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¿Qué hace aquí Don Quijote?

Una aproximación a su lectura

SANTIAGO ARELLANO HERNÁNDEZ

8. DON QUIJOTE Y ALONSO QUIJANO ANTE LA MUERTE

Don Quijote muere por la renuncia de Alonso Quijano a continuar representando ese papel: “Ya no soy Don Quijote” Soy Alonso Quijano el Bueno. Ese “ya” dicen los expertos salva la existencia del Caballero. De lo contrario no hubiera tenido soporte humano que lo encarnara nunca.

Quien va a morir, por ser un hombre como cualquiera, es el Hidalgo de no sabemos qué aldea de la Mancha. Un hombre bueno que creyó en la acción para poner remedio a tantos males. Ese pasaje es apasionante. Nos encontramos ante una distinción luminosa entre los conceptos de persona y personalidad. Alonso Quijano Hidalgo, levantado en su ser sobre su bondad pudo haber desarrollado diversas personalidades. Lo hizo con la de caballero pero en el último instante de su vida se arrepintió de ella. Pudo haber sido un pastor bucólico o un pícaro o un ermitaño. Curiosamente coinciden con corrientes literarias de la época.

Los géneros narrativos de su tiempo están presentados como estilos de vida: El mundo pastoril como evasión; el mundo caballeresco como compromiso, aunque equivocado; el mundo picaresco como el irse con la moda por el camino de la corrupción. Aparece de manera inequívoca el camino que no quiso seguir el mundo occidental, el de la vida interior.

Frente a la contienda de civilizaciones antagónicas Alonso Quijano optó por el campo de los grandes valores e ideales del espíritu, convertido en Don Quijote, pero su espada y empresa quedaron derrotadas. El mundo del tener y de la búsqueda a cualquier precio de riquezas y placeres parecía imponerse. Contra este mundo es inútil la espada de los caballeros. Así lo entendió al final Alonso Quijano.

Ante esta realidad y tras tan doloroso desengaño final ¿Qué actitud adoptar? La más elemental es la de la evasión. A ello le tientan Sansón Carrasco y Sancho y hasta el propio Don Quijote había manifestado alguna veleidad. Como le dice Sansón Carrasco “vayámonos al monte, vistámonos de pastores que tras cualquier mata puede aparecer desencantada Doña Dulcinea y no habrá más que ver” Lo que a juicio del bachiller les permitirá una vida regalada y cómoda: “viviremos como príncipes”. A Don Alonso le hubiera dejado desazonado y vacío.

¿Qué otra opción cabía? Don Alonso lo tiene claro: “ojalá hubiese dedicado mi vida a la lectura de libros que hubieran hecho bien a mi alma”. Su afirmación pone en sobresalto a sobrina, Sancho y Sansón: “¿Qué nuevas locuras son esas?. Déjese de cuentos. ¿No irá ahora a hacerse ermitaño” Cervantes señala, como alternativa, otro camino: la aventura teresiana del hacia dentro.

Alonso Quijano fue un hidalgo de la España de su tiempo. Salió a la contienda como Caballero y lo conocemos como Don Quijote. Pudo haber sido pastor de una Arcadia imaginada y lo hubiéramos llamado Don Quijotiz. Al final lamenta no haber seguido el camino olvidado de la mística, quizás lo hubiéramos conocido como un ermitaño santo.

Su muerte es ejemplar. La misma que un año más tarde vivirá en persona Don Miguel de Cervantes. Aprender a bien morir era una preocupación de aquellos hombres y mujeres. Se editaron manuales que a ello preparaban. Alonso Quijano lo hizo así:

“- Los de hasta aquí -replicó don Quijote-, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así, suplico que, en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano.

- Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.

Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque, verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían.

Y, volviéndose a Sancho, le dijo:

- Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

- ¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

- Así es -dijo Sansón-, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos casos.

- Señores -dijo don Quijote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano.


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