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Construir un mundo solidario y habitable

UNIDAD DIDÁCTICA - ÉTICA 4º ESO
PROYECTOS ÉTICOS
LA EDUCACIÓN PARA LA PAZ COMO BASE DE LA CONVIVENCIA SOCIAL

Andrés Jiménez Abad

4. Desarrollo conceptual de la unidad didáctica


I. INTRODUCCIÓN

I. 1.- Los derechos humanos, un avance en la conciencia de la humanidad.

Entre las diversas manifestaciones sociales y culturales de nuestro tiempo, y cobrando un empuje y una presencia crecientes como valores emergentes, se van manifestando una serie de inquietudes generales que intentan hacer frente a algunos de los principales problemas éticos que padece la humanidad, especialmente a lo largo del siglo XX.

Muchos de estos valores emergentes han llegado a cristalizar en movimientos sociales de diferente extensión, pero son muy visibles en el panorama cultural presente. Detrás de todos ellos se aprecia el deseo de resaltar con fuerza el hecho de que todos los seres humanos somos depositarios de una dignidad y de un destino comunes por nuestra condición de personas, y de que están en juego aspectos decisivos de la vida que afectan a todos los seres humanos como miembros de una misma familia, la familia humana, que es preciso promover, frente a tendencias y a realidades amenazadoras aún vigentes.

Si hubiera que resaltar los valores e ideales supremos en torno a los que se edifican estos grandes proyectos éticos modernos, podríamos destacar la libertad, la justicia, la solidaridad y la paz. Su finalidad en el fondo es hacer posibles estos valores como pautas universales de comportamiento entre los hombres y mujeres, entre los individuos y las sociedades, entre los grupos y las instituciones. Su raíz y principio último es la dignidad intrínseca de todos los seres humanos, que por ser partícipes de la misma naturaleza y condición deben ser reconocidos como miembros de la misma familia humana.

Tras las atrocidades cometidas, especialmente, durante la II Guerra Mundial, se acentuó en Occidente la idea y la convicción de que todas las personas deben ser tratadas de manera acorde a su condición humana. Fueron muchos los que, haciéndose eco de tendencias de origen diverso pero coincidentes en su fondo, defendieron la existencia de unos valores propios de la humanidad. Ante los desastres y aberraciones de la gran contienda bélica, se elevó el universal grito de “nunca más” y se creó la Organización de Naciones Unidas, el 25 de junio de 1945. Una de sus primeras aportaciones fue precisamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada el 10 de diciembre de 1948. Esta formulación de derechos, que se reconocen inherentes a todo ser humano por el hecho de serlo y como expresión de su dignidad propia, puede considerarse una primera gran plasmación, con pretensiones universales, de los valores emergentes y de proyectos éticos que defienden la dignidad, la igualdad y la libertad de las personas, y la necesidad de la paz y la cooperación entre todos los Estados.

Estos derechos humanos, de los que son correlativos otros tantos deberes, tanto para el sujeto que los posee como para los demás miembros e instituciones de la sociedad, son unas exigencias mínimas morales de justicia que obligan a ser satisfechas, ya que de lo contrario no sería posible construir una sociedad justa ni un mundo en paz y en armonía. Los derechos humanos reclaman lo que le es debido a todo hombre y a toda mujer por solo hecho de ser seres humanos, y condicionan al poder político porque son anteriores a él, no por su reconocimiento explícito, que tiene lugar en un momento histórico concreto, sino porque se inscriben en el orden moral, al que debe atenerse toda actuación humana, pública o privada.

“Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana...”

Declaración Universal de los Derechos Humanos. Preámbulo.

I. 2.- Tres generaciones de derechos humanos.

Con independencia de su formulación explícita en Declaraciones, Pactos o Constituciones políticas concretas, estas exigencias morales de la humanidad de todo hombre y mujer forman parte de un proceso histórico de aprendizaje moral que no ha concluido. Suele hablarse así, por ejemplo, de “tres generaciones de derechos humanos”:

* los derechos civiles y políticos, inspirados en el alto valor de la libertad humana (derecho a la vida y a la integridad física, de reunión y de desplazamiento, de pensamiento y de expresión, de participación en el gobierno del propio país, derecho a un juicio imparcial, etc.)

* los derechos económicos, sociales y culturales, basados en la igualdad de todos los seres humanos, de forma que los derechos de la primera generación no sean un privilegio de unos pocos (derecho al trabajo y a un salario justo, a la vivienda, a la salud, a la educación y la cultura, etc.)

* y finalmente los derechos de la tercera generación o de la solidaridad, que no han sido recogidos propiamente en una declaración internacional, pero que hacen viables los de la primera y segunda generación (derecho a nacer y vivir en un medio ambiente sano, a nacer y vivir en una sociedad en paz, a nacer y vivir en una familia establemente constituida, a ver protegida la intimidad ante los medios informáticos, etc.)

I. 3.- Queda mucho por hacer: ningún ser humano es una isla.

A pesar del reconocimiento formal de los derechos civiles y políticos, muchos de ellos se ven conculcados en la práctica en muchos lugares del mundo: discriminación racial, postergación de la mujer, terrorismo, represión de la libertad de opinión y de credo, etc. De igual modo, situaciones de miseria, hambre, analfabetismo, condiciones infrahumanas de trabajo, especialmente en los países no desarrollados pero también en importantes bolsas de marginación en el seno de las sociedades más desarrolladas, ponen de manifiesto la necesidad de trabajar seriamente por el reconocimiento y la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales.

Otro frente permanece abierto con respecto a los llamados derechos de la tercera generación: múltiples conflictos armados, auspiciados y provocado en muchos casos por los gobiernos de algunos países ricos, procesos de desertización, contaminación y agotamiento de recursos naturales, etc.

La comunidad internacional, en muchos casos a través de la ONU –cuyo fin último es precisamente la protección y promoción de los derechos humanos- pero también a través de proyectos de colaboración y ayuda al desarrollo, por ejemplo, puede y debe hacer mucho por denunciar e impedir las violaciones de derechos civiles y políticos, por afrontar el problema del hambre y el enorme desequilibrio entre los procesos de desarrollo de países ricos y pobres y por evitar la guerra. Y en bastantes casos desarrolla iniciativas en este sentido.

También existen organizaciones de diversa índole -religiosas, no gubernamentales, fundaciones, etc.- que trabajan en muchos lugares del mundo por ayudar a quienes padecen la violación de sus derechos, o por paliar y prevenir las causas del hambre, o por cuidar el medio ambiente y evitar abusos dirigidos contra el mismo, entre otras muchas cosas.

Todas estas iniciativas y otras semejantes forman un amplio frente de promoción de los derechos humanos, la solidaridad y la convivencia pacífica, y de ayuda a muchas personas necesitadas. Se trata de un movimiento emergente de humanización del que nadie debe sentirse excluido, porque cada hombre y cada mujer es de algún modo responsable del bien de sus semejantes y, de un modo o de otro, todos necesitamos ayuda. Como escribió John Doone: “Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo, sino un fragmento del continente. Si el mar arrebata una parte de la tierra, es Europa la que pierde, como si se tratara de la casa de tus amigos o de la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque yo formo parte de la humanidad. No preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.”

I. 4.- Un desarrollo a la medida del ser humano.

Conviene hacer una distinción inicial entre desarrollo y desarrollismo. El primero es un término que se aplica básicamente al crecimiento económico, entendido como el aumento de la producción y de la capacidad de consumo para el mayor número de seres humanos. En un sentido más amplio, más humano y tal vez menos tenido en cuenta, debiera considerarse el desarrollo auténtico como la elevación integral de la condición humana, de todo el ser humano y de todas las personas.

El desarrollismo, por su parte, es una concepción económica que propugna la necesidad de que la economía crezca indefinidamente, y asegura que ello reportará la acumulación generalizada de bienes y servicios, con lo que los seres humanos serán paulatinamente más felices. Esta felicidad, por lo demás, se entiende como “calidad de vida” interpretada generalmente en términos de bienestar material. Esta concepción se apoya en el auge de la tecnología y en sus posibilidades para potenciar y organizar a gran escala, incluso globalmente, la actividad humana sobre las fuentes y los cauces de la riqueza en el planeta.

Tras la revolución industrial, y por encima del enfrentamiento entre el modelo económico capitalista y el socialista, existía a lo largo de todo el siglo XX –hasta la década de los 70 aproximadamente- un fundamental acuerdo entre ambos acerca de la “concepción desarrollista” y sobre la necesidad de que la economía creciera indefinidamente. Las discrepancias venían al afirmar si quien podría lograr más adecuadamente tal propósito era el libre mercado o la economía centralizada bajo el control estatal.

El desarrollismo, como modelo económico y como mentalidad, puede resumirse, aun a riesgo de caer en la simplificación, en los siguientespostulados:

  1. El planeta es una fuente inagotable de recursos

  2. El desarrollo consiste en el proceso de crecimiento económico seguido por los llamados “países desarrollados”

  3. Dicho proceso es posible en todos los países del mundo

  4. Existe una correlación entre desarrollo y satisfacción de las necesidades del ser humano

  5. Como la racionalidad humana puede disponer absolutamente de una naturaleza cuyas leyes han sido descubiertas, el progreso de la humanidad se abre a un horizonte ilimitado.

Quizás pueda afirmarse que la raíz última de las dificultades sociales y ecológicas de las que se ha venido adquiriendo conciencia en las últimas décadas se halla en no haber reconocido límites al poder del hombre y de creer que todos los problemas se pueden resolver por medio de la ciencia y de la técnica. Tras esta convicción late un modelo de racionalidad, el ilustrado, que sitúa a cierto tipo de hombre -el triunfador en el terreno económico y en el público en general, y varón para más señas- como dominador absoluto de todo lo real, armado con un arsenal científico con el que dirige una mirada pragmática al mundo y que ve en él un ámbito susceptible de dominio y, por lo tanto, un campo de rivalidades en el que la solidaridad encaja difícilmente. El mundo no tiene otro sentido para esta mirada que el servir a la voluntad de poder de seres humanos que se consideran o pretenden ser autosuficientes. En suma, como decía Tomás Hobbes al concluir el Renacimiento, el hombre vendría a ser “un lobo para el hombre”.

Pero el precio del triunfo a ultranza de los dominadores es la sangre, la miseria y la humillación de los vencidos. A nadie se escapa que el siglo XX, cumbre del desarrollo histórico en lo económico y en lo técnico, ha sido también, literalmente, el más sangriento de la historia.

Este modo de entender el crecimiento económico tiende a no considerar la relevancia moral de la naturaleza y del medio vital humano, así como a generar desigualdades y discriminaciones entre personas y pueblos –es significativo aquí, además, el caso de la mujer en la mayor parte del mundo- por sus limitadas posibilidades para acceder al nivel de bienestar de los más beneficiados.

Seguramente ningún ser humano elige libremente vivir en la miseria y en la marginación. Y sin embargo, el mundo en el que vivimos ofrece un panorama dantesco cuajado de desequilibrios, en el que los pueblos ricos son cada vez más ricos y los pobres tienden a ser cada vez más miserables. La quinta parte más rica tiene unos ingresos 150 veces superiores a los ingresos de la quinta parte más pobre. Hemos construido un mundo en el que el 25% de la población mundial dispone y consume el 70% de la energía, el 75% de los metales, el 85% de la madera y el 60% de los alimentos.

Si en este marco se hace ya difícil para muchos seres humanos concebible el mundo como un lugar habitable, hay que añadir también que un proceso indefinido se hace imposible, entre otras cosas, porque los recursos del planeta son finitos y se ven en todo este proceso muy seriamente amenazados.

El proceso de globalización de la economía, a pesar de sus aspectos positivos, ha agudizado la exclusión de amplias regiones geográficas, como las regiones subsaharianas, los países iberoamericanos y muchos países del sudeste asiático; ha puesto en el umbral de la marginación a numerosos colectivos humanos como los jóvenes sin formación, los ancianos solos, los enfermos que no pueden valerse por sí mismos, las mujeres que no han podido acceder a títulos de propiedad, a unos estudios y una formación cualificados y las familias que dependen de ellas, las poblaciones que no disponen de recursos económicos o no disponen de medios para rentabilizarlos, etc., así como a muchas y variadas culturas y tradiciones. Y también a los no nacidos. Es el gran grupo de la humanidad perdedora.

El endeble desarrollo de los pueblos más deprimidos económicamente, el amplio y diverso panorama de la marginación social y cultural, y a la vez el complejo mundo del consumismo desenfrenado entre los más favorecidos, vienen a ser algunas de las grandes objeciones al modelo globalizador de la economía. Buena parte –si no la práctica totalidad- de los conflictos armados más recientes, y de los vigentes, tampoco es ajena a este complejo estado de cosas.

En los últimos años ha surgido con fuerza una línea de reflexión que ha planteado un modelo alternativo de desarrollo, que ha dado en llamarse “desarrollo humano” o también “desarrollo sostenible”. Este último término fue acuñado en 1987 por la Comisión Brundtland, amparada por la ONU. La idea de fondo consiste en mantener el desarrollo económico, pero de manera que concuerde con las necesidades del hombre –de toda la persona y de todas las personas- y de la Naturaleza.

Se trata de un nuevo modelo de desarrollo que podemos caracterizar del siguiente modo:

• Un desarrollo integral: abarcando necesaria e indispensablemente el ámbito cultural, el económico y el medioambiental.

• Un desarrollo endógeno: no indiferenciado sino planteado a partir de la situación, de las necesidades y las posibilidades concretas de cada pueblo, y favoreciendo su protagonismo e identidad propia.

• Un desarrollo sostenible: instaurando la disciplina del largo plazo, la visión de armonía y de conjunto. Lento, puesto que el crecimiento rápido es generador de nuevas dependencias entre pueblos. Que asegure el digno y libre desarrollo de las generaciones futuras.


La superación de las situaciones marcadas por un economicismo que reduce el valor de las cosas, del trabajo y de la persona a su mera dimensión económica y de utilidad, exige la convicción decisiva de la primacía de la persona. No se puede hablar de desarrollo auténtico si éste resulta inhumano, pobre en solidaridad. La compensación de las carencias y dependencias de los países y de las personas más pobres hasta que aquéllas desaparezcan es la primera medida de cualquier forma de solidaridad.

El comienzo del nuevo milenio hace particularmente urgente la configuración de un mundo más solidario y habitable. Y todos, de un modo u otro, somos responsables. Las campanas doblan por mí.

II. PRINCIPALES PROYECTOS ÉTICOS CONTEMPORÁNEOS

Tampoco es cuestión de “señalar la paja en el ojo ajeno” y olvidar que también nosotros dañamos la dignidad y los derechos de personas que nos rodean, o callamos cuando otros lo hacen en nuestra presencia. Hay personas que sufren marginación y malos tratos por parte de sus propios compañeros de estudio o de trabajo. Mujeres y niños que soportan el desprecio y la violencia en su hogar o en otros ámbitos. A menudo contaminamos nuestro entorno con basuras, desperdicios, humos o ruidos que perjudican la convivencia, la higiene y un ambiente saludable; o ensuciamos pasillos, habitaciones y aulas que otras personas tendrán que limpiar y ordenar por nuestra desidia y falta de responsabilidad. Hay amas de casa que sufren una situación de desprecio y de semiesclavitud por parte de los miembros de su familia...

Y quien no asume sus responsabilidades en el ámbito inmediato en el que discurre su vida cotidiana, no es capaz de asumir honradamente grandes empresas o no tiene derecho a exigir a otros que modifiquen sus actitudes y sus comportamientos. La promoción de los derechos humanos empieza por nuestro propio entorno personal. Quien quiera transformar las estructuras sociales y afanarse para que sean más justas, tiene que mostrar la sinceridad y la calidad humana de su empeño empezando por su propio estilo de vida personal. Porque, como decía el agudo novelista inglés Gilbert K. Chesterton: “No puedo decir que amo a los chinos, a los que no veo, si no estimo a mi peluquero, al que sí veo”. No está reñido vivir con servicialidad y pensar con grandeza. La solidaridad, valor clave de todo proceso de renovación moral, consiste en el fondo en hacer propias las necesidades ajenas y, más allá de una serie de actuaciones esporádicas y puntales, apunta hacia un modo radical y comprometido de vivir.

La solidaridad empieza a vivirse desde abajo, compartiendo el dolor, en el tiempo pasado con los más pobres y con los enfermos y las personas solas y olvidadas, diciendo la verdad aunque ello conlleve marginación o desdén, percibiendo y asumiendo las necesidades de los otros a los que puedo ver y tocar, o escuchar, como si fueran las mías, y ofrecer soluciones y respuestas como si fueran las mías. La solidaridad se hace realidad efectiva cuando compromete la vida, nuestro tiempo, nuestros conocimientos y cualidades, nuestra voluntad de cambiar una sociedad en la que nos asfixiamos por otra más humana, más digna de las personas, más justa y habitable.

Pero tiene que llegar también arriba. La solidaridad reclama cambios sociales, estructurales, también y a la postre. Es necesario participar y organizarse. A un sistema injusto e inhumano le vienen bien individuos generosos, “fontaneros de los desagües del sistema” (L. A. Aranguren), porque casi nunca consiguen tambalearlo. Es precisa una acción solidaria comprometida y organizada. Así, partiendo de lo profundo de nuestro ser, se irán haciendo posibles cambios y mejoras que abran alternativas y posibilidades de transformación y humanización a la sociedad, y preparen el camino a un futuro sostenible en el que quepa mucha gente. Pero en todo caso, “en vez de preguntarnos si podemos o no salvar al mundo, es preferible que demos la espalda a tales perplejidades y nos pongamos a trabajar” (Fritjof Capra).

En nuestra historia reciente y en nuestro entorno cultural, se pueden encontrar tendencias y realizaciones, más o menos extendidas pero activas, que –en medio de perplejidades, ideas y realizaciones discutibles en muchos casos- vienen generando iniciativas de mejora y de defensa de los derechos humanos y de la dignidad de las personas. Que están configurando en parte un mundo más solidario y más noble para todos.

Entre los grandes proyectos éticos contemporáneos, señalaremos los que nos parecen más importantes y significativos –quizás no estén todos lo que son , pero sí que son todos los que están-:

la búsqueda y promoción de la paz entre pueblos y naciones

la reivindicación de derechos y oportunidades para la mujer en términos de igualdad con el varón

la inclusión social de las personas discapacitadas

la ecología como preocupación por el medio ambiente

el auge de la ética en las profesiones

la preocupación bioética

el encuentro y el diálogo entre las culturas

la fundamentación y consolidación moral de la democracia y del orden internacional

Para el desarrollo de estas propuestas, remitimos a la bibliografía que aparece al final, así como a las actividades que integran esta unidad didáctica.

Para la exposición en clase, que hemos programado en tres sesiones, el profesor apreciará la conveniencia de centrarse en alguno o algunos de estos proyectos, o incluso de ofrecer una explicación somera de todos ellos.

Nos centraremos en el apartado siguiente, relativo al voluntariado, por sus posibilidades de concreción e implicación personal, e incluso ante la perspectiva de que en el centro se organicen actividades e iniciativas de voluntariado.


III. EL VOLUNTARIADO: UN MODO DE SER, UN MODO DE VIVIR

(Cfr. Martínez Odría, A.-Jiménez Abad, A. (2002), en la bibliografía.)

III.1.- Aclarando el concepto de voluntariado.

Uno de los fenómenos sociales más llamativos de las últimas décadas, y de mayor relieve moral, es el del voluntariado. A grandes rasgos, éste consiste en un conjunto de actividades de interés general, desarrolladas por personas concretas de acuerdo con los siguientes requisitos:

• Que tengan carácter altruista y solidario

• Que su realización sea libre

• Que se lleven a cabo sin contraprestación económica lucrativa

• Que se desarrollen a través de organizaciones privadas o públicas y con arreglo a programas o proyectos concretos. (Cfr. Ley 5/1996, de 15 de enero, del Voluntariado.)

Nos hallamos ante un fenómeno social emergente y heterogéneo que refleja una sensibilidad en auge, la de la solidaridad, pero organizada e institucionalizada. En un primer momento, a finales del siglo XIX, se trataba de un espacio compensatorio, que venía a dar respuesta a la ausencia o la insuficiencia del Estado para cubrir las necesidades humanas. Un caso paradigmático es el de la creación de Cruz Roja.

El desarrollo más amplio y diversificado que sigue a esta “primera etapa” de solidaridad, coincide con la crisis del Estado de Bienestar; cuando el Estado se muestra incapaz de satisfacer las existencias de la población o las políticas sociales se orientan a un mayor absentismo estatal. Se fragua paulatinamente la emergencia, hacia los años 80 y 90, de un nuevo sector organizado, privado y sin ánimo de lucro, que pretendía superar el modelo basado en el mercado (derrumbado con la Gran Depresión de 1929) y el modelo basado en el Estado (que cayó con el muro de Berlín en 1989). Tomaba fuerza la posibilidad de un protagonismo de la sociedad civil en la construcción social. Este hecho favoreció la consideración de la acción voluntaria como algo no esporádico, sino presente y activo a lo largo y ancho del tejido social.

Podemos señalar como notas comunes de las diferentes definiciones de voluntariado que los autores ofrecen, las siguientes:

• Actuación desinteresada

• Responsabilidad

• Ausencia de remuneración económica

• Realizada en beneficio de la comunidad

• Inscrita en un programa de acción

• Voluntad de servir

• Actividad solidaria y social

• No es la ocupación laboral habitual de quien la realiza

• Decisión responsable que proviene de un proceso de sensibilización y concienciación

• Respeto pleno de las personas a las que se dirige la actividad

• Preferible pertenencia a una organización, desde la que se trabaja

• Tendencia a la erradicación de las causas y no a la paliación de los efectos

Cuando un voluntario entra en contacto con la realidad del sufrimiento, con la injusticia o el dolor humano, necesariamente ha de posicionarse: “¿Cuál es mi actitud ante la realidad que me rodea? ¿La acepto sin más, como si yo apenas tuviera nada que aportar al transcurso de los acontecimientos, o tengo que implicarme, salir de mí mismo y ofrecerme a los demás?”.

Se perfila así un talante propio de aquellos voluntarios que consideran que el voluntariado es un cauce de participación civil en la sociedad, y una plataforma desde la que ser consciente de los problemas sociales, su realidad y sus necesidades. Son aquellos que de modo progresivo desarrollan una conciencia social y adquieren compromisos que les hacen cambiar su modo de vivir y de ser, viviendo día a día su vida de forma un poco más cercana a los sufrimientos de los que les rodean.

Los problemas que antes les eran lejanos y ajenos, se hacen ahora tan cercanos que, no conformes con las pequeñas «caridades» -en un sentido poco estricto-, buscan insaciables la verdad, el sentido del sufrimiento de nuestro mundo y el poder transformador de la solidaridad.Los terrenos donde se pueden mover los voluntarios son amplísimos y diversos. Algunos campos de la acción voluntaria, entre otros muchos posibles, son: menores en riesgo, salud, toxicomanías, discapacitados, mujer marginada, la pobreza, prisiones, minorías étnicas, personas mayores, enfermos mentales, iniciativas y apoyos al cuidad del medio ambiente, protección civil, etc.

III.2.- Valores del voluntariado

Cuando se compromete toda la persona y no se hacen compartimentos estancos entre la actividad que se realiza y la propia disposición ante la vida, la mera eficacia se transforma en fidelidad, y el trabajo bien hecho en una forma de amar. Los valores se consolidan y se unifican cuando se convierten en lenguaje amoroso, en formas concretas de procurar el bien de alguien.

Esto supone en quien realiza una actividad de voluntariado una disposición moral; no es suficiente la buena intención, es precisa una autoexigencia para hacerse capaz de abrirse a cada ser humano y captar toda la dignidad que encierra, y para vivir en la verdad de una relación respetuosa y solidaria con esa dignidad. La adquisición de una sensibilidad moral de este tipo es fruto de una orientación sólida y profunda de la propia vida hacia el bien, de la adquisición de una cierta connaturalidad con él. Sólo quien es dueño de sí mismo está en condiciones de hacer donación de sí. Y, correlativamente, la vida se enriquece humanamente en la medida en que se da.

Puede hacerse una selección de valores, actitudes y virtudes que modulan de un modo más específico el perfil humano de la persona dedicada al voluntariado. No se trata de hacer un inventario completo, puesto que si así fuera ningún valor humano debería excluirse. En cierto modo son cualidades que el voluntario ha de plantearse no tanto como requisitos o condiciones para ejercer su labor, sino más bien como metas a las que ha de aspirar permanentemente. Pero también se trata de aportaciones que su dedicación suscita a su alrededor. La acción voluntaria es fuente de valores morales porque apunta a nobles ideales, supone una elevación de la condición humana en las personas a las que se ayuda y porque los promueve de modo más directo a través de sus acciones. La acción voluntaria es una aportación de bien al mundo. El talante humano del voluntario es el de una persona que aspira a cultivar lo mejor de sí mismo para ofrecerlo generosamente a otros.

Entre los “valores propios del voluntariado” cabría destacar:

Sensibilidad para captar las necesidades concretas de las personas a las que se ayuda y sentirse apelado por ellas.

Libertad madura para ofrecer ayuda a otras personas de forma voluntaria y desinteresada.

Generosidad, virtud que nos permite y nos facilita dar con alegría a los demás algo que les es útil y conveniente. Salir de uno mismo, alejarse por un momento de las propias necesidades, y dar, dar-se, estar en disposición de anteponer al otro, al necesitado. Es una disponibilidad para la entrega y el servicio.

Solidaridad. En cierto modo es la actitud básica y la virtud por excelencia del voluntariado. Consiste en sentir y asumir como propias las necesidades de otras personas y trabajar por su satisfacción del mismo modo que si fueran las propias necesidades. Se trata de orientar la propia vida hacia un tú, que no nos es indiferente, un tú al que se le dibuja un rostro cercano y con el que se crea un vínculo sólido. Supone saberse responsable del bien y del mal de quienes nos rodean.

Gratuidad, actitud de autodonación sin esperar nada a cambio; sólo con la intención de hacer el bien a alguien que lo necesita, ni siquiera por esperar agradecimiento, contraprestación o consideración alguna.

Compromiso y constancia, que supone autoobligarse en actitud de servicio con independencia de tener ganas o no, o de una mayor o menor comodidad o agrado. Disponibilidad para acudir y estar cuando sea necesario, y afanarse en servir y capacitarse para servir mejor. Y mantenerse en dicha actitud, cumplir con lo prometido sin dar marcha atrás ante el primer obstáculo. El compromiso puede ser limitado, pero ha de ser firme.

Búsqueda de la justicia, que supone, además de trabajar honestamente en la solución de problemas inmediatos y de situaciones concretas que reclaman una ayuda promocional y un compromiso firme, empeñarse en mejorar el mundo, trabajar por un modelo social más humano, que reconozca la dignidad de las personas y sus derechos legítimos. No sólo ayudar a una persona minusválida a sortear una barrera arquitectónica, sino impulsar la desaparición de todas las barreras, también las mentales.

Empatía, capacidad de comprensión, intentar ponerse en el lugar del otro para ver las cosas como él las ve. Asumir su punto de vista para comprender sus reacciones, para definir y ponderar sus necesidades, para ofrecerle alegrías y gestos de valor que le haga sentirse sinceramente querido y respetado. Si se comprende al otro es más fácil tratarle como le gustaría a uno ser tratado.

Responsabilidad. Consiste en el dominio de las propias acciones y de sus consecuencias y en la libre y eficaz búsqueda del bien. La persona responsable se hace cargo del contenido y de las consecuencias de las decisiones que asume y responde de ellas como suyas. Es propio de la responsabilidad asumir tareas cuya realización y resultados repercutirán en beneficio propio y ajeno, y hacerse digno de la confianza de los demás, porque lo que se hace se procura hacerlo bien, con iniciativa y con esmero. La persona responsable no se conforma con obedecer y cumplir las reglas, ni con los “mínimos”. En ella no se da el cumplimiento forzado sino una aceptación activa: se toma las cosas como tareas propias y les busca la mejor solución posible; hace suya la voluntad de quien se las encomienda. Por su deseo de hacer las cosas bien y por su capacidad de iniciativa pone los cimientos de una verdadera creatividad, la de quien, en lugar de poner pegas, las resuelve lo mejor posible. Existe también responsabilidad acerca de acciones que, por precipitación o superficialidad, no se han asumido. Entonces hay que rectificar, reparar los posibles daños ocasionados, y empeñarse en no volver a cometer los mismos errores en el futuro.

Autenticidad, que consiste en la coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice, lo que se hace y lo que se debe hacer. Un valor muy cotizado pero escaso. Para interiorizar este valor es necesario analizar los motivos verdaderos que mueven a la acción, aceptarlos con humildad y discernir sobre su adecuación o no a las circunstancias que nos rodean. Supone fidelidad a la propia escala de valores y deseo sincero de hacer el bien, integridad.

Respeto y amabilidad. Consiste en tratar al otro de acuerdo con su dignidad de persona y hacerle más llevadera y grata su situación por medio de nuestra actitud. Más allá de la tolerancia, el respeto no se reduce a soportar al otro a pesar de lo que no se comparte o no agrada de él, sino que hace posible reconocer al otro en lo esencial como un ser valioso y ponerse a su disposición. Respetar y comprender al otro no significa necesariamente justificar o dar por buenas todas sus actitudes, sino tratarle con asertividad, firmeza y tacto cuando sea preciso y por su bien, y en ningún caso hacerle llegar gestos de desprecio, paternalismo, rigor o discriminación.

Fortaleza, virtud que consiste en vencer el temor, el odio, el dolor y la aversión, mantener la serenidad y el autodominio en los momentos difíciles. En sus actividades, los voluntarios se exponen a situaciones dolorosas o injustas, en las que es habitual sentirse muy próximo al dolor de las personas. En estas situaciones es importante mantener la fortaleza de espíritu, la ejemplaridad, mostrar energía y entereza, y transmitir aliento, coraje y esperanza alrededor.

Humildad. El voluntariado es una actividad subsidiaria de otras, propias de profesionales, técnicos y expertos. Incluso puede ser menos esencial que la cercanía afectuosa de familiares, amigos o gente de buena voluntad, que también ayudan a quienes sufren algún tipo de abandono o de necesidad. Todas las ayudas –profesionales, de voluntariado o espontáneas- son complementarias. Nadie es imprescindible, y el servicio prestado no da derecho a sentirse superior o acreedor en modo alguno. Las personas a las que se ayuda también pueden enseñarnos mucho, tal vez lo esencial. Es necesario tener también mucha paciencia para aceptar las limitaciones propias y ajenas, los largos plazos, la falta de colaboración y de resultados tangibles.

La prudencia es una de las virtudes más importantes. Consiste en saber lo que hay que hacer en las situaciones concretas. Nace de la familiaridad con el bien, que hace natural y fácil el discernimiento en las situaciones no previstas o ambiguas; y también del sentido común, que lleva a aplicar con flexibilidad y realismo los criterios de actuación y de juicio, con el fin de crear un buen ambiente o de facilitar una relación, favoreciendo así posibles soluciones. Es preciso formar lo mejor posible la propia conciencia, reflexionar en silencio y con objetividad, acumular experiencias valiosas, tanto propias como ajenas, acoger y buscar buenos consejos.

Son muchos más los valores que deben cultivarse en el ejercicio del voluntariado. No obstante, no hay que caer en el error de depositar en el voluntariado las esperanzas de “humanización” de nuestra contemporaneidad, porque, al igual que cualquier otro ámbito en el que participan los hombres, en el voluntariado también caben las contradicciones e incoherencias. Por lo demás, la responsabilidad de transmitir valores es compartida por padres, educadores, instituciones y otros agentes sociales. El voluntariado constituye un ámbito más que contribuye a su realización.

III.3.- Una cultura de la solidaridad. El valor de cada persona.

Con su vocación de servicio desinteresado y gratuito, el voluntariado o voluntaria se convierte de hecho en un agente educativo y de sensibilización para el conjunto de la sociedad, promoviendo la participación y la difusión del sentido verdadero de la democracia, es decir, de la contribución responsable de las personas e instituciones intermedias al ordenamiento y configuración de la vida social. Su crecimiento se verá sin duda limitado por los contravalores sociales predominantes (individualismo, materialismo, afán de lucro...), pero su compromiso tiene que ayudarla a seguir perseverante en el deseo de fomentar una cultura de la solidaridad.

En los distintos códigos que las organizaciones de voluntariado han ido produciendo, se aprecia un importante paso hacia el fomento del protagonismo de los beneficiarios en las acciones realizadas, buscando la transformación de las situaciones de marginación o insolidaridad más que la solución parcial de los efectos, la justicia social más que el asistencialismo.

El verdadero protagonista en el voluntariado es la persona necesitada a la que se dirige. Uno de los rasgos esenciales del voluntariado, y en cierto modo su piedra de toque, es que, más allá de los números, de las cifras y las cantidades, le importa el valor inmediato, tangible, de las personas concretas. De cada una. En la dedicación al voluntariado cada persona es importante. El auténtico voluntariado es una dedicación gratuita y comprometida a una relación personal que busca, por medio del encuentro personal, redimir a otro ser humano del anonimato. Incluso del anonimato que sufren muchas personas ante sí mismas.

El voluntariado que corresponde a la verdad más honda del ser humano es justamente el que brota de haber descubierto que la vida, mi propia vida, es un don gratuito, cuyo inmenso valor no me lo descubren mis cualidades, aptitudes o éxitos, sino la experiencia de un amor que se me concede gratuitamente, de manera imprevista. A través de la acción voluntaria se manifiesta con evidencia que para el ser humano vivir es convivir y ser responsable de la vida, compartirla con otros seres semejantes para hacerla viable, sostenible y sobre todo consistente, dotada de sentido y de valor.

La limitación y la indigencia del ser humano son reparadas por las aportaciones que le brinda su relación con otras personas, y sólo en el seno de esa relación puede desarrollar plenamente su vida como persona. Esta la fundamental razón de ser del voluntariado, la de ejercer la propia donación personal para restaurar en la persona el reconocimiento de la propia dignidad, la voluntad de hacer amable la existencia para alguien concreto a quien se quiere.

Cuando una persona experimenta que la entrega de su tiempo, de su capacitación y de su afecto, de su paciencia, de su alegría y su disponibilidad, ayudan a otra persona a reconocer un valor a su vida y a remediar su necesidad, comprueba que ha ganado en estima personal, que ha merecido la pena hallarse en el mundo. Saberse útil a alguien es una certeza que contribuye a percibir que la propia vida tiene un sentido.

La amistad, lo mismo que el amor profundo y cualquier otra virtud o valor humano, cuanto más se pone en práctica, mayor es; cuanto más se da, más hondamente se posee. Existe en la persona una tendencia radical a la creatividad que mueve a comunicar el propio bien en múltiples manifestaciones hacia el entorno y especialmente hacia las otras personas. En el ámbito más valioso de la persona sólo se tiene lo que se da, y todo lo que no se da se pierde.

En la relación auténticamente personal se humanizan el que da y el que recibe. Por esta razón el voluntariado es un modo de vivir que responde a la vocación de sentido y de plenitud que es propia de la persona humana.

Toda vida humana posee una dignidad absoluta y está abierta a posibilidades; incluso una existencia pobre según criterios económicos y pragmáticos, puede tener pleno sentido y proporcionar satisfacción a las personas. Aunque carezca de salud, de habilidades intelectuales o físicas, o de bienes materiales, toda persona humana posee una dignidad inalienable que la hace directamente merecedora de solicitud preferente.

Este es el fundamento de la actividad médica, de la educativa y de otras muchas orientadas a la ayuda y al cuidado de personas damnificadas o menesterosas; y, en concreto, del voluntariado. El sufrimiento no reduce en modo alguno la dignidad de la persona que sufre. Así, una persona enferma, anciana o impedida, por ejemplo, no merece ser eliminada o marginada porque alguien considere que su vida carece de calidad.

El desarrollo humano, entendido como elevación integral de la condición humana, es un nuevo modo de pensar, el discurso necesario de hombres y mujeres concretos que personal y asociadamente construyen una conciencia de unidad moral entre todos los seres humanos, por encima de sus diferencias. En el umbral de una época nueva, la nueva sensibilidad que emerge reclama una nueva y profunda mirada sobre el valor de cada persona humana y la configuración de modos de organización y de convivencia donde cada uno pueda dar y recibir, donde el progreso de unos no sea un obstáculo para el desarrollo de los otros ni un pretexto para su servidumbre. Una de sus manifestaciones más llamativas es precisamente la conciencia emergente del voluntariado.

IV. CONCLUSIÓN: CAMBIAR EL MUNDO, CAMBIAR ESTILOS DE VIDA

Como ya se ha indicado, el voluntariado no es la llave para la “salvación del mundo”: no hay que caer en el error de depositar en el voluntariado las esperanzas de “humanización” de nuestra contemporaneidad, porque, al igual que cualquier otro ámbito en el que participan los hombres, en el voluntariado también caben las contradicciones e incoherencias. Por lo demás, la responsabilidad de transmitir valores es compartida por padres, educadores, instituciones y otros agentes sociales. El voluntariado constituye un ámbito más que contribuye a su realización.

Lo que sí es importante es advertir que más vale encender una cerilla que lamentarse en la oscuridad. Y que no hay que calentarse la cabeza buscando ocasiones extraordinarias para hacer cosas grandes, ocasiones que, por otra parte, quizás nunca lleguen. Cualquier persona puede ser voluntario/a, con independencia de la situación personal e incluso de la motivación concreta. Hace falta, eso sí, ir adquiriendo una formación y un aprendizaje en la sensibilidad moral, en el respeto y en la eficacia. Y perseverar. Tampoco hay que “esperar a ser bueno” para empezar a hacer algo bueno. Porque, en rigor, sólo se tiene lo que se da. Y eso en el fondo implica empezar por intentar cambiar a mejor el propio estilo de vida.

Existen muchas formas de asociacionismo (en el ámbito de los consumidores, de los televidentes, de las familias, etc.), que son otras tantas formas de participación social. Y tampoco es desdeñable considerar la posibilidad de ir alentando vocaciones solidarias para la vida pública e, incluso, para el ejercicio de la actividad política, sindical, cultural, etc.

No hay que olvidar, asimismo, que la familia es la principal y más fundamental escuela de solidaridad y de ecología humana. La familia sana nos acepta tal y como somos y nos ofrece un lugar al que siempre podemos volver. En la familia se aprenden y practican los más importantes valores humanos, y constituye el primer y más importante ámbito de socialización, donde aprendemos a reconocer a los otros, a aceptar sus diferencias y a quererlos tal y como son. A su vez, la familia prepara a sus miembros para una participación activa en la construcción de una sociedad más justa, humana y habitable para todos, y así contribuye a la transformación social, al constituirse en núcleo primero y vital de la sociedad.

La función social de las familias no debiera ignorar su legítima dimensión política, cultural, económica y mediática encaminada a la transformación de la vida social, como horizonte de su misión básica de animar y humanizar la vida. Es de la mayor importancia que las familias adquieran el protagonismo social al que tienen derecho y que es también uno de sus deberes y responsabilidades más importantes.

A veces nos quejamos de que la sociedad se deshumaniza. Si el ambiente social no favorece a menudo la labor educativa de las familias, o si las instancias políticas carecen de líneas de gestión y gobierno que favorezcan los intereses y los derechos de la institución familiar,las familias –quizás las primeras- deben romper la inercia de la comodidad y descubrir la potencialidad del asociacionismo familiar como instancia generadora de líneas de gobierno más a la medida de las personas. La preocupación por el ambiente moral que respiran los niños y los jóvenes en el entorno social ha de ocupar un concreto y destacado papel en esta perspectiva.

Nuestras sociedades occidentales han ido configurando su estructuración política tomando como modelo el sistema democrático. La mayor parte de los países del mundo, si bien de acuerdo con sus peculiaridades, se inclina también por este modelo, como un cauce estable y legalmente garantizado de participación social. Pero una auténtica cultura democrática necesita fundarse en principios éticos que miren hacia el bien común de las personas y que estén por encima de los intereses particulares. El referente de esa cultura no puede ser otro que la dignidad de todo ser humano, principio y fin de la vida social, pero su expresión explícita ha de traducirse en el reconocimiento de los derechos y deberes fundamentales de las personas. Empresa siempre abierta y siempre pendiente, horizonte de proyectos tenaces que mantienen viva y pujante la conciencia de los pueblos.


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Esta Unidad Didáctica, además de ofrecer una panorámica de los grandes proyectos y tareas éticas del momento en el mundo, y de fundamentarlos críticamente desde la lucha por la dignidad moral de las personas, es también una invitación a preguntarse en qué medida estas cuestiones afectan a nuestra vida y qué podemos hacer para construir un mundo solidario y habitable.

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