Saber mirar
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Casa de muñecas

Henrik Ibsen


ACTO TERCERO - ESCENA FINAL

TEXTO 8
EL VERDADERO ROSTRO DE HELMER


HELMER (Retrocediendo):
¡Entonces, es cierto! ¿Dice la verdad esta carta? ¡Qué horror!
No, no es posible, no puede ser.
NORA:
Es la verdad. Te he amado por sobre todas las cosas en el mundo.
HELMER: ¡Eh! Dejémonos de tonterías.
NORA (Dando un paso hacia él): ¡Torvaldo!...
HELMER: ¡Desgraciada! ¿Qué has tenido valor de hacer?
NORA: Déjame salir. Tú no has de llevar el peso de mi falta, tú
no has de responder por mí.
HELMER: ¡Basta de comedias! (Cierra la puerta del recibidor). Te
quedarás ahí, y me darás cuenta de tus actos. ¿Comprendes lo que
has hecho? Di, ¿lo comprendes?
NORA (Le mira con expresión creciente de rigidez y dice
con voz opaca):
Sí, ahora empiezo a comprender la gravedad de las cosas.
HELMER (Paseándose agitado):
¡Oh! Terrible despertar. ¡Durante ocho años.... ella, mi alegría
y mi orgullo..., una hipócrita, una embustera!... Todavía
peor: ¡una criminal! ¡Qué abismo de deformidad! ¡Qué
horror! (Deteniéndose ante Nora, que continúa muda, le
mira fijamente). Yo habría debido presentir que iba a ocurrir alguna
cosa de esta índole. Habría debido preverlo. Con la ligereza de
principios de tu padre...; tú has heredado esos principios. ¡Falta
de religión, falta de moral, falta de todo sentimiento del deber! ...
¡Oh! Bien castigado estoy por haber tendido un velo sobre, su
conducta. Lo hice por ti, y éste es el pago que me das.
NORA:
Sí, así es.
HELMER:
Has destruido mi felicidad, aniquilado mi porvenir. No puedo pensarlo sin estremecerme. Te has puesto a merced de un hombre sin escrúpulos, que puede hacer de mí cuanto le plazca, pedirme lo que quiera, disponer y mandar lo que guste sin que me atreva a respirar. Así quedaré reducido a la impotencia, echado a pique por la ligereza de una mujer.
NORA:
Cuando yo haya abandonado este mundo, estarás libre.
HELMER:
¡Ah! Déjate de expresiones huecas. Tu padre tenía también una lista de ellas. ¿Qué ganaría yo con que tú abandonaras el mundo, como dices? Nada. A pesar de eso, podría trascender el caso, y quizá se sospechara que yo había sido cómplice de tu criminal acción. Podría creerse que fui el instigador, el que te indujo a hacerlo. Y esto te lo debo a ti; a ti, a quien he llevado en brazos a través de toda nuestra vida conyugal. ¿Comprendes ahora la gravedad de lo que has hecho?
NORA (Tranquila y fría):
Sí.
HELMER:
Esto es tan increíble, que no vuelvo de mi asombro; pero hay que tomar un partido. (Pausa). Quítate ese dominó. ¡Que te lo quites, digo! (Pausa). Tengo que complacerlo de una o de otra manera. Se trata de ahogar el asunto a todo trance. Y, en cuanto a nosotros, como si nada hubiese cambiado. Por supuesto, hablo sólo de las apariencias, y, por consiguiente, seguirás viviendo aquí, lógicamente; pero te está prohibido educar a los niños..., no me atrevo a confiártelos. ¡Ah! Tener que hablar de este modo a quien tanto he amado y a quien todavía... En fin, todo pasó, no hay más remedio. En lo sucesivo no hay que pensar ya en la felicidad, sino sólo en salvar restos,  ruinas, apariencias... (Llaman a la puerta. Helmer se estremece). Qué es esto? ¡Tan tarde! ¿Será ya ...? ¿Habrá ese hombre...? ¡Escóndete, Nora! Di que estás enferma. (Nora no se mueve. Helmer va a abrir la puerta).
ELENA (A medio vestir en el recibidor):
Una carta para la señora.
HELMER: Démela. (Toma la carta y cierra la puerta). Sí, es de él; pero no la tendrás. Quiero leerla yo.
NORA: Léela.
HELMER (Aproximándose a la lámpara): Apenas me atrevo. Quizá seamos víctimas uno y otro. No, es preciso que yo sepa. (Abre apresuradamente la carta, recorre algunas líneas, examina un papel adjunto y lanza una exclamación de alegría). ¡Nora! (Nora interroga con la mirada). ¡Nora!... ¡No, tengo que leerlo otra vez! ... ¡Sí, eso! ¡Estoy salvado! ¡Nora, estoy salvado!
NORA:
¿Y yo?
HELMER:
Tú también, naturalmente. Nos hemos salvado los dos. Mira. Te devuelve el recibo. Dice que lamenta, que se arrepiente..., un suceso feliz que acaba de cambiar su existencia... ¡Eh! Poco importa lo que escribe. ¡Estamos salvados, Nora! Ya nadie puede inferirte el menor daño. ¡Ah! Nora, Nora.... no, destruyamos ante todo estas abominaciones. Déjame ver... (Dirige una mirada al recibidor). No, no quiero ya ver nada; supondré que he tenido una pesadilla, y se acabó. (Rompe las dos cartas y el recibo, lo arroja todo a la chimenea y contempla cómo arden los pedazos). ¡Ya! Todo ha desaparecido. Te decía que desde las vísperas de Navidad tu... ¡Oh! ¡Qué tres días de prueba has debido pasar, Nora!
NORA:
Durante estos tres días he sostenido una lucha violenta.
HELMER:
Y te has desesperado; no veías más camino que... Olvidaremos  por completo todos estos sinsabores. Vamos a celebrar nuestra liberación repitiendo continuamente: se ha concluido, se ha concluido. Pero óyeme, Nora, parece que no comprendes: se ha concluido. ¡Vamos! ¿Qué significa esa seriedad? ¡Oh! Pobrecilla Nora, ya comprendo... No aciertas a creer que te perdono. Pues créelo, Nora, te lo juro; estás completamente perdonada. Sé bien que todo lo hiciste por amor a mí
NORA:
Es verdad.
HELMER:
Me has amado como una buena esposa debe amar a su  marido; pero flaqueabas en la elección de los medios. ¿Crees tú que yo te quiero menos porque no puedas guiarte a ti misma? No, no, confía en mí: no te faltará ayuda y dirección. No sería yo hombre si tu capacidad de mujer no te hiciera doblemente seductora a mis ojos. Olvida los reproches que te dirigí en los primeros momentos de terror, cuando creía que todo iba a desplomarse sobre mí. Te he perdonado, Nora, te juro que te he  perdonado.
NORA:
¡Gracias por el perdón! (Se va por la puerta de la derecha).
HELMER:
No, quédate aquí... (La sigue con los ojos). ¿Por qué te diriges a la alcoba?
NORA (Dentro):
Voy a quitarme el traje de máscaras.
HELMER (Cerca de la puerta, que ha quedado abierta): Bien, descansa, procura tranquilizarte, reponerte de esta alarma, pajarillo alborotado. Reposa en paz, yo tengo grandes alas para cobijarte. (Andando sin alejarse de la puerta). ¡Oh! Qué tranquilo y delicioso hogar el nuestro, Nora. Aquí estás segura; te guardaré como si fueras una paloma recogida por mí después de sacarla sana y salva de las garras del buitre. Sabré tranquilizar tu pobre corazón palpitante. Lo conseguiré poco a poco; créeme, Nora. Mañana verás todo de otra manera. Todo seguirá como  antes. No necesitaré decirte a cada momento que te he perdonado, porque tú misma lo comprenderás indudablemente. ¿Cómo puedes creer que vaya a rechazarte ni a hacer cargos siquiera? ¡Ah! Tú no sabes lo que es un corazón que ama, Nora. ¡Es tan  dulce, es tan grato para la conciencia de un hombre perdonar sinceramente! No es ya su esposa lo único que ve en el ser perdonado, sino también su hija. Así te trataré en el porvenir, criatura extraviada, sin brújula. No te preocupes por nada, Nora, sé franca conmigo nada más, y yo seré tu voluntad y tu conciencia.


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