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Sólo se ve bien con el corazón

Leyendo El Principito de
A. SAINT-EXUPÈRY

Andrés Jiménez Abad

EL VALOR DEL TIEMPO

Quien ha comprendido el valor del tiempo que se entrega para el bien de aquellos a quienes se ama, descubre que el tiempo es vida; y quien dedica, quien da su tiempo a otro por amor, ama. Y entonces este amor da sentido a todas las cosas: "Si me domesticas, mi vida se llenará de sol", le había dicho el zorro al principito. "El tiempo que perdiste por tu rosa hace que ella sea tan importante". Dar mi tiempo es darme, dar mi vida durante ese tiempo.

Pero, por desgracia, en la Tierra, en nuestro mundo, se ignora a menudo el valor del tiempo que se dedica a otros, que se hace don. El muchacho se había excusado al principio ante el zorro, para no domesticarlo, diciendo que no tenía mucho tiempo porque tenía que encontrar amigos y conocer muchas cosas. Y sin embargo era precisamente esto lo importante: "Sólo se conocen las cosas que se domestican", sólo se conocen las cosas que se aman..., le contesta el zorro. Y eso, conocer a fondo, comprender, requiere precisamente tiempo.

Tiempo y paciencia: "Los hombres, observó el zorro, ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!" "-¿Qué hay que hacer?", preguntó el principito; a lo que el zorro contestó: "-Hay que ser muy paciente". Es preciso ir poco a poco, adaptarse sin prisas al ser y al estar del otro, hasta llegar -en el caso de ir a lo más profundo- a instalar la propia plenitud en la plenitud del otro, poniendo la propia vida a su servicio.

Escribía el Papa Benedicto XVI: “No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. (...) El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido –cualquier ser humano- necesita: una entrañable atención personal.” (Deus caritas est) Y esa atención personal supone tiempo, delicadeza, dedicación.

Tras su encuentro con el zorro, el principito va a tener dos breves pero elocuentes encuentros. Y ambos tienen que ver con el tiempo.

El primero es con un guardaagujas (Cap. XXII) que clasifica a los viajeros "por paquetes de mil"; masas y grandes concentraciones de gentes que circulan por la vida a toda prisa, sin paz y que no dan paz. Que no están contentos en ninguna parte. "A veces, escribía Viktor Frankl, se tiene la impresión de que algunas personas caminan cada vez más y más de prisa con el fin de no plantearse si van en realidad a alguna parte". Fascinados por la eficiencia acerca de los medios, hemos olvidado cuáles son los fines que de verdad merecen la pena en la vida. En realidad "no persiguen -no perseguimos- absolutamente nada".

Los hombres -las "personas mayores", como se les llama en el libro- que van tan deprisa, no tienen tiempo para contemplar, para pensar, para apreciar el valor de los otros y para ponerse en su lugar. (¿Se puede amar así; se puede educar así; se puede cuidar así...?) "Sólo los niños saben lo que buscan", dirá el principito. No se refiere en realidad a los niños de corta edad, sino a quienes saben comprender, a los que tienen una mirada profunda y limpia, desinteresada y no utilitarista. A los que saben "ver con el corazón".

El segundo encuentro (cap. XXIII) lo tiene el principito con un "mercader de píldoras perfeccionadas que aplacan la sed". "Se toma una por semana -se nos dice- y no se siente ya la necesidad de beber... Es una gran economía de tiempo".

Y se apostilla con ironía: "Los expertos aseguran que se ahorran 53 minutos por semana."

"-¿Y qué se hace con esos 53 minutos?", pregunta el principito. "-Se hace lo que se quiere", contesta el mercader.

Lo queremos todo ya mismo. Es el inmediatismo de querer tener aquí y ahora lo que nos apetece, o lo que les apetece a otros. Para esta mentalidad "el tiempo es oro", un capital que se agota al emplearlo, que ha de invertirse de forma rentable y no debe desperdiciarse en cosas que no sean útiles. Se trata aparentemente de "ganar tiempo" produciendo más, de tener más y más cosas y vivir deprisa... pero sin saber a dónde se va. Y esta es precisamente la definición del sinsentido, de una vida absurda, sin metas, sin ideales, sin nadie para quien vivir... Y es que las prisas matan el amor, nos hacen superficiales.

Frente a esa forma de vivir, para la que el tiempo es oro, productividad a ultranza, agendas repletas -incluso las de los niños más pequeños-, en la que el "ser" deja de tener importancia y ha sido desplazado por el "hacer", existe otra manera de ver y de apreciar la vida. Se trata de descubrir el tesoro que existe en cada instante, el único real, por otra parte, aunque efímero. "Saber" viene etimológicamente de "saborear", de pararse a apreciar el "sabor", la belleza y la singularidad de cada cosa -y de cada persona-, de dedicarle atención. De dejarla ser lo que es y captar su trascendencia, como una nota necesaria y única en la gran sinfonía de la creación.

El valor del tiempo

"-Yo, se dijo el principito, ante los argumentos del comerciante, si tuviera 53 minutos para gastar, caminaría muy suavemente hacia una fuente..."

Se trata, en fin, de caer en la cuenta, como el principito había descubierto gracias a su amistad con el zorro, de que el tiempo es vida, donación de sí, ocasión de obrar amando. Es una forma de darse sin perderse y una fuente de valor: "El tiempo que perdiste por tu flor es lo que la hace tan importante".

Este tiempo que es vida consciente y convertida en don, no tiene "precio" sino "valor". El amor que da valor a todas las cosas también redime el tiempo. Santa Teresa de Calcuta decía que "el valor de nuestras acciones no está en su cantidad, su magnitud o su espectacularidad, sino en el amor que ponemos al realizarlas". Pero el amor no sabe de prisas, lo que busca es permanecer.


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