Saber mirar
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El drama del hombre moderno y contemporáneo

FASCINADOS POR LA MARAVILLA DE DIOS

2.- PÉRDIDA DE LA FE Y DEL SENTIDO DE LA INMORTALIDAD

2.1. FEDERICO GARCÍA LORCA


RITMO DE OTOÑO (Libro de Poemas, 1921) 1920
A Manuel Ángeles
Amargura dorada en el paisaje.
El corazón escucha.


En la tristeza húmeda el viento dijo:
Yo soy todo de estrellas derretidas,
sangre del infinito.
Con mi roce descubro los colores
de los fondos dormidos.
Voy herido de místicas miradas,
yo llevo los suspiros
en burbujas de sangre invisibles
hacia el sereno triunfo
del amor inmortal lleno de Noche.


Me conocen los niños,
y me cuajo en tristezas.
Sobre cuentos de reinas y castillos,
soy copa de luz. Soy incensario
de cantos desprendidos
que cayeron envueltos en azules
transparencias de ritmo.
En mi alma perdiéronse solemnes
carne y alma de Cristo,
y finjo la tristeza de la tarde
melancólico y frío.
El bosque innumerable.


Llevo las carabelas de los sueños
a lo desconocido.
Y tengo la amargura solitaria
de no saber mi fin ni mi destino.


Las palabras del viento eran suaves
con hondura de lirios.
Mi corazón durmiose en la tristeza
del crepúsculo.


Sobre la parda tierra de la estepa
los gusanos dijeron sus delirios.


Soportamos tristezas
al borde del camino.
Sabemos de las flores de los bosques,
del canto monocorde de los grillos,
de la lira sin cuerdas que pulsamos,
del oculto sendero que seguimos.
Nuestro ideal no llega a las estrellas,
es sereno, sencillo:
quisiéramos hacer miel, como abejas,
o tener dulce voz o fuerte grito,
o fácil caminar sobre las hierbas,
o senos donde mamen nuestros hijos.


Dichosos los que nacen mariposas
o tienen luz de luna en su vestido.
¡Dichosos los que cortan la rosa
y recogen el trigo!
¡Dichosos los que dudan de la muerte
teniendo Paraíso,
y el aire que recorre lo que quiere
seguro de infinito!
Dichosos los gloriosos y los fuertes,
los que jamás fueron compadecidos,
los que bendijo y sonrió triunfante
el hermano Francisco.
Pasamos mucha pena
cruzando los caminos.
Quisiéramos saber lo que nos hablan
los álamos del río.


Y en la muda tristeza de la tarde
respondióles el polvo del camino:
Dichosos, ¡oh gusanos!, que tenéis
justa conciencia de vosotros mismos,
y formas y pasiones,
y hogares encendidos.
Yo en el sol me disuelvo
siguiendo al peregrino,
y cuando pienso ya en la luz quedarme,
caigo al suelo dormido.


Los gusanos lloraron, y los árboles,
moviendo sus cabezas pensativos,
dijeron: El azul es imposible.
Creíamos alcanzarlo cuando niños,
y quisiéramos ser como las águilas
ahora que estamos por el rayo heridos.
De las águilas es todo el azul.
Y el águila a lo lejos:
¡No, no es mío!
Porque el azul lo tienen las estrellas
entre sus claros brillos.
Las estrellas: Tampoco lo tenemos:
está entre nosotras escondido.
Y la negra distancia: El azul
lo tiene la esperanza en su recinto.
Y la esperanza dice quedamente
desde el reino sombrío:
Vosotros me inventasteis corazones,
Y el corazón:
¡Dios mío!


El otoño ha dejado ya sin hojas
los álamos del río.


El agua ha adormecido en plata vieja
al polvo del camino.
Los gusanos se hunden soñolientos
en sus hogares fríos.
El águila se pierde en la montaña;
el viento dice: Soy eterno ritmo.
Se oyen las nanas a las cunas pobres,
y el llanto del rebaño en el aprisco.


La mojada tristeza del paisaje
enseña como un lirio
las arrugas severas que dejaron
los ojos pensadores de los siglos.


Y mientras que descansan las estrellas
sobre el azul dormido,
mi corazón ve su ideal lejano
y pregunta:
¡Dios mío!
Pero, Dios mío, ¿a quién?
¿Quién es Dios mío?
¿Por qué nuestra esperanza se adormece
y sentimos el fracaso lírico
y los ojos se cierran comprendiendo
todo el azul?


Sobre el paisaje viejo y el hogar humeante
quiero lanzar mi grito,
sollozando de mí como el gusano
deplora su destino.
Pidiendo lo del hombre, Amor inmenso
y azul como los álamos del río.
Azul de corazones y de fuerza,
el azul de mí mismo,
que me ponga en las manos la gran llave
que fuerce al infinito.
Sin terror y sin miedo ante la muerte,
escarchado de amor y de lirismo,
aunque me hiera el rayo como al árbol
y me quede sin hojas y sin grito.


Ahora tengo en la frente rosas blancas
y la copa rebosando vino.


2.2- VICENTE ALEIXANDRE


NO BASTA
Pero no basta, no, no basta
la luz del sol, ni su cálido aliento.
No basta el misterio oscuro de una mirada.
Apenas bastó un día el rumoroso fuego de los bosques.
Supe del mar. Pero tampoco basta.


En medio de la vida, al filo de las mismas estrellas,
mordientes, siempre dulces en sus bordes inquietos,
sentí iluminarse mi frente.
No era tristeza, no. Triste es el mundo;
pero la inmensa alegría invasora del universo
reinó también en los pálidos días.


No era tristeza. Un mensaje remoto
de una invisible luz modulaba unos labios
aéreamente, sobre pálidas ondas,
ondas de un mar intangible a mis manos.


Una nube con peso,
nube cargada acaso de pensamiento estelar,
se detenía sobre las aguas, pasajera en la tierra,
quizá envío celeste de universos lejanos
que un momento detiene su paso por el éter.


Yo vi dibujarse una frente,
frente divina: hendida de una arruga luminosa,
atravesó un instante
preñada de un pensamiento sombrío.


Vi por ella cruzar un relámpago morado,
vi unos ojos cargados de infinita pesadumbre brillar,
y vi a la nube alejarse, densa, oscura, cerrada,
silenciosa, hacia el meditabundo ocaso sin barreras.


El cielo alto quedó como vacío.
Mi grito resonó en la oquedad sin bóveda
y se perdió, como mi pensamiento
que voló deshaciéndose,
como un llanto hacia arriba,
al vacío desolador, al hueco.


Sobre la tierra mi bulto cayó. Los cielos eran
sólo conciencia mía, soledad absoluta.
Un vacío de Dios sentí sobre mi carne,
y sin mirar arriba nunca, nunca,
hundí mi frente en la arena
y besé solo a la tierra, a la oscura, sola,
desesperada tierra que me acogía.


Así sollocé sobre el mundo.
¿Qué luz lívida, qué espectral vacío velador,
qué ausencia de Dios sobre mi cabeza derribada
vigilaba sin límites mi cuerpo convulso?
¡Oh madre, madre, solo en tus brazos siento
mi miseria! Solo en tu seno martirizado por mi llanto
rindo mi bulto, solo en ti me deshago.


Estos límites que me oprimen,
esta arcilla que de la mar naciera,
que aquí quedó en tus playas,
hija tuya, obra tuya, luz tuya,
extinguida te pide su confusión gloriosa,
te pide sólo a ti, madre inviolada,
madre mía de tinieblas calientes,
seno solo donde el vacío reina,
mi amor, mi amor. hecho ya tú, hecho tú solo.


Todavía quisiera, madre,
con mi cabeza apoyada en tu regazo,
volver mi frente hacia el cielo
y mirar hacia arriba, hacia la luz, hacia la luz pura,
y sintiendo tu calor, echado dulcemente sobre tu falda,
contemplar el azul, la esperanza risueña,
la promesa de Dios, la presentida frente amorosa.
¡Qué bien desde ti, sobre tu caliente carne robusta,
mirar las ondas puras de la divinidad bienhechora!
¡Ver la luz amanecer por oriente,
y entre la aborrascada nube preñada
contemplar un instante
la purísima frente divina destellar,
y esos inmensos ojos bienhechores
donde el mundo alzado quiere entero copiarse
y mecerse en un vaivén de mar, de estelar mar entero,
compendiador de estrellas, de luceros, de soles,
mientras suena la música universal,
hecha ya frente pura,
radioso amor, luz bella, felicidad sin bordes!


Así, madre querida,
tú puedes saber bien -lo sabes,
siento tu beso secreto de sabiduría que
el mar no baste, que no basten los bosques,
que una mirada oscura llena de humano misterio,
no baste; que no baste, madre, el amor,
como no baste el mundo.


Madre, madre, sobre tu seno hermoso
echado tiernamente, déjame así decirte
mi secreto; mira mi lágrima
besarte; madre que todavía me sustentas,
madre cuya profunda sabiduría me sostiene ofrecido.


2.3.- QUÉ HAY AL OTRO LADO DE LA MUERTE
Vicente Aleixandre

“AL HOMBRE”
(De Sombra del paraíso, 1944)

¿Por qué protestas, hijo de la luz,
humano que, transitorio en la tierra,
redimes por un instante tu materia sin vida?
¿De dónde vienes, mortal que del barro has llegado
para un momento brillar y regresar después a tu apagada patria?
Si un soplo, arcilla finita, erige tu vacilante forma
y calidad de dios tomas en préstamo,
no, no desafíes cara a cara a ese sol poderoso que fulge
y compasivo te presta cabellera de fuego.
Por un soplo celeste redimido un instante,
alzas tu incandescencia temporal a los seres.
Hete aquí luminoso, juvenil, perennal a los aires.
Tu planta pisa el barro de que ya eres distinto.
¡Oh, cuán engañoso, hermoso humano que con testa de oro
el sol piadoso coronado ha tu frente!
¡Cuan soberbia tu masa corporal, diferente sobre la tierra madre,
que cual perla te brinda!
Mas mira, mira que hoy, ahora mismo, el sol declina tristemente en los montes.
Míralo rematar ya de pálidas luces,
de tristes besos cenizosos de ocaso
tu frente oscura. Mira tu cuerpo extinto cómo acaba en la noche.
Regresa tú, mortal, humilde, pura arcilla apagada,
a tu certera patria que tu pie sometía.
He aquí la inmensa madre que de ti no es distinta.
Y, barro tú en el barro, totalmente perdura.

* * * *

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero. (Sta. Teresa de Jesús)


Comentamos en algún momento, aludiendo a Santa Teresa, el conocido villancico “Vivo sin vivir en mí”. El secreto de los anhelos de morir de nuestra Santa, tan contrarios al común de los mortales, se pueden explicar por lo que en los amores humanos llamamos mal de ausencia. Es una expresión de su experiencia amorosa (después que muero de amor) tan verdadera y radical. Fundamenta estos anhelos la esperanzada certeza de que “este mundo no es el final del camino” sino que, como proclamamos en el credo, sabemos por la fe que nos espera, tras la resurrección de los muertos, una vida eterna. Santa Teresa confiesa algo más atractivo resumido en la expresión “y tan alta vida espero”. Alta no por la distancia sino por el único estilo, modo o respuesta a nuestros más profundos anhelos que nos permitirán exclamar “esta sí que es calidad de vida.

Bien sabemos que, desde el Renacimiento, una corriente de humanismo paganizante, unido a las convulsiones religiosas que fragmentaron la unidad religiosa en Europa, fue poniendo en duda la existencia de una vida más allá de la muerte, a pesar de que lo habían intuido las religiones de los pueblos primitivos y la filosofía había hallado la certeza de la inmortalidad del alma.

Antítesis de la certeza teresiana y de lo que afirmamos en el símbolo de la fe, me ha parecido oportuno ofreceros un poema de Vicente Aleixandre, al que siempre se le encuadró en la visión panteísta de la tierra, del mundo vivo en general, incluido el ser humano y de toda materia con su energía irrefrenable.

El poeta, en el tono y ritmo solemne de los poemas religiosos, alza su voz de profeta de este mundo para conducir al hombre de la desazón de su espíritu a la serenidad que trae la paz por la aceptación de un destino irrevocable. Hombre, no eres más que esto: lodo que regresa al lodo, a la “arcilla apagada”. La tierra como Madre inmensa, no distinta del hombre permite que sigamos, no como espíritu ni menos como cuerpo resucitado unido al alma de nuestro ser personal, sino como “barro tú en el barro”.

Lo más llamativo del poema es el reconocimiento de la dignidad divina del hombre. Me recuerda el “Discurso sobre la dignidad del hombre” de Pico de la Mirándola, salvadas las divergencias, por la exaltación de la autosuficiencia del ser humano para hacer uso sin cortapisas de lo que va a depender tan sólo de la voluntad. Puedes llegar a ser el que quieras. Este ser transitorio en la tierra, que brilla un momento para regresar a su apagada patria. Es hijo de la luz y un soplo celeste, recuerda la acción del relato del Génesis, le redimió un instante, “Hete aquí luminoso, juvenil, perennal a los aires” Hermoso como ningún otro ser. Con la promesa bíblica de ser divino, pero no para siempre. Efímero como tu cuerpo extinto que acaba en la noche. Es uno de los poemas que mejor expresa el destino final del hombre, que creyó dominarlo todo sin contar con Dios y que termina en la nada y en un ser abocado a la muerte o como una pasión inútil del existencialismo ateo de las décadas de del 40, 50 y 60 del siglo XX. Sombra del paraíso al que pertenece el poema, se publicó en Madrid en 1944. Son pasos de un proceso que aún no ha tocado fondo ni fin.

En el conjunto del libro, el poema resulta, en una primera lectura, un tanto extraño. El poeta acusa al Hombre de haber estropeado la belleza primigenia de la Tierra. En un poemilla llega a pedir que no nazca el hombre. El paraíso es la naturaleza antes de ser mancillada. El poeta reivindica su recuperación por eso le recuerda que está hecho de la misma materia.

Aunque no con las implicaciones intelectuales que dan el armazón al poema, la idea de que todo concluye con la muerte ha calado en sectores cultivados de nuestra sociedad. Los más, no obstante, manifiestan en sus expresiones una idea borrosa, como diría Santa Teresa “a bulto”, “algo habrá, en algún lugar estarán” más emotivo que reflexivo. A mí me sobrecogen las palabras de Pedro “¿A dónde iremos, si tú tienes palabras de vida eterna?” y me llena de esperanza la afirmación de Jesucristo cuando afirma “Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque muera, no morirá para siempre”. Una vez más el vivir se nos presenta como una opción de libertad. Santa Teresa sigue indicándonos el camino para salir de estos atolladeros.


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