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El Principito

Antoine de Saint-Exupéry

Selección de capítulos

Capítulo 4

El Principito
"Había una vez un principito que vivía en un planeta apenas más grande que él y que tenía la necesidad de un amigo..."

Supe algo más acerca de él. El planeta de donde provenía era apenas más grande que una casa!

Tenía conocimiento, que fuera de los grandes planetas conocidos como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, hay centenares de planetas, muchas veces tan pequeñitos, que apenas pueden ser vistos a través de un telescopio.

Cuando un astrónomo descubre alguno, lo identifica con un número. Por ejemplo: "asteroide 3251". Suficientes razones tengo como para creer que el planeta de donde provenía mi amigo es el asteroide B 612. Sólo una vez ha sido visto con el telescopio, en el año 1909, por un astrónomo de origen turco.

El científico realizó la demostración de su descubrimiento en un Congreso Internacional de Astronomía. Su explicación no fue creíble a causa de su vestido. Así son las personas grandes.

Sin embargo, más tarde, un dictador turco obligó al pueblo bajo ley de pena de muerte, vestirse al estilo europeo. Esto ofreció nueva oportunidad al astrónomo quien en 1920 mostró por segunda vez su descubrimiento, pero en esta oportunidad, con un traje sumamente elegante. Esta vez, todo el mundo compartió su opinión.

Referí detalles del asteroide B 612 tan sólo por las personas grandes. Ellos aman los números. Cuando les comunicáis acerca de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial: "Cómo es el timbre de su voz? Cuáles son los juegos que prefiere? Colecciona mariposas?" En cambio preguntan: "Qué edad tiene? Cuántos hermanos? Cuánto pesa? Cuánto gana su padre?". Sólo así creen conocerle.

Si cuentas a los adultos: "He visto una magnífica casa construida con ladrillos rojos, geranios en las ventanas y palomas en el techo...", no podrán imaginarse la casa. En cambio si dices: "He visto una casa de cien mil francos", exclaman: "Qué hermosa es!"

Si dices: "La prueba que confirma que el principito existió es que era encantador, que reía y que quería un cordero. Querer un cordero es prueba de su existencia", se encogerán de hombros y os tratarán como se trata a un niño. En cambio si les dices: "El planeta de donde provenía es el asteroide B 612", quedarán convencidos y no formularán más preguntas sobre esta cuestión. Son así, no hay que reprocharles. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas grandes.

Los que comprendemos la vida, nos burlamos de los números. Más me hubiera gustado dar comienzo a esta historia como si se tratara de un cuento de hadas. En tal caso hubiera dicho:

"Había una vez un principito que vivía en un planeta apenas más grande que él y que tenía la necesidad de un amigo..." Para aquéllos que comprenden la vida les habría parecido mucho más real.

Detesto que se lea mi libro a la ligera. Me entristece relatar estos recuerdos!. Transcurrieron ya seis años que mi hombrecito se marchó con su cordero. Intento describirlo aquí sencillamente para no olvidarlo. Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido esta oportunidad. Podría transformarme en persona grande e interesarme sólo por las cifras. Es por ello que me he comprado una caja de lápices de colores. A mi edad, es penoso retomar el dibujo, cuando sólo se hicieron algunos esbozos de boas cerradas y abiertas a la edad de seis años. Intentaré hacer la reproducción de los dibujos, lo más parecidos posible. Dudo tener éxito pues un retrato va, y el otro no se parece más. Cometo errores en la talla. Es aquí el principito demasiado alto; allá algo pequeño. Se me desdibuja por instantes el color de su vestido. Voy ensayando de una forma u otra a fin de lograr el retrato más próximo a él. Habrán de perdonar mis imperfecciones. Mi amigo jamás daba explicaciones. Tal vez me creía parecido a él; aunque yo lamentablemente, no poseo la cualidad de ver corderos a través de una caja. Me pareceré quizá a las personas grandes. Indudablemente, debo de haber envejecido.

Capítulo 7

Durante el quinto día y siempre gracias al cordero, me fue revelado otro secreto de la vida de mi amigo. Me preguntó bruscamente y con cierta ansiedad:

- Si un cordero come arbustos, ¿come también flores?

- Claro! Y es más, un cordero come todo lo que encuentra en a paso.

- ¿Come flores con espinas?

- Sí. También las que tienen espinas.

- Pero entonces, ¿de qué sirven las espinas a la flor?

En verdad, ya no tenía respuesta para ello. Estaba además muy ocupado intentando destornillar un bulón de mi motor, que se hallaba muy ajustado. Me encontraba por cierto bastante preocupado por el estado de mi avión y el agua para beber que iba agotándose minuto a minuto; ello me hacía temer lo peor.

- ¿Para qué sirven entonces las espinas?

El principito no olvidaba jamás las preguntas que formulaba. Yo, preocupado por mi bulón respondí cualquier cosa:

- Las espinas no sirven para nada, son pura maldad de las flores.

- ¡Oh!

Luego de un silencio y con cierto dejo de rencor, agregó:

- No lo creo! Las flores son ingenuas y débiles. No tienen maldad y se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas.

No respondí nada. Me decía para mí: "Si este bulón aún resiste, lo haré saltar de un martillazo".

Interrumpiendo nuevamente mis reflexiones, el principito dijo:

- Y tú, ¿tú crees que las flores...?

- ¡Que no! ¡Yo no creo nada! Te respondí cualquier cosa. Yo me ocupo de cosas serias!

El principito me observaba asombrado.

- Cosas serias, eh! Hablas como las personas grandes!

Avergonzándome aún más agregó:

- ¡Todo lo confundes! ¡Mezclas todo!

Nunca lo había visto tan irritado. Sus dorados cabellos se sacudían con el viento.

- Sé de un planeta en donde habita un Señor carmesí. Nunca ha sentido el perfume de una flor, nunca ha mirado una estrella. Tampoco ha querido a nadie. Sólo una cosa ha hecho en su vida; sumas y restas. Repite todo el día, como tú, hasta el cansancio: "Soy un hombre serio! Soy un hombre serio!" Hinchándose de orgullo. Sabes lo que creo? Que no es un hombre, es un hongo!

- ¿Un qué?

- Un hongo!

El principito empalidecía de cólera.

- Millones de años hace que las flores fabrican espinas, y otro tanto que los corderos se comen de todas formas las flores. ¿Acaso no es serio intentar entender por qué las flores insisten en fabricar sus espinas que no sirven nunca para nada? ¿No crees que tenga importancia la guerra entre los corderos y las flores? ¿No tiene esto más importancia que las sumas y restas de un Señor gordo y rojo? ¿Y no es también importante que la flor que yo conozco sea única en el mundo, que sólo exista en mi planeta y que un corderito pueda hacerla desaparecer de golpe, en un instante una mañana y sin darse cuenta de lo que hace? Esto, no es acaso importante?

Ya enrojecido agregó:

- Si se ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre millones de estrellas, es motivo suficiente para que al mirar las estrellas sea feliz. Se dice para sí: "Mi flor está allí, en alguna parte..." Pero si el corderito comiera la flor, para él es como si de pronto y al mismo tiempo, todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es importante?

Bruscamente rompió en sollozos y no pudo decir nada más. Era de noche. Abandoné mis herramientas, de las que ya no importaban ni el martillo, ni el bulón, ni la sed, ni la muerte. En la Tierra, en mi planeta, en una estrella, había un principito que necesitaba ayuda. Lo tomé entre mis brazos y lo acuné.

Le dije: "La flor que tú amas no corre ningún peligro... ¿sabes por qué? Dibujaré ya mismo un bozal para tu corderito. También dibujaré una armadura para tu flor... Di..." Ya no sabía que decir. Mis palabras resonaban torpes, estaba perdido... no sabía cómo llegar a él... ¡Es tan misterioso el mundo de las lágrimas...!

Capítulo 13

Hombre de negocios

Un hombre de negocios habitaba el cuarto planeta. Tan ocupado estaba que no levantó su mirada ni aún ante la llegada del principito.

- Buenos días-saludó éste- Su cigarrillo está apagado.

- Tres y dos son cinco. Cinco y siete, doce. Doce y tres, quince. Buenos días. Quince y siete, veintidós. Veintidós y seis, veintiocho. No tengo tiempo para volver a encenderlo. Veintiséis y cinco, treinta y uno. Uf! Da un total de quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.

- ¿Quinientos millones de qué?

- Eh! Todavía permaneces allí? Quinientos un millones de... Ya no sé... ¡Tengo tanto trabajo! Yo soy serio, no me divierto con tonterías. Dos y cinco, siete...

- ¿Quinientos millones de qué? -inquirió nuevamente el principito, que jamás olvidaba una pregunta una vez formulada.

El señor de negocios levantó la cabeza:

- Hace cincuenta y cuatro años que vivo en este planeta, y sólo tres veces me han molestado. Hace veintidós años fue la primera, cuando un abejorro cayó Dios sabe de dónde. Fue tan estrepitoso el ruido que produjo al caer, que cometí cuatro errores en una suma. Hace once años fue la segunda a causa de un ataque de reumatismo. Debo hacer ejercicios, pero no tengo tiempo para moverme. Soy serio. La tercera vez... Hela aquí! Decía, quinientos un millones...

- ¿Millones de qué?

El hombre de negocios había comprendido que no había ya esperanza de tranquilidad alguna.

- Millones de esas cositas que se ven a veces en el cielo.

- ¿Moscas?

- Oh, no! Cositas que brillan.

- ¿Abejas?

- ¡Que no! Cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. Pero ¡yo soy serio! y no tengo tiempo para perder.

- ¡Ah! ¡Estrellas!

- Eso es. Estrellas.

- Pero ¿puedes decirme que haces con quinientos millones de estrellas?

- Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo soy serio y preciso.

- Dime, qué haces con esas estrellas.

- ¿Cómo, que qué hago? Nada, las poseo.

- ¿Posees las estrellas?

- Efectivamente.

- He visto un rey que...

- Escucha: los reyes no poseen, "reinan" que es bien distinto.

- ¿Me dirás para qué te sirve poseer estrellas?

- Gracias a ello soy rico.

- ¿De qué te sirve ser rico?

- Para comprar otras estrellas, si alguien las encuentra.

Mientras tanto el principito iba pensando que este hombre, razona un poco como el ebrio. Siguió preguntando;

- ¿Cómo puede un hombre poseer estrellas?

- ¿Acaso, sabes de quién son?

- No sé. Supongo que de nadie.

- Pues entonces... son mías por ser el primero en haberlo pensado.

- ¿Y con eso basta?

- ¡Pues claro!. Cuando hallas un diamante que no le pertenece a nadie, es sencillamente tuyo.
De igual forma, cuando eres el primero a quien se le ocurre una idea, la patentas e inmediatamente pasa a ser de tu propiedad. Así, yo poseo las estrellas pues nadie antes que yo, soñó poseerlas. ¿Comprendes?

- Es cierto-dijo el principito- ¿Pero qué haces tú con ellas?

- Las administro. Las cuento y recuento -contestó el hombre de negocios-. Es bastantes difícil, pero como dije, soy un hombre serio!

El principito aún no se daba por satisfecho.

- Yo, si poseo un pañuelo, puedo abrigar con él mi cuello y llevarlo conmigo a donde vaya. Si poseo una flor, puedo cortarla y llevármela. En cambio tú, no puede cortar las estrellas!

-No, pero puedo depositarlas en el banco.

- Y eso qué quiere decir?

- Escribo en un papelito la cantidad de estrellas que poseo, cierro el papelito y lo pongo bajo llave en un cajón.

- ¿Eso es todo?

- Lo suficiente.

Es divertido y bastante poético, pero... no es serio -pensó el principito, que sobre cosas serias tenía un concepto bien distinto del de las personas grandes.

- Yo-dirigiéndose al señor- poseo una flor a la que riego todos los días. Tres volcanes que deshollino todas las semanas, aunque uno de los tres está extinguido. Nunca se sabe. Tanto para mis volcanes como para mi flor, es útil que yo los posea. En cambio tú... no eres útil a las estrellas.

El hombre de negocios hizo el ademán de responder pero no encontró palabras para ello. El principito se fue. Decididamente las personas mayores -se decía para sí- son enteramente extraordinarias.

Capítulo 14

El quinto planeta era algo extraño y el más pequeño de todos. Apenas había espacio para albergar a un farol y un farolero. Era incomprensible para el principito, qué utilidad tendrían en algún lugar del cielo, en un planeta casi deshabitado, un farol y un farolero.

Dijo para sí: "Quizá este hombre es absurdo. Pero seguramente lo es menos que el rey, el vanidoso, el hombre de negocios y el bebedor. Por lo menos su trabajo posee sentido. Al encender su farol, es como si diera nacimiento a una estrella más, o a una flor. Cuando apaga el farol, hace dormir a la flor o a la estrella. Su trabajo es lindo, y por ello útil.

Al llegar al planeta, saludó con respeto al farolero:

- Buenos días. ¿Por qué apagas el farol?

- Es la consigna-contestó el farolero- Buenos días.

- ¿Qué es la consigna?

- Apagar el farol. Buenas noches.

Y volvió a encenderlo.

- Pero, y ahora ¿por qué acabas de encenderlo nuevamente?

- Es la consigna -respondió el farolero.

- No te comprendo-le dijo el principito.

- No es necesario comprender nada. La consigna es la consigna. Buenos días.-dijo el farolero, apagó el farol y secó su frente con un pañuelo a cuadros rojos.

- Mi oficio es terrible. Al principio era más razonable. Apagaba el farol por la mañana y lo encendía por la noche. El resto del día lo utilizaba para descansar y el resto de la noche para dormir...

- Después la consigna cambió?-interrogó el principito.

- La consigna no ha cambiado-respondió el farolero- Ese es el drama! Año tras año el planeta gira más velozmente y la consigna no ha cambiado.

- Entonces?-dijo el principito.

- Al producirse ahora una vuelta por minuto, no tengo ni un segundo para descansar. Enciendo y apago el farol una vez por minuto.

- ¡Qué raro! En este planeta los días duran tan sólo de un minuto!

- Nada tiene de raro. Hace ya un mes que estamos juntos-dijo el farolero.

- ¿Un mes?

- Exacto. Treinta minutos. O sea treinta días! Buenas noches.

Volvió a encender el farol.

El principito lo observaba atentamente y le agradaba que el farolero fuera tan fiel a la consigna.

Le hizo recordar las puestas de sol que en otros tiempos había perseguido con sólo mover su silla unos pasos. Sintió el deseo de ayudar a su amigo.

- ¿Sabes?..., conozco la manera en que puedas descansar cuando lo necesites...

- Siempre quiero descansar -dijo el farolero. Pues se puede ser a la vez fiel y perezoso.

El principito prosiguió:

- Tu planeta es tan pequeño que puedes recorrerlo en un abrir y cerrar de ojos. Con sólo caminar lentamente, quedarás siempre al sol. Cuando quieras descansar, deberás caminar y de esta forma el día, durará el tiempo que tú quieras.

- No es gran cosa lo que con eso adelanto. Lo que más me gusta en la vida, es dormir-confesó el farolero.

- Es no tener suerte-dijo el principito.

- Es no tener suerte-dijo el farolero. Buenos días.

Y apagó el farol.

Mientras proseguía su viaje se dijo el principito: "éste sería despreciado por todos los otros, por el rey, el vanidoso, el bebedor, el hombre de negocios. Por el contrario a mí, es el único que no me parece ridículo. Tal vez sea por ocuparse de una cosa ajena a si mismo".

Suspiró con nostalgia y prosiguió:

"Este es el único del que podría haberme hecho amigo. Pero su planeta es realmente tan pequeño que no hay lugar para dos...".

El principito no se animaba a contarse a sí mismo que lo más atrayente de aquél planeta, eran sin duda, ¡las mil cuatrocientas cuarenta puesta de sol, cada veinticuatro horas!

Capítulo 21

Entonces apareció el zorro;

- Buenos días-saludó el zorro.

- Buenos días-contestó amablemente el principito que al darse vuelta en dirección a la voz no vio a nadie.

- Si me buscas, aquí estoy -aclaró el zorro- debajo del manzano...

- Pero..., ¿quién eres tú? -preguntó el principito- Eres muy hermoso...

- Soy un zorro -dijo el zorro.

- Acércate..., ven a jugar conmigo -propuso el principito- Estoy tan triste!...

- Jugar contigo? No..., no puedo -dijo el zorro- Aún no estoy domesticado.

- Ah! Perdón-se excusó el principito.

Interrogó, luego de meditar un instante:

- ¿Has dicho "domesticar"? ¿Qué significa "domesticar"?

- Tú no eres de aquí -afirmó el zorro- ¿Puedes decirme qué es lo que buscas?

- Busco a los hombres-respondió el principito- Dime, ¿qué significa "domesticar"?

- Los hombres -intentó explicar el zorro- poseen fusiles y cazan. Eso es bien molesto. Crían también gallinas; es su único interés. Tú buscas gallinas, ¿verdad?

- No-dijo el principito- Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"?

- ¡Ah!..., es una cosa muy olvidada -respondió el zorro- Significa "crear lazos".

- ¿Crear lazos? -preguntó el principito.

- Así es -confirmó el zorro- Tú para mí, no eres más que un jovencito semejante a cien mil muchachitos. Además, no te necesito. Tampoco tú a mí. No soy para ti más que un zorro parecido a cien mil zorros. En cambio, si me domesticas..., sentiremos necesidad uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...

- Creo que empiezo a entender -dijo el principito- Hay una flor... Creo que me ha domesticado.

- Es probable -contestó el zorro- ¡En este planeta, en la Tierra, pueden ocurrir todo tipo de cosas...!

- ¡Oh! No es en la Tierra -se apresuró a decir el principito.

El zorro se quedó no menos que intrigado.

- ¿Acaso en otro planeta?

- Sí.

- ¿Puedes decirme si hay cazadores en ese planeta?

- ¡Oh, no! No los hay.

- Me está resultando muy interesante. ¿Hay gallinas?

- No.

- No existe nada perfecto -dijo el zorro suspirando.

Luego prosiguió:

- Mi vida es algo aburrida. Cazo gallinas y los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen como también los hombres se parecen entre sí. Francamente me aburro un poco. Estoy seguro que..., si me domesticas mi vida se verá envuelta por un gran sol. Podré conocer un ruido de pasos que será bien diferente a todos los demás. Los otros pasos, me hacen correr y esconder bajo la tierra. Pero el tuyo sin embargo, me llamará fuera de la madriguera, como una música.

¡Mira! ¿Puedes ver allá a lo lejos los campos de trigo? Yo no como pan, por lo que para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo nada me recuerdan. Es triste! Pero tú tienes cabellos de color oro. Cuando me hayas por fin domesticado, el trigo dorado me recordará a ti. Y amaré el sonido del viento en el trigo...

El zorro en silencio, miró por un gran rato al principito.

- Por favor... ¡domestícame!- suplicó.

- Lo haría, pero... no dispongo de mucho tiempo -contestó el principito. Quisiera encontrar amigos y conocer muchas cosas.

- ¿Sabes...? Sólo se conocen las cosas que se domestican-afirmó el zorro. Los hombres carecen ya de tiempo. Compran a los mercaderes cosas ya hechas. Y... como no existen mercaderes de amigos, es muy simple, los hombres ya no tienen amigos. Si realmente deseas un amigo, domestícame!

- ¿Y... qué es lo que debo hacer? -preguntó el principito.

- Debes tener suficiente paciencia -respondió el zorro-. En un principio, te sentarás a cierta distancia, algo lejos de mi sobre la hierba. Yo te miraré de reojo y tú no dirás nada. La palabra suele ser fuente de malentendidos. Cada día podrás sentarte un poco más cerca.

Al otro día el principito volvió:

- Lo mejor es venir siempre a la misma hora-dijo el zorro- Si sé que vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a estar feliz desde las tres. A medida que se acerque la hora más feliz me sentiré. A las cuatro estaré agitado e inquieto; comenzaré a descubrir el precio de la felicidad! En cambio, si vienes a distintas horas, no sabré nunca en qué momento preparar mi corazón...

Los ritos son necesarios.

- ¿Qué son los ritos? -preguntó el principito.

- Se trata también de algo bastante olvidado-contestó el zorro- Es aquello que hace que un día se diferencie de los demás, una hora de las otras horas. Te daré un ejemplo. Entre los cazadores hay un rito. Todos los jueves bailan con las jóvenes del pueblo. Para mí el jueves es un maravilloso día, ya que paseo hasta la viña. Si los cazadores no tuvieran un día fijo para su baile, todos los días serían iguales y yo no tendría vacaciones.

Fue así como el principito domesticó al zorro. Pero al acercarse la hora de la partida:

- ¡Ah! -dijo el zorro-. Voy a llorar.

- No es mi culpa -repuso el principito- Tú quisiste que te domesticara, no fue mi intención hacerte daño...

- Sí, yo quise que me domesticaras -dijo el zorro.

- ¡Pero dices que llorarás!

- Sí -confirmó el zorro.

- ¿Ganas algo entonces? -preguntó el principito.

- Gano -aseguró el zorro- por el color del trigo.

Luego sugirió al principito:

- Vuelve y observa una vez más el jardín de rosas. Ahora comprenderás que tu rosa es única en el mundo. Cuando vuelvas para decirme adiós, yo te regalaré un secreto.

Se dirigió el principito nuevamente a la rosas:

- En absoluto os parecéis a mi rosa. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Así era mi zorro antes, semejante a cien mil otros. Al hacerlo mi amigo, ahora es único en el mundo.

Las rosas se mostraron ciertamente molestas.

- Sois bellas, pero aún estáis vacías -agregó todavía- Nadie puede morir por vosotras. Es probable que una persona común crea que mi rosa se os parece. Ella siendo sólo una, es sin duda más importante que todas vosotras, pues es ella la rosa a quien he regado, a quien he puesto bajo un globo; es la rosa que abrigué con el biombo. Ella es la rosa cuyas orugas maté (excepto unas pocas que se hicieron mariposas). Ella es a quien escuché quejarse, alabarse y aún algunas veces, callarse. Ella es mi rosa...

Regresó hacia donde estaba el zorro:

- Adiós -dijo.

- Adiós -dijo el zorro- Mi secreto es muy simple: no se ve bien sino con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos.

- Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el principito a fin de acordarse.

- El tiempo que dedicaste por tu rosa, es lo que hace que ella sea tan importante para ti.

- El tiempo que dediqué por mi rosa... -repitió el principito para no olvidar.

- Los hombres ya no recuerdan esta verdad -dijo el zorro-. En cambio tú, por favor... no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...

- Soy responsable de mi rosa...-dijo en voz alta el principito a fin de recordar...

Capítulo 23

- Buenos días -saludó el principito.

- Buenos días -contestó el mercader.

Se trataba de un vendedor de píldoras que quitan la sed. Se las ingiere una vez a la semana y se pierde la necesidad de beber.

- ¿Para qué vendes eso? -quiso averiguar el principito.

- Para economizar tiempo -dijo el mercader- Investigadores han podido calcular que se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.

- ¿Qué se hace con los minutos ahorrados?

- Lo que se quiere...

"Yo -dijo el principito- con cincuenta y tres minutos para gastar, lo que haría sería caminar lentamente hacia una fuente..."

Capítulo 25

Los hombres -comentó el principito- se encierran en los rápidos sin saber lo que buscan. Esto los agita y comienzan a dar vueltas...

El pozo que habíamos hallado era bien extraño para un desierto, mas bien parecía el pozo de una aldea.

- Es raro -dije al principito- Todo está ya preparado: la roldana, el balde, la cuerda...

Rió, tocó la cuerda e hizo mover la roldana que gimió como una vieja veleta.

- ¿Escuchas? -preguntó el principito- Despertamos al pozo y él ahora nos canta...

- Permíteme a mí -le sugerí. Creo que para ti es muy pesado.

Lentamente icé el balde, lo asenté bien. Dentro de mí cantaba aún la roldana y en el agua..., vi temblar el sol.

Tengo sed de esta agua -dijo el principito- Dame de beber.

Comprendí lo que había buscado.

Acerqué el balde a sus labios y bebió con los ojos cerrados. Todo parecía una fiesta. El agua había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo, buena para el corazón. Cuando pequeño, la luz del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la calidez de las sonrisas formaban todo el resplandor del regalo de Navidad que recibía.

- En tu tierra -dijo el principito-, los hombres cultivan miles de rosas en un mismo sitio, pero no encuentran lo que buscan...

- Así es, no lo encuentran...-dije.

- Y pensar que lo que buscan, podría encontrarse en una sola rosa o en un poco de agua...

- Seguro que así es -afirmé.

- Pero como los ojos están ciegos, se hace necesario buscar con el corazón.

Yo había bebido, respiraba bien. Al nacer un nuevo día, la arena se mostraba color miel. Eso me hacía feliz. ¿Por qué habría de apenarme?

(…)

- Ahora debes continuar tu trabajo -dijo interrumpiéndome- Debes volver a tu avión. Aquí te esperaré. Regresa mañana por la tarde...

No me quedaba tranquilo. Me recordaba esto al zorro. Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco...


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