Saber mirar
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El drama del hombre moderno y contemporáneo

FASCINADOS POR LA MARAVILLA DE DIOS

3.- NOSTALGIAS DE DIOS

VICENTE GAOS
EL BALCÓN


Desde el balcón sereno que domina
la plaza vieja de árboles, la calle,
un trecho de ciudad -torres, aleros-,
y allá en el fondo quietas las montañas,
la insinuación del mar, el campo próximo,
un breve mundo en derredor, de pronto
me adivino inmortal. Di, Dios, ¿acaso
tanta belleza, tanto espacio, pueden
no prometer eternidad al hombre?
Aquí en esta baranda yo podría
acariciar una cabeza amada,
hundirme en unos ojos, o estar solo:
la música continua del silencio
me brinda compañía. Cerca, el cielo
-dorado, azul, radiante, enrojecido,
con nubes, ciego en lluvia, gris, borroso,
(lo he contemplado en todas sus jornadas)
me comunica con el universo.
Deja que a este balcón, en este punto
perdido del planeta -una pequeña
ciudad, sólo unas calles, una plaza,
un cósmico confín de mar y campo,
una de tus millones y millones
de perspectivas-, yo, mirando afuera
o volviendo los ojos a mi casa
en sombra, yo, sí, un átomo del cosmos,
sienta conformidad con tu gran Obra.
Se prolongue siempre este momento
sin ansiedad, con natural dominio,
como la plaza se abre hacia esa calle,
y la calle hacia el campo ya, lo mismo
que el silencio prolóngase en silencio,
que el mar en ritmo de olas, con su sordo
fragor, va en blandos golpes a la arena,
o como el corazón, sin que se escuche,
pauta constante el tiempo de la vida.
¿Estos ojos que abarcan tus distancias
han de quedarse ciegos sin que puedan
atesorar lo visto? Di, ¿estas manos
con sueño, con urgencia de caricias
se han de paralizar? ¿La luz, la música,
el amoroso río de la sangre,
son para las tinieblas y el silencio
y el helado rigor? ¿Tanta belleza,
tanto espacio, y de pronto el terco muro?
La aurora aspira a despertar en día,
el día a atardecer, la tarde a hacerse
noche dulce de estrellas o de luna,
la noche a amanecer gloriosamente.
El mar es mar porque se parte en olas
y renace al morir sobre la playa.
Si aquí en este balcón estoy soñando
con que tú, Dios, ordenas a las cosas
continuidad, ¿por qué soñar me dejas?
Memoria y corazón son mi materia.
Quiero vivir porque he vivido y siento
la vida en unidad, libre de olvido.
Quiero vivir porque amo el gran asombro
en medio del que existo. Los recuerdos
y la ilusión me ganan y me dicen:
Estos instantes al balcón, los otros
que ahora asocias con éstos, no es posible
que terminen, no pueden morir nunca.
La ciudad cuando en sol el día crece
se va poblando de almas y rumores:
hombres que entran y salen, que se sientan
en el café o los bancos de la plaza,
niños que juegan bajo la arboleda,
gente que cruza rápida o que vaga
a su ocio en las esquinas, redimiendo
de la presunta eternidad un día,
un día más con su trajín oscuro.
Esta calle, esta plaza, estos balcones,
esta casa que se abre a mis espaldas,
siguen igual que antes, mucho antes,
cuando no yo, otros seres los veían.
En el jardín, mis hijos, aún ajenos
al sueño en este mirador, seguros
-es decir, ignorantes- de que existen
fuera del tiempo, como las montañas
o el mar, telón al fondo del espacio.
Un día más está pasando, un día
menos. La noche incierta sin estrellas.
En la plaza, las luces. En la plaza
donde gime la Historia. Se han borrado
el mar y las montañas. Yo los llevo
grabados ya en el alma, hechos memoria.
En tesoros así, claros momentos
que en el río del tiempo sobrenadan
-islas firmes-, consiste nuestra vida.
Pasa el viento los árboles. Cerremos
sobre la plaza y la ciudad dormidas
este balcón. El cielo sin estrellas
¿es, Dios, el techo enorme de tu Nada?
En el hogar, refugio tan precario
contra la oscuridad, también los míos
están dormidos ya. En mi mesa brilla
la luz. Pienso: Qué vano mi instrumento
para dar duración a lo que huye:
Sólo palabras mientras llega el sueño.


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