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Nuestros orígenes

José Ramón Ayllón

José Ramón Ayllón

5. ¿Azar o finalidad?

Cuando Gordon Taylor, un convencido evolucionista, era director de los programas científicos de la BBC, solía contar el caso de los trilobites: pequeños animales que poblaron los mares primitivos hace 500 millones de años, y que se extinguieron de repente dejando millones de fósiles. En 1973, al analizar sus ojos, se descubrió que habían resuelto, por su cuenta, problemas de óptica sumamente complejos. ¿Cómo recogieron la complicada información genética necesaria para construir esa estructura casi milagrosa? Todo parece obedecer -concluye Taylor- a un plan minucioso, y no al resultado de casualidades felices.

El misterio del ojo de los trilobites no es un caso aislado, sino un ejemplo entre muchos, y el plan minucioso sugerido por Gordon Taylor, bien se puede aplicar a todo lo que parece responder a un fin: ojos para ver, alas para volar, aletas para nadar, pezuñas para galopar, pulmones para respirar...

La noción de finalidad es bien conocida por la Filosofía desde los tiempos de Sócrates, pues la observación de la realidad física descubre a Pitágoras, a Heráclito y a los filósofos presocráticos la existencia de programas y pautas de actividad. La causalidad final no es una noción científica –como tampoco lo son la libertad, la justicia o el amor-, pero su evidencia es apabullante y pone de manifiesto algo que puede sorprendernos:

1. Que el conocimiento científico no abarca toda la realidad

2. Que la verdad científica no es toda la verdad

3. Y que la racionalidad científica solo es un aspecto de la racionalidad humana

Sin embargo, con frecuencia se invoca el azar a la hora de explicar la organización de la vida. Pero, al no ser una realidad empírica ni mensurable, no puede ser objeto de ciencia. Y, si pretendemos situarlo fuera del principio de causalidad, habría que decir que ni siquiera existe, puesto que todo efecto tiene una causa.

El azar, además, va contra la evidencia del orden y la regularidad que observamos en la naturaleza. “Algo, que ciertamente no se nombra con la palabra azar, rige estas cosas”, escribió Borges. Pablo Neruda lo expresa de forma incomparable en dos versos:


¿Cómo saben las raíces que han de subir a la luz?
¿Y cómo saben las estaciones que deben cambiar de camisa?


Muchos darwinistas tienden a suponer que la evolución no pasa de ser una extraordinaria cadena de montaje, tan extraordinaria que se ha montado a sí misma. Sin embargo, El propio Darwin nunca acabó de admitir la idea de que una estructura tan compleja como el ojo hubiera evolucionado por la acumulación casual de mutaciones favorables.

Más explicito que Darwin, el doctor Claude Bernard, padre de la fisiología médica, decía que “no es temerario creer que el ojo ha sido pensado para ver”. Y Pierre Grassé, reconocido zoólogo evolucionista, afirma que "la finalidad inmanente o esencial de los seres vivos se clasifica entre sus propiedades originales. Y no se discute, se constata".

Es preciso entender que estamos ante una realidad tan evidente como suprabiológica. Esta evidencia de la finalidad -que en último término remite a un programa inteligente, a un diseño- es tan fuerte que consigue abrir grietas en el más compacto de los materialismos. Así, Oparin, el científico soviético que aventuró la hipótesis de los coacervados, reconoce que “Si no admitimos un plan preexistente o un tipo de causalidad exterior al sistema, el origen de la vida se topa con enormes dificultades”.


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