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¿Qué hace aquí Don Quijote?

Una aproximación a su lectura

SANTIAGO ARELLANO HERNÁNDEZ

7. NO ES BIEN QUE MI FLAQUEZA DEFRAUDE ESTA VERDAD

La derrota de Don Quijote en las playas de Barcelona constituye uno de los pasajes más melancólico de la obra. Lo hemos visto, en otras hazañas, apaleado, descalabrado, maltrecho, incluso golpeado por su fiel amigo Sancho, pero nunca abatido. En medio de las mayores calamidades volvía a erguirse, con el ánimo dispuesto para proseguir en el audaz empeño. Nada le amilana, convencido de que sus arreos son las armas y su descanso el pelear, “que buen caballero era”.

El capítulo LXIV de la segunda parte es un prodigio. Aquella mañana luminosa, en modo alguno hacía presagiar que le iba a traer la aventura que más pesadumbre dio a Don Quijote, como anuncia el narrador en el título. Es en las playas de Barcelona donde se estrella para siempre el ardor y fe en la Caballería Andante, como al estallar por los aires Clavileño quedó malparada la fantasía.

Bien sabe de la necesidad de la Caballería como noble profesión en tiempos en que el medrar y el ir cada uno a lo suyo se han convertido en modo común como la falsa moneda. Antes de la derrota que le infringe el Caballero de La Blanca Luna, está dispuesto a ir a Berbería para liberar al renegado Don Antonio, con la oposición prudente e irónica de Sancho. “Advierta vuesa merced -dijo Sancho, oyendo esto- que el señor don Gaiferos sacó a sus esposa de tierra firme y la llevó a Francia por tierra firme; pero aquí, si acaso sacamos a don Gregorio, no tenemos por dónde traerle a España, pues está la mar en medio.

- Para todo hay remedio, si no es para la muerte -respondió don Quijote-; pues, llegando el barco a la marina, nos podremos embarcar en él, aunque todo el mundo lo impida.

- Muy bien lo pinta y facilita vuestra merced -dijo Sancho-, pero del dicho al hecho hay gran trecho”

Con esta disposición de ánimo se encontraba nuestro héroe. La aventura propuesta ya no surge de la ficción sino de la realidad histórica. Que se lo cuenten si no al excautivo Don Miguel. Aventura tan necesaria que, a pesar de su próxima derrota, estaría dispuesto a emprender él solo tamaña aventura, sin tener en cuenta la desmesura. En el capítulo siguiente, ya derrotado, al recibir noticias de don Gregorio y el renegado, nos cuenta el narrador:

“Alegróse algún tanto don Quijote, y dijo: ojalá hubiera sucedido todo al revés, porque me obligara a pasar en Berbería, donde con la fuerza de mi brazo diera libertad no sólo a don Gregorio, sino a cuantos cristianos cautivos hay en Berbería. Pero, ¿qué digo, miserable? ¿No soy yo el vencido? … Pues, ¿qué prometo? ¿De qué me alabo, si antes me conviene usar de la rueca que de la espada?”.

Qué bien lo comprendió el recio poeta castellano León Felipe y lo recreó en su poema Vencidos, expresión vigorosa de la tristeza de todos los derrotados del mundo:

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...
Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,
y va ocioso el caballero, sin peto y sin espaldar...
va cargado de amargura...
que allá encontró sepultura
su amoroso batallar...
va cargado de amargura...
que allá «quedó su ventura»
en la playa de Barcino, frente al mar...
Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...
va cargado de amargura...
va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.
Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura
en horas de desaliento así te miro pasar...
y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura
caballero derrotado,
hazme un sitio en tu montura
que yo también voy cargado
de amargura
y no puedo batallar.
Ponme a la grupa contigo,
caballero del honor,
ponme a la grupa contigo
y llévame a ser contigo
pastor.
Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...


Don Quijote se sorprendió del caballero desconocido y de su arrogancia, y “con reposo y ademán severo le respondió:

- Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazañas hasta agora no han llegado a mi noticia, yo osaré jurar que jamás habéis visto a la ilustre Dulcinea; que si visto la hubiérades, yo sé que procurárades no poneros en esta demanda, porque su vista os desengañara de que no ha habido ni puede haber belleza que con la suya comparar se pueda; y así, no diciéndoos que mentís, sino que no acertáis en lo propuesto, con las condiciones que habéis referido, acepto vuestro desafío.”

Don Quijote acepta el desafío y sus condiciones, tan seguro estaba de la victoria. Matizará con prudencia que cada uno asuma la fama de sus obras y no la de los demás. Sobre todo si son desconocidas. Lo significativo es que ha asumido las condiciones del combate. Bien habla de su sensatez, la distinción entre hablar engañado y mentir. Quita hierro, pero, como dice el Visorrey no hay modo de impedir el combate: “-Señores caballeros, si aquí no hay otro remedio sino confesar o morir, y el señor don Quijote está en sus trece y vuestra merced el de la Blanca Luna en sus catorce, a la mano de Dios, y dense.”

Si tuviese que elegir un único pasaje como paradigma de la magnanimidad y grandeza de nuestro inmortal caballero me quedaría con el fragmento que escribe Cervantes tras ser derribado de Rocinante.

Lo sublime aparece en el momento en que, debiendo cumplir las condiciones acordadas, debiendo proclamar todo lo asumido antes del combate, se niega a dar cumplimiento, tras la derrota. La fuerza dramática de la escena no puede ser más sobrecogedora. Don Quijote, el caballero que sabe lo que significa la palabra dada, no la cumple.

“Fue luego sobre él, y poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo.

- Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafío.”

El estado físico de nuestro héroe es deplorable y hasta lastimoso.

“Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma,”. Nuestro héroe se encuentra en el más deplorable estado físico. Precisamente por eso su mensaje y lección es más conmovedora y universal.

Don Quijote proclamó:

“- Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra”. Nunca nuestras flaquezas pueden ir en detrimento de la verdad, en todo caso se pondrá en juego nuestra vida, pues se ha puesto en entredicho nuestra honra.

No hay excusa posible. Don Miguel que harto sabía de ello, para levantar ánimos abatidos, sentimientos de pequeñez y fragilidad frente a la grandeza de vocaciones y compromisos superiores a nuestras fuerzas, para que nadie pueda no tener modelo ni quedar excusado puso en boca del sublime caballero: “-Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad.”

Aquí ya no hay juego. Por encima de las convenciones, la verdad. Don Quijote deja de cumplir las reglas del Caballero Andante, pero se transforma en el Caballero del Honor, en el Caballero de la Verdad. Con sola la frase “y no es bien que mi flaqueza defraude la verdad” se alza en paradigma de humanidad y señorío. Por algo será que Don Quijote es nuestra obra universal.


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