Raíces de Europa
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San Benito, artífice de Europa

Inspirador y modelo de vida consagrada religiosa o laical anhelando la perfección del Evangelio

Tomás Morales SJ. Semblanzas
Revista ESTAR, junio 2005

San Benito

Es el hombre providencial que reúne en apretado haz energías hasta entonces dispersas y aún antagónicas, las potenció, no como las legiones para cimentar un Imperio. Benito las elige para inyectar nueva savia cristiana que forja Occidente.

El mundo occidental se convertirá en foco de civilización centrado en Roma. La Urbe es cabeza de la cultura universal.

Cordura y prudencia

Benito no pensaba en ello. Sin embargo, las pocas palabras de su Regla serían germen del proceso histórico.

“Existió un varón venerable, Benito, por gracia y por nombre, dotado desde su más tierna infancia de la cordura y prudencia de un anciano. Las virtudes se anticiparon en él a los años. Supo despreciar riquezas, mayorazgos y deleites”.

En el Libro II de Los Diálogos, obra cumbre de la espiritualidad medieval, S. Gregario Magno, uno de sus hijos, nos lo retrata con estas palabras.

Estirpe sabina

Milenio y medio largo ha transcurrido desde que S. Benito nace en la Umbría hacia el 480. Abre sus ojos en Nursia cerca de los Montes Sabinos, no lejos de Roma. En el pasado mereció el título de Patriarca de Occidente. Pablo VI le ha declarado Patrón y Protector de Europa el 24 de Octubre de 1964 con el Breve Pacis Nuntius.

Benito procedía de la aristocracia rural sabina. Cicerón decía de los hombres de su “raza” –una de las estirpes más genuinamente romanas-, que se distinguían por su austeridad y energía. La firmeza de carácter aliada con el espíritu tradicional de los nursios, aflorará en la mística familiar y exigente al mismo tiempo, que el santo imprimirá en su Regla.

Nada sabemos de sus padres, pero conocemos la predilección que tuvo por su hermana Escolástica. Muy joven, había consagrado su virginidad al Señor, y conservó siempre fidelísimo afecto al santo.

Acudía todos los años a Monte Cassino para visitarle. Un testimonio conmovedor se conserva de su último encuentro, tres días antes de la muerte de la santa. S. Benito hizo que su cuerpo se enterrase en el “sepulcro que para él tenía reservado”.

Hacia Roma

A los catorce años se traslada a Roma para estudiar Jurisprudencia y poder influir un día en los destinos del mundo.

Roma, despojada de su antiguo esplendor, vivía a merced del bárbaro Odoacro. Los senadores se encontraban divididos. Unos intrigaban para abolir la dominación extranjera, y otros preferían colaborar con ella. Al final de ambos caminos esperaba a la juventud el destino de Boeccio o la estéril y prolongada actividad de Casiodoro. Esta oposición senatorial produjo en la Iglesia un desgarro que conduciría en el 498, después de la muerte del Papa aulina o, al cisma laurentino.

Benito llega a una conclusión. El panorama político y religioso de Roma no le puede ofrecer un porvenir de acuerdo con sus deseos. La frivolidad del ambiente estudiantil, por otra parte, empieza a deslumbrarle, pero decide entregarse a Dios.

“Había puesto casi el pie en la senda resbaladi­za del mal –nos dice S. Gregorio-, pero tocado por la gracia, toma una decisión radical que sorprende a sus años. Despreciar los estudios literarios, abandonar su casa y las heredades paternas, y retirarse al desierto”.

Buscando soledad

Abandona Roma desengañado a sus quince años. Se detiene unos meses en Afide. El párroco quiere ordenarle, pero Dios iba por otros caminos.

Le destinaba, no a ser sacerdote, sino a permanecer lego. A vivir la plenitud de su consagración bautismal siendo santo. ¿No iba a ser el padre de la vida plenamente ofrecida a Dios fuera y dentro del mundo? Inspirador y modelo de la vida consagrada religiosa o laical, debería, sin ser sacerdote, actuar la santidad bautismal anhelando la perfección del Evangelio. Lanzaría así mejor muchedumbres de almas dispuestas a escalar esa cumbre “de la unión espiritual entre el alma y Dios, que es el mayor y más alto estado a que en esta vida se puede llegar” (S. Juan de la Cruz).

Monasterio de Leyre, Navarra
Pablo VI subraya las dos razones que siempre hacen actual la austera y dulce presencia de Benito entre nosotros. Primera, “la fe cristiana que él y su Orden han predicado a la familia de los pueblos”. Segunda, “la unidad por la que el gran monje solitario y social, nos ha enseñado a ser her¬manos, y por la que Europa fue la Cristiandad”

Subiaco

En los montes cercanos que circundan Afide, busca un paraje escondido. Huye del mundo y se refugia en la cuenca del Anio.

La corriente del río riente y juguetona hasta entonces, se remansa en un pequeño lago. La cueva de Subiaco (sub-lago), aparece entre impresionantes rocas escoltadas a lo lejos por las estribaciones de los Apeninos.

En esa soledad agreste, a las sombras de las ruinas del que fue palacio de Nerón, evocará la corrupción y el vicio de la antigua Roma ofreciéndose al Señor. Vive como ermitaño tres años “sólo con Dios y consigo” (S. Gregorio).

Los monjes de un cenobio vecino, Vicovaro, le llaman para presidir la comunidad tras el fallecimiento de uno de sus abades. Un nuevo desencanto le aguarda. Los monjes no toleran su austeridad e intentan envenenarlo.

Benito vuelve entonces a su cueva de anacoreta, pero no permanece solo mucho tiempo. En torno suyo se reúnen discípulos deseosos de seguirle. Acabó rodeándose de una auténtica comunidad monacal a la que siguió una segunda y otra tercera. Así hasta ocho más. El santo se encuentra, sin pretenderlo, a la cabeza de doce monasterios. Cada uno de ellos tiene su propio Abad, pero todos le reconocen como padre.

La historia de S. Benito y su posterior influjo, arranca de esta experiencia de la Sacra Cueva. La soledad con Dios, la austeridad y sencillez, y la participación de algunos discípulos en esta vida exigente y familiar, iniciarán en Occidente la vida cenobítica.

Monte Cassino

La enemistad de un sacerdote de las cercanías, Florencio, obliga a Benito a abandonar repentinamente Subiaco. Busca emplazamiento para edificar un nuevo Monasterio al que pueda regir con la experiencia acumulada hasta entonces. El abad lo encontró en el 529. El monte Cassino, emplazado al borde de la Vía Latina que conducía de Roma a Nápoles, fue el lugar elegido. Levantó allí el cenobio llamado a ser casa-madre del monacato occidental. Compuso allí su Regla que hasta hoy perpetúa su vigencia.

Su muerte –entre 550 y el 555– fue lo que había sido su vida: “Una obra de Dios, un opus Dei”. Agonizante ya, en un prodigio de serenidad cristiana, se traslada al oratorio. Recibe el Cuerpo y la Sangre del Señor. Alza los brazos al cielo sostenido por sus discípulos, y entre fervorosas oraciones exhala su espíritu.

Hombre de Dios

Benito, ante todo, fue un hombre de Dios. Llegó a serlo siguiendo el camino de las virtudes marcado en el Evangelio. Fue un verdadero peregrino del Reino de Dios. Un auténtico homo viator. No se desvió hacia caminos más fáciles. Hoy tendemos a “amabilizar” todas las doctrinas, y aun el mismo Evangelio. Lo desmochamos. Lo traicionamos. Acabamos borrándolo del todo. Olvidamos las palabras de Jesús: “El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9,23; Mt 16,24; Mc 8,34).

El empeño del santo se orientó a seguir la consigna aulina. Acometer el buen combate de la fe para conservar, sin tacha ni culpa, el mandato hasta la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim 6,14). Su vida toda fue una dura batalla consigo mismo para derrotar al hombre viejo, y hacer surgir al hombre nuevo. El Espíritu Santo se encargó de que esa transformación que el santo experimentó, irradiara por sus hijos en la Historia de los hombres, y en particular en la de Europa.

Hombre de Dios, porque Benito se esforzó en transparentar el Evangelio. No se contentó con leerlo y conocerlo. Quiso conocerlo para traducirlo íntegro en su vida. Lo releyó en profundidad y amplitud iluminando el horizonte que tenía ante él. Un mundo antiguo que estaba a punto de morir, y un mundo nuevo que se disponía a nacer. Su vida no es más que el espejo del Evangelio, y su Regla es “un docto y maravilloso compendio de toda la doctrina del Evangelio” (Bossuet).

El Abad de Monte Cassino nos ha dejado plasmado su espíritu en la Regla. El monje –y por tanto, todo consagrado– es un bautizado que se compromete de por vida a cumplir fielmente los preceptos y consejos evangélicos.

Es un seguidor de Cristo que se santifica en la fraternidad monástica y con el trabajo hecho liturgia ofrecida a Dios. Está convencido de que la liturgia es la alabanza de la Iglesia unida a Jesucristo, o mejor, la alabanza de Cristo, Verbo Encarnado, al Padre, pasando por el corazón y los labios de la Iglesia.

Obediencia

La raíz de la perfección evangélica para el monje y para cualquier bautizado, es la obediencia al Padre en Cristo Jesús. Muere en la Cruz para que el mundo conozca que ama y obedece al Padre (In 14,31).

Escuela del divino servicio, schola divini servitii, llama el santo a su Orden (Prólogo de la Regla, 46). Schola en el latín de la decadencia es sinónimo de tropa, y recuerda la guardia del palacio imperial. La obediencia del monje al abad, sin tener nada de castrense es casi militar. Una fuerte disciplina al servicio del Rey de Reyes, pero atemperada por la suavidad y benevolencia del “pius pater” que es el abad.

“Monje es aquel que renuncia a su propia voluntad”, escribe en su Regla. Una donación pura, sencilla y gozosa del yo por amor a Jesucristo, pues “para marchar valerosamente en pos de Cristo Rey y Señor, hay que renunciar a la propia voluntad, y tomar las armas mejor templadas, las únicas que pueden conducirnos a la gloria: las de la obediencia” (Prólogo de la Regla).

Artífice de Europa

La obediencia a Dios vivida así, irradia a todos. Penetra en familia, escuela y profesión, persuade a cualquier cristiano que pretenda actuar su Bautismo aspirando a la santidad. Es la clave del influjo de Benito en el mundo anárquico de entonces, y en el de ahora, la savia que vivificará la civilización del amor tan anhelada por los Papas recientes.

Mientras vive el santo, la Regla logra sólo escasa difusión. Treinta años después de su muerte en el 573, Monte Cassino es destruido por los lombardos. Cien años más tarde, su obra parece extinguirse, pues la vida de los monasterios occidentales se organiza al margen. De repente, surge el “milagro benedictino”. Es precisamente cuando el monacato occidental experimenta su mayor pujanza. Se ve retratado en la Regla. Se decide a crear una cultura religiosa original.

Benito va a ser el Padre de todos los monjes de Occidente. Desea sólo ser un testigo muy fiel de la Tradición. Los monjes artesanos, agricultores, maestros, “abrían con el arado y la azada tierras estériles e incultas. Levantaban hogares para las artes y las ciencias. Educaban para las relaciones sociales y la cultura a los abandonados en su vida salvaje y grosera” (Pío XII Enc. Fulgens radiatur, 1947, otorgando al santo el título de “Padre de Europa”).

El Papa entonces daba la razón al cardenal Gibonns. “Nuestras florecientes naciones modernas deben más al báculo de los abades benedictinos, que al cetro de los reyes y emperadores”.

Actualidad

Pablo VI al consagrar el 24 de octubre de 1964 la abadía de Monte Cassino reconstruida sobre las ruinas de la guerra, subraya las dos razones que siempre hacen actual la austera y dulce presencia de Benito entre nosotros. Primera, “La fe cristiana que él y su Orden han predicado a la familia de los pueblos”. Segunda, “La unidad por la que el gran monje solitario y social, nos ha enseñado a ser hermanos, y por la que Europa fue la Cristiandad”.

La fe cristiana conduce siempre a la unidad fraternal entre los hombres, como las aguas del río desembocan en el mar. “El mundo está enfermo y su mal está en la falta de fraternidad entre los pueblos” (Pablo VI, Populorum Progressio, 1967).

El legado benedictino es de más vigencia que nunca para recomponer la unidad de un mundo que se pulveriza por el egoísmo. Imposible rehacerlo sin la fe, pues sólo creyendo y obedeciendo a Dios-Padre, todos nos hacemos hermanos.

Su muerte fue emocionante. Seis días antes manda abrir su sepulcro, viendo que se debilitaba. Hizo que le llevaran a la Iglesia para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Iba apoyando sus desfallecidos brazos en sus hijos. Allí de pie, haciendo oración y elevando las manos al cielo, murió el 21 de marzo del 547.


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