. –Entonces, no ganas nada. –Gano -dijo el zorro-, gano por el color del trigo.

Se nos está diciendo que el amor da sentido a todas las cosas, incluso a las lágrimas. Y que es necesario para que el mundo, y aquellos que nos aman o a quienes amamos, salgan del anonimato y de la indiferencia. Y que existen formas de valor que rebasan la utilidad.

¿Y qué hace falta para amar así?: –Tiempo, dedicación, paciencia. Las prisas y el utilitarismo son la muerte del amor humano y de la amistad. En un magnífico párrafo, se nos insiste en la necesidad de dedicar tiempo a la persona amada; y en el amor que profundiza en el ser amado haciendo posible el verdadero conocimiento: sólo se comprenden, sólo se conocen a fondo las cosas que se aman.

-Por favor, domestícame, dijo el zorro al principito.

-Bien lo quisiera, respondió el principito, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.

-Sólo se conocen las cosas que se domestican –dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo ¡domestícame!

-¿Qué hay que hacer? –dijo el principito.

-Hay que ser muy paciente…

Para crear lazos hace falta tiempo, paciencia, respeto, entrega.

…Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…

Es preciso respetar el ritmo y el espacio que la otra persona necesita. No debemos invadir su intimidad de forma precipitada o abusiva. El amor no es forzado. Para amar primero es necesario el respeto.

Y jalonando, educando y expresando este respeto, aparecen los ritos, esos gestos simbólicos, que hacen diferentes y especiales los momentos, los lugares, la actividad a través de la que discurre la vida y la relación entre las personas: un aniversario, un modo respetuoso y cuidado de hacer las cosas, un gesto de deferencia, una celebración festiva… El rito salvaguarda el valor y el sentido de las cosas y de los acontecimientos importantes que tienen que ver con las personas que amamos. Señala el significado especial que tienen las cosas importantes de nuestra vida. Y por ello mismo un rito no puede separarse de la vida, que es la que le da contenido.

—Hubiera sido mejor —dijo el zorro— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así el precio de la felicidad. Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

—¿Qué es un rito? —inquirió el principito.

—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

Y llegamos al momento final de este encuentro de amistad con el zorro, ese maestro sabio que enseñará al principito a mirar más allá de las apariencias y de la utilidad. Que le muestra, desde una amistad vivida honda y respetuosamente, que existe una fuente de sentido que hace nuevo y único aquello y a aquellos a quienes amamos.

Es entonces cuando el zorro dice al principito:

—Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver las rosas:

—No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún –les dijo. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Y las rosas se sintieron molestas.

—Sois bellas, pero estáis vacías –les dijo todavía-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, porque es ella a la que yo he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el biombo, porque es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Porque ella es mi rosa.

Y volvió con el zorro.

—Adiós —le dijo.

—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, es muy simple: sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible para los ojos.

—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.

—Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

—Es el tiempo que yo he perdido con ella... —repitió el principito para recordarlo.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...

—Soy responsable de mi rosa... —repitió el principito a fin de recordarlo.

Ojos para ver lo esencial, los ojos del corazón. Ojos para comprender. La mirada interior de quien ama con un amor clarividente, un amor que no es ciego, ve más allá de las apariencias, del placer y del sufrimiento, de la utilidad o la inutilidad, de las ganas y las desganas.

Más allá de la belleza externa –“sois hermosas, pero estáis vacías”-, se descubre la belleza interior y el valor magnífico del ser amado, de quien es nuestro tiempo y nuestra vida. El tiempo que es vida. –“El tiempo que perdiste por tu rosa hace que sea tan importante… eres responsable para siempre de lo que has domesticado.”

Los vínculos del amor de benevolencia, de auténtica amistad, hacen que no podamos concebir nuestra vida –esa vida que se ha hecho don- sin la persona amada, sin esa responsabilidad por su bien que da sentido a nuestro trabajo, a nuestro afecto, a nuestra alegría, a nuestras lágrimas. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos.

Y esa entrega es la que hace nuevas y únicas todas las cosas. Hasta el color del trigo.


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