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Sólo se ve bien con el corazón

Leyendo El Principito de
A. SAINT-EXUPÈRY

Andrés Jiménez Abad

LA MARCHA A TRAVÉS DEL DESIERTO

En el capítulo XXIV de El principito se reanuda la narración del encuentro entre el muchacho y el aviador-cronista de nuestra historia.

Hasta ahora se nos venían contando las andanzas del principito por varios planetas y la Tierra. Las claves de sentido que hemos visto aparecer a lo largo de las mismas serán aplicadas a la difícil situación en la que se hallaba nuestro aviador, que sólo disponía de agua para ocho días... Y he aquí que esta provisión se había terminado.

El aviador pensaba que el accidente de su avión, la caída en el desierto y su desesperada situación sólo admitían una solución posible: sobrevivir a toda costa. Sin embargo, poco a poco se nos ha ido insinuando que la avería era en realidad una situación de crisis, tras una existencia gris y sobre todo carente de sentido. Recordemos cómo la describió al principio de la narración el propio piloto: "Viví así, solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente". Ni un trabajo bello y bien considerado, ni una vida social entre las "personas mayores" han llenado su vida; por el contrario, han terminado por dejarle en una situación desesperada: "era cuestión de vida o muerte", llegó a decir también.

Y, ahora, la sed -una sed de sentido, no lo olvidemos-, la soledad en medio del desierto -un desierto que puede ser la vida entre la gente que le rodea en su ciudad, en su trabajo o en su misma familia- y la urgencia, hacen la situación insostenible y crítica. "-Todavía no he reparado mi avión, no tengo nada para beber..."

La muerte parece esperarles tras las dunas y, no obstante, el principito exclama: "-Es bueno haber tenido un amigo aun si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro". El aviador, sorprendido, no puede sino reflexionar: "No mide el peligro. Jamás tiene hambre ni sed. Un poco de sol le basta". Precisamente, tiempo atrás el zorro le había confiado al muchacho: "Si me domesticas, mi vida se llenará de sol"... Y es que al principito no le importaba tanto la vida como el sentido de la vida. No le angustia el acabamiento de su vida, sino el "fin", la meta, el para qué, lo que le da sentido: la amistad del zorro, el amor por su rosa. El aviador empieza a barruntar el motivo de su sed, en qué puede consistir realmente la avería en su motor.

Pero aún será preciso caminar hacia una fuente, encontrar un pozo a la desesperada, en alguna parte: "Es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo -dirá el narrador-, nos pusimos en marcha". Caminando durante horas en silencio entre las arenas, "cayó la noche"; y sin embargo, aturdido por la fiebre, el piloto verá también que "las estrellas comenzaron a brillar"...

"-¿También tú tienes sed?, le pregunta al niño. Y éste responde: "-El agua puede también ser buena para el corazón". No comprendí, confiesa el aviador. La fatiga, el duro caminar y el agotamiento les hace sentarse. Y entonces el principito exclamó: "-Las estrellas son bellas, por una flor que no se ve... Y el desierto también es bello. Lo que embellece al desierto es que esconde un pozo en alguna parte..."

En ese momento el propio aviador repara en que el desierto, ese lugar donde están a punto de morir, esconde un misterio, algo que resplandece en el silencio, como le pasó en su infancia en aquella casa en la que dicen que se escondía un tesoro que nadie llegó a encontrar nunca, pero que encantaba toda la casa: "Mi casa guardaba un secreto en el fondo de su corazón". Lo mismo que las estrellas y el desierto: "lo que los embellece es invisible." Y es que existe en todas las cosas una misteriosa fuente de sentido; pero sólo una mirada conducida por el amor y la amistad es capaz de descubrirla. Pero esto significa dejar de pensar en uno mismo y en el propio interés; en salir de sí para buscar el bien de aquellos que nos han "domesticado", aquellos de cuyo bien nos hemos descubierto responsables.

Y es entonces cuando el principito se transfigura ante la presencia del aviador:

"Como se durmiera, lo tomé en mis brazos y volví a ponerme en camino. Estaba emocionado. Me parecía cargar con un frágil tesoro. Me parecía también que no había nada más frágil sobre la Tierra... Y me dije: 'lo que veo aquí, es sólo una corteza. Lo más importante es invisible... Lo que me emociona tanto en este principito dormido es su fidelidad por una flor, es la imagen de una rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara... Y lo sentí más frágil todavía."

La vida del pequeño príncipe y la del aviador perdido se entrelazan en medio del desierto. Su penosa marcha, apoyada tan sólo en su amistad, hace que el desierto en que a veces se convierte una vida, se transfigure y se llene de trascendencia porque, a pesar de todo, encierra un manantial de sentido. Pero el sentido de las cosas, de los acontecimientos y de la vida sólo se descubren por medio de una mirada que nace del corazón, por la clarividente mirada de quien ama -"sólo se conocen las cosas que se domestican", había dicho el zorro-, por la aceptación asombrada de misterio que envuelve a cada cosa. El verdadero amor no es ciego, sino clarividente; es capaz de penetrar más al fondo, de atravesar las apariencias y contemplar el bien que es la persona amada.

Con la amistad, con el amor que ve lo profundo de la persona y descubre en ella otra forma de valor más allá de la mera utilidad, aparece el vínculo: "domesticar, crear lazos". Lo que hace posible, -son palabras del propio Saint-Exupéry en su libo "Ciudadela"-, "salvar el nudo invisible que convierte aquellas cosas -la rosa, el campo de trigo, la catedral- en dominio, patria, rostro familiar”. 

Y así, en medio de este fatigado caminar cuidando del joven amigo, tiene lugar el acontecimiento, la iluminación: "descubrí el pozo al nacer el día". Sí, precisamente, es entonces cuando nació el día; cuando la noche empezó a quedar atrás. Y en medio del desierto aparece un pozo de agua, de un agua que es buena para el corazón.


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