Saber mirar
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El ser humano y la necesidad de la belleza

Intervención en la mesa redonda del 24 de julio de 2021

El título de la mesa redonda resume en respuesta afirmativa lo que deseo exponer con absoluta firmeza y convicción en esta tarde. El ser humano tiene como signo distintivo y diferenciador la capacidad de deleite y asombro ante esa compleja realidad que llamamos belleza, cuya primera cualidad es la de ser inútil para lo que solemos entender por “vida práctica”.

Lo que desearía resaltar es que lo peculiar y distintivo del ser humano frente a otras especies -aunque siempre se ha dicho que es la razón, pero esto no lo contradice- es la capacidad de asombrarse ante la belleza. La belleza nos distingue de los demás seres que de manera propia perciben lo que tienen ante sí al ver la creación.

Lo normal es que todos los seres al relacionarse con la naturaleza busquen sacar un provecho, su beneficio. Entonces, por ejemplo, ningún otro, sino el ser humano, contempla una rosa para asombrarse y llenarse de una emoción interior que le trasciende y que le hace sentir ante los demás como un ser diferente, porque es capaz de sentirse emocionado ante lo que no le da ni energía, ni un sabor, ni una capacidad nutritiva. Pero en cambio le llena de “un no sé qué, que queda balbuciendo”, como decía San Juan de la Cruz, interiormente.

Este es el misterio del ser humano. Ese ser que puede comprender la perfección del mundo por la inteligencia, y que a mí me asombra que seamos capaces de llegar a comprender la naturaleza que nos rodea, ¿os imagináis que el mundo estuviera construido en un lenguaje no verbal, por ejemplo el de la física, y que no hubiera un entendimiento capaz de comprender el lenguaje físico, y escribir de él, para explicar todo lo que el universo encierra? Y lo mismo diría del lenguaje matemático y de cualquiera de los demás lenguajes maravillosos que en el potencial humano existen. La Belleza es una realidad semejante. Está ante nosotros. La podemos percibir, crear y recrear, podemos incluso equivocarnos en la delimitación de su naturaleza. Pero lo que es lamentable es pasar de ella como si no tuviera que ver con nuestras necesidades más importantes, para crecer en dignidad y plenitud humana. Estudiar la belleza no es la belleza, como estudiar la Historia de la Literatura no es detenerse en el gozo de una obra concreta que es donde aparece, a la espera de nuestro encuentro. La Historia será siempre un instrumento auxiliar pero no es la belleza literaria.

Claro, para mí es fácil la respuesta. Porque si Dios hizo posible la creación y me ha dado un lenguaje para llegar a ella, el autor de todo lo que se ha hecho, en cualquiera de los lenguajes, el físico, el matemático o cualquier otro de los lenguajes de las ciencias… me dice que Dios ha querido crear el universo y la inteligencia humana que lo pudiera comprender. En el orden de la belleza pasa lo mismo. La maravilla del ser humano es la capacidad que tiene de asombrase ante esa realidad no exenta de misterio.

Cuando no cultivamos la contemplación, la capacidad para el asombro, por ejemplo en nuestros alumnos, les privamos de la capacidad de captar la realidad hondamente. Al contemplar la belleza de la realidad, al sentir un chispazo interior que te deslumbra, se provoca una emoción no explicable desde las necesidades que el ser humano tiene en principio como prioritarias. Se nos ha olvidado que el ser humano necesita la contemplación de la belleza para sentirse pleno.

Lo suelo explicar siempre con aquel ejemplo de “El hombre en busca de sentido”, que narra como experiencia vivida Víktor Frankl. Al atardecer en el campo de concentración, los condenados a convertirse en ceniza y nada, antes de que el día cayera, iban a contemplar las puestas de sol. Y eso les daba energía para seguir esperando, a pesar de todo el horror que padecían. Hablamos de la capacidad de contemplar en toda realidad la belleza.

Os lo voy a exponer con un poema de Juan Ramón Jiménez, que es la máxima expresión de la poesía lírica española en el siglo XX. Para algunos lo sería Machado…, pero no todo en Machado es maravilloso por ser de Machado; ni en Caderón ni en ningún otro todo es bueno por ser suyo. Por eso me permito anteponer a Juan Ramón, que buscaba en todo lo que le rodeaba el impacto de la belleza. Encontré en él este poema, que dice así:

Arriba canta el pájaro,
y abajo canta el agua.
Arriba y abajo se me abre el alma.
Mece a la estrella el pájaro,
a la flor mece el agua,
arriba y abajo me tiembla el alma.

La belleza no es conceptual, la belleza te tiene que hacer “temblar el alma”. ¿Qué es lo que pasa cuando contemplas una obra de Gaudí, o de cualquier otra obra de arte, que sirve a la verdad? No es un esquema racional: “¡Ya he entendido a Gaudí!” A Gaudí puedes esforzarte en comprenderle, y adquirir información, pero cuando lo mires de verdad, sentirás un chispazo que te dejará como si estuvieras en el cielo. No esperéis raciocinios de santo Tomás cuando vayáis al cielo. Tendréis emociones sobrecogedoras, que os dejarán sin habla. Eso es lo que pasa al entrar en la Sagrada Familia, o al contemplar cualquier rincón de ella. La información te ayuda, porque nuestra inteligencia es limitada y es necesario tener información, y así poder captar la complejidad y la cohesión que posibilitará no la comprensión sino tu emoción.

El poema dice: “arriba y abajo se me abre el alma”. La belleza está en todos los lados. Arriba y abajo. Pero añade: “Mece. Mece. ¡Mece…!” La belleza en literatura está en la palabra. “Mece” transforma el canto en canción de cuna. Mecer es mecer, no es bambolear. Se mece a un niño en la cuna. “Mece a la estrella el pájaro”. ¿Pero no nos ha dicho que cantaba? Ah, pero le cantaba meciendo… adormilando, reconociendo la grandeza de la estrella. Mece a la estrella el pájaro. Y añade: “A la flor mece el agua”. Claro que canta el agua. Y que decimos “el agua cantarina”. Pero no es por azar ni sin sentido, ni sin finalidad. “Mece a la estrella el pájaro. A la flor mece el agua.” Y entonces el poeta no puede menos…como me pasa a mí cuando veo las grandes obras maravillosas, que exclamar: “arriba y abajo me tiembla el alma.” Esta es la belleza, no una concepción racional. Es la gran emoción que te deslumbra. Que te rompe: “me tiembla el alma”. Es lo que me pasa cuando contemplo la belleza. Cuando me llega algo de esta naturaleza, me tiembla el alma.

Ante la belleza no busquéis raciocinio sino emociones. La belleza es cielo. Anuncia el cielo. Y allá no va a haber sermones ni esquemas que te expliquen no sé qué. Vas a tener un gozo infinito, variado, de cada rincón, de cada cosa creada por Dios. “Me tiembla el alma”. Por eso la belleza es el privilegio del hombre para recordarle que debe dominar la tierra, no explotarla. Pero que debe dominar y amarla; y sobre todo descubrir toda la hermosura en cada rincón. La escuela del cielo es la belleza de la tierra. Aprende a mirar la tierra en su belleza y te estarás preparando para que no te asombre ni te deje ciego ni inútil la contemplación del cielo. El cielo empieza aprendiendo a ver en todas las artes y en la naturaleza la belleza. La belleza que nos rodea, que está por todos los rincones. “Arriba y abajo me tiembla el alma”.


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