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¿Qué hace aquí Don Quijote?

Una aproximación a su lectura

SANTIAGO ARELLANO HERNÁNDEZ

6. ALGO MÁS QUE ALUCINACIÓN LA AVENTURA DE LOS MOLINOS

Es sin duda una  de las aventuras más conocidas  universalmente y quizás la que más  ha contribuido a divulgar la peculiaridad de la locura de nuestro héroe. Este es el encabezado que escribió Cervantes como título.: “Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento…”. Vaya por Dios. Efectivamente Don Quijote en esta aventura confundió la realidad con sus fantasías. Oigamos sus palabras:

“- ¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.

- Aquellos que allí ves -respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

- Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

- Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes bien iba diciendo en voces altas:

- Non fuyades, cobardes y viles criaturas; que un solo caballero es el que os acomete.

Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:

- Pues, aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y, en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y, dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.

.../...

- Calla, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.” Primera parte, Capítulo VIII.

A primera vista nos encontramos ante un caso de alucinación. La imaginación del Caballero vio realmente transformados los molinos en gigantes “-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que … no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?” Pero los molinos, por más que se empeñe Don Quijote, ni han sido gigantes, ni nunca lo serán; sino molinos de viento.

Múltiples han sido los intentos que se han  propuesto para desvelar el sentido de  tan desaforada aventura.

Sancho se  queda en la clasificación como “representante del realismo filosófico” por admitir sin vacilación el conocimiento conseguido a través de los sentidos. ¿Qué representa Don Quijote en este suceso? ¿Simplemente  un loco fantasioso que identifica la realidad con sus ensueños?  Pues entonces soltemos la risa ante tamaño disparate y  mañana paz y después gloria. Pero, ¡ojo! Que la  locura de Don Quijote consiste en  que se toma en serio los libros  para definir y delimitar la realidad. Don Quijote llegará a alegar que no pueden ser mentira obras que tienen el visto bueno del Rey.

Ante tal obcecación no es extraño que nuestro primer juicio sea el de tacharlo de loco, además de temerario. ¿Quién puede poner en duda que los molinos de viento son molinos y que cualquier confusión con fantásticos gigantes sólo puede ser fruto de una alucinación o enajenamiento mental?

Don Quijote de La Mancha, Cervantes
Sólo desde esta bondad ontológica se puede comprender la raíz de su aventura y de su arriesgada itinerancia, hasta la locura. El mundo está colmado de injusticias, huérfanos desamparados y viudas, maleantes, entuertos y malandrines, encantadores maléficos. Alguien tendrá que poner remedio a tanto desafuero. Su ideal no puede ser más noble y plausible: restablecer la justicia entre los hombres

Quiero recordar, sin embargo, que,  unos treinta años más tarde, Descartes en su obra “El Método” pondrá en duda la validez del conocimiento a través de los sentidos e inicia nada menos que la corriente  filosófica conocida con el nombre de idealismo, de la que todavía  no hemos salido. Años más tarde Hegel pronunció aquella demoledora sentencia ante la pregunta planteada por un discípulo ¿Y si lo pensado contradice la realidad? Pues peor para la realidad”. Los gigantes lo son contra la evidencia de los molinos. Creo que ni Don Quijote ni, en modo alguno, Cervantes hubieran estado de acuerdo.

Descartes identifica el ser con el pensar, porque la realidad directa se puede escapar a nuestro conocimiento. Nuestros sentidos nos pueden engañar. No digo que el comportamiento de Don Quijote sea una burla, “avant la letre” de los idealismos  cartesianos. Cervantes está criticando determinadas actitudes humanas empecinadas en convertir lo no evidente en una  realidad indiscutible, sin más aval que el del empeño y el de la voluntad. De paso pone en tela de juicio la validez de las aventuras de la novela de caballerías, contribuyendo a su descrédito, aunque nunca, al de sus ideales.

Si así fuera  Don Quijote, en vez de loco se nos convierte en precursor de este modo de acercarse al conocimiento de la realidad, con toda la jocosidad e ironía que se quiera. Obsérvese que todo el fragmento se sustenta en la contraposición entre ver y parecer. Dos palabras claves de nuestra cultura moderna y contemporánea.

Me sorprenden los dos argumentos que emplea Don Quijote para contrarrestar la evidencia de Sancho.  Sancho desfigura la realidad porque tiene miedo; y por no estar cursado  en esto de las aventuras. Las dos razones son dignas de tenerse en cuenta. Efectivamente, las vivencias subjetivas pueden perturbar nuestras facultades y convertir su resultado en mirada parcial. Por otra parte es verdadero que al contemplar cualquier realidad, ve más quien sabe más.

Sorprende  Sancho por la actitud de enorme respeto y consideración con el amo. Pudo acudir al improperio, pero no lo hizo. Parte de la observación de semejanza para afirmar la identidad.  “aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento”.

Si sólo fuera un juego que con sus disparates nos provoca la risa, me parecería algo legítimo dentro de la finalidad del arte que es también divertir y entretener. Pero cuando repaso la historia de los siglos recientes y recuerdo los estragos causados a la humanidad por guerras, locales o mundiales que han impuesto, en sus inmensas ambiciones, gigantes de ensueño a costa de la vida de incontables seres humanos, me estremezco. Siguen resonando en mis oídos las palabras de Don Quijote: “cuanto más, que yo pienso, y es así verdad”

Erre que erre seguimos cometiendo los mismos errores. Don Quijote no corrige su desastrosa confusión.

¿El doloroso choque con la realidad no le hará caer en la cuenta de que la desmesura de los gigantes no es medida humana? ¿No se le desprenderán las escamas de los ojos? Ni a Don Quijote ni al mundo moderno y contemporáneo. Son siempre los encantadores como vemos cada día. Siempre está detrás Frestón.

No puedo en este tiempo breve detenerme en las diversas aventuras que se van hilando y entretejiendo en esta novela de camino, no lo olvidéis la misma estructura narrativa que las novelas picarescas. ¿No es hilarante ver a Sancho descompuesto de miedo ante el estruendoso ruido que proviene de los batanes hasta que Don Quijote que no ha descendido de su rocinante, percibe un desagradable olor que le obligue a exclamar, huele y no a ambar y cuando escuchamos las escusas de Sancho  sentencia irrevocablemente: Sancho, más vale no meneallo? ¿No es conmovedora la súplica de la Dueña Rodrigo para que salga en defensa de su hija engañada con una falsa palabra de matrimonio? ¿Hay algún diálogo más provechoso que el que mantiene Don Quijote con el Caballero del verde gabán? O más divertidos que los que mantiene  con Sancho?

Recordemos este consejo que le da a Don Diego de Miranda: “- Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso;” 2ª Parte cap. XVI.

Voy a resaltar el pasaje que para mí constituye el más sublime de la literatura universal.


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