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Nuestros orígenes

José Ramón Ayllón

José Ramón Ayllón

4. Un programa llamado alma

La biología molecular nos dice que el cuerpo de un mamífero está compuesto por billones de células, y en cada célula encontramos millones de moléculas. Si hubiera que levantar ese rascacielos biológico ensamblando una molécula por segundo, sería necesario hacer trabajar en paralelo a billones de empresas constructoras durante muchos miles de años. Por eso se puede afirmar que un embrión, al desplegar tal actividad en el tiempo récord de semanas o meses, es un portentoso arquitecto.

Una larga tradición filosófica argumenta que el trabajo, simultáneo y coordinado, de esos billones de factorías monocelulares, sólo es posible si hay un "centro de control" que sincronice desde el principio todas las factorías, retenga en su memoria lo que han hecho, y sepa lo que todavía queda por hacer. De lo contrario, todo el proceso vital surgiría caótico y sería abortado en su mismo inicio.

“Sólo necesité preguntarle si no sería el amor a la verdad algo anímico, y si él creía que cosas como el amor a la verdad podían hacerse visibles por vía microscópica. Aquel muchacho comprendió que lo invisible, lo anímico, no puede encontrarse mediante el microscopio, pero que es un presupuesto para trabajar con el microscopio”

Pero se trata de un programa que no conseguimos atrapar en fórmulas ni se deja copiar: el programa de la vida. Ningún doctorado honoris causa, ningún premio Nobel sería suficiente para premiar su descubrimiento. Aristóteles lo intentó y llegó quizá hasta el fondo, pero sólo para comprobar que en el fondo reinaba la oscuridad. Y tuvo que concluir, después de su buceo exhaustivo por las profundidades del problema, que de la causa de la vida sólo conocemos sus efectos: por ella "vivimos, sentimos, nos movemos y entendemos los hombres". ¿De dónde viene esa causa? No de la materia, sino "de fuera", reconoció el filósofo. Eso es todo.

En el inicio del tercer milenio seguimos pensando lo mismo, a pesar de los intentos constantes por salir del atasco. Pasan los años y la Naturaleza sigue guardando celosamente el secreto del programa con el que hace vivir a sus criaturas. Nosotros sólo hemos sido capaces de dar a dicho programa un nombre poético: alma.

En todo ser vivo, el aludido "centro de control" unifica los muchísimos millones de programas que trabajan en equipo. Desde la Grecia clásica, a ese principio activo se le ha llamado psique (anima en latín, alma en castellano). Y, como retener el pasado y poseer el futuro implica estar por encima del espacio y del tiempo, que son presentes, la inmaterialidad aparece como un rasgo esencial de lo psíquico.

Quizá nunca sepamos qué es exactamente el alma, pero tampoco podemos dudar de su existencia, precisamente porque existen los seres vivos. Podemos oír que alguien llama a la puerta y no saber que es Pedro quien llama. "Alma", la palabra con la que designamos la causa de la vida, es precisamente el nombre que ponemos a un desconocido cuya existencia no ofrece duda.

Cuenta Viktor Frankl que un alumno de Medicina le preguntó en qué quedaba la realidad del alma, siendo ésta totalmente invisible. El profesor confirmó que no era posible ver un alma mediante disección o exploración microscópica, pero preguntó a su vez por qué razón iba a exigir esa prueba. "Por amor a la verdad", contestó el joven. “Sólo necesité preguntarle si no sería el amor a la verdad algo anímico, y si él creía que cosas como el amor a la verdad podían hacerse visibles por vía microscópica. Aquel muchacho comprendió que lo invisible, lo anímico, no puede encontrarse mediante el microscopio, pero que es un presupuesto para trabajar con el microscopio”.


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