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Nuestros orígenes

José Ramón Ayllón

José Ramón Ayllón

¡Quién, quién, naturaleza,
levantando tu gran cuerpo desnudo,
como las piedras, cuando niños,
se encontrara debajo
tu secreto pequeño e infinito!

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Cuando tomo en mis manos un fósil, por ejemplo un trilobites –hay aquí, en las canteras al pie de la alcazaba, ejemplares magníficamente conservados-, siento la impresión de una armonía matemática. Aparecen, fundidas, unidas sin fisuras, como en una medalla grabada por la mano de un maestro, la finalidad y la belleza, frescas como el primer día. ¿Cuántos millones de años han pasado desde que este ser animaba un mar que ya no existe? Sostengo en mi mano su figura, un sello de belleza imperecedera. También este sello se descompondrá un día o se fundirá en futuros incendios cósmicos. Pero la matriz que le dio forma permanece oculta en la ley y actúa desde ella, fuera del alcance de la muerte y del fuego.

Nuestros orígenes
La teoría de Darwin no plantea ningún problema teológico. La evolución transcurre en el tiempo; la creación, por el contrario, es su presupuesto. Si se crea un mundo, con él se proporciona también la evolución: se extiende la alfombra y ésta echa a rodar con sus dibujos.

1. Un Big Bang biológico

La aparición de la vida, seguida de la diversificación de las especies hasta el inverosímil Homo sapiens, es un fenómeno complejísimo, imposible si nuestro Universo no fuera muy especial.

La ciencia nos dice que todo empezó hace 14.000 millones de años (Ma). Suponemos que explotó una condensación de energía de una pequeñez inimaginable: miles y miles y miles de millones de veces más pequeña que el núcleo de un átomo. Por tanto, creemos que toda la inmensidad del cosmos estuvo comprimida en un punto que, bajo la apariencia de la nada, de una chispa en el vacío, contenía una energía descomunal.

Tres minutos más tarde, en el tiempo que tardamos en hacer un bocadillo, ya teníamos un Universo con el 98 % de toda la materia actual, con una anchura de 100.000 millones de años luz.

Mucho después apareció la Tierra, en el suburbio de una galaxia entre otras 140.000 millones de galaxias.

La embestida constante de grandes meteoritos provocó un enorme calor en la superficie de nuestro planeta. Uno de ellos, del tamaño de Marte, desprendió la masa de corteza terrestre que dio lugar a la Luna. Por fin, después de 1.000 millones de años la situación se apacigua, los meteoritos son frenados por una atmósfera muy espesa, la actividad volcánica se reduce, la corteza terrestre se enfría... Y, entonces, en las sombrías aguas que recubren su superficie, surgen ínfimas y extrañas criaturas, nuestros antepasados más remotos: las bacterias.

Esos primeros seres unicelulares y procariotas (sin núcleo) aparecen hace 4.000 Ma y son el origen de la evolución, de la explosión de incontables formas de vida, de un auténtico Big Bang biológico.

Hoy tenemos catalogadas cerca de 2.000 millones de especies vivas, estimamos que hay 8.000 millones más, y suponemos que el 99% de las especies que han vivido en la Tierra han desaparecido sin dejar descendencia.

¿Cómo empezó esa explosión de vida? “De todos los misterios de la ciencia, quizá el origen de la vida sea el más importante y el más difícil, sin solución a la vista”. Son palabras del bioquímico Franklin Harold, en su libro The way of the cell. ¿Por qué esa dificultad? Porque “se pretende descubrir algo que sucedió en un pasado extraordinariamente remoto, en circunstancias difícilmente imaginables. Por eso, conviene repetir que sabemos muy poco con certeza”.

En cualquier caso, suponemos que la vida surgió una sola vez, pues desde su origen está constituida por los mismos “ladrillos”: aminoácidos y nucleótidos, dos tipos de compuestos unidos respectivamente en larguísimas cadenas de proteínas y ácidos nucleicos (ADN).

Los ácidos nucleicos (ADN) almacenan información genética y la transmiten a las proteínas, que se encargan de las reacciones bioquímicas propias del ser vivo. Pero la existencia de ambos compuestos plantea un problema que parece insoluble, pues no puede haber proteínas si no hay previamente ADN, ni ADN sin la existencia previa de proteínas.


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