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El Pórtico del Nacimiento

El Pórtico del Nacimiento
"Tenemos que mirar, no a Gaudí, sino hacia donde miraba Gaudí... Gaudí es un maestro de vida y arquitecto de la humanidad que... actúa como colaborador en la creación de Dios, se esfuerza por volver al origen. El Templo de la Sagrada Familia, concluye Sotoo, es un símbolo eterno de construcción de nosotros mismos"

Gaudí leyó con pasión L’Anné Liturgique, del abad de Solesmes, Dom Guéranguer, y supo conferir a cada piedra de su templo un sentido religioso. No hay una sola piedra, un ángulo, un ventanal, un cimiento o una columna que no tenga un sentido funcional y estructural, y a la vez, simbólico, espiritual, litúrgico. La Sagrada Familia es un compendio de doctrina, oración, liturgia... una predicación en piedra y en luz. Una "Suma teológica" y a la vez un clamor expiatorio, una alabanza, una lección de vida cristiana.

El arquitecto José Manuel Almuzara escribe que "detrás de cada símbolo o de cada escultura hay un estudio, un trabajo, una oración que se nos transmite para ayudarnos a descubrir el mundo maravilloso del amor de Dios, que se manifiesta en las cosas creadas y en los hombres." Simbólicamente, así pues, la basílica de la Sagrada Familia es la expresión en piedra de la fe católica.

El simbolismo es quien otorga un sentido a la materia y los materiales. "Es el lenguaje mismo con el que Dios nos hace entender el orden de las cosas", explica el escultor japonés -y converso al catolicismo gracias al templo de Gaudí-, Etsuro Sotoo. Y añade: "Tenemos que mirar, no a Gaudí, sino hacia donde miraba Gaudí... Gaudí es un maestro de vida y arquitecto de la humanidad que... actúa como colaborador en la creación de Dios, se esfuerza por volver al origen. El Templo de la Sagrada Familia, concluye Sotoo, es un símbolo eterno de construcción de nosotros mismos".

El Portal del Nacimiento, orientado a Levante, es el único que Gaudí pudo concebir y realizar en vida, situado en la fachada oriental, la que se deja iluminar por el Sol naciente, que es Cristo Niño.

Su creador pensó en que debía ser policromado en su totalidad, si bien, al final o al menos por el momento, el cromatismo se destaca sobre la piedra desnuda sólo en el Árbol de la vida que se alza sobre la escena central y en las puertas realizadas en tiempos recientes por el escultor Etsuro Sotoo.

Es tal la riqueza escultórica y el prodigio de esta maravilla, que bien podríamos considerarlo un cuadro, un prodigioso retablo exterior que dibuja y pinta y narra y canta la alegría multicolor del misterio del Dios que se encarna y ve la luz en un pesebre, acunado por los brazos de María y de José.

Se abren tres puertas, como en triangulo, que representan las tres virtudes teologales -a la Iglesia se entra por la fe, la esperanza y la caridad-, presidida la principal, la de la caridad, por la venida de Dios al mundo, en la que coros de ángeles músicos y cantores, quince en total, rodean a José, María y Jesús mientras entonan el Gloria in Excelsis Deo. Los Pastores a un lado y los Magos al otro adoran. Motivos vegetales y figuras de animales se despliegan por toda la fachada, que parece como agitada y flameante, pues toda la creación, conmovida, está pendiente del Niño que nace.

En lo alto de este Pórtico, como entre estalactitas, aparece la coronación de la Virgen María, y sobre ella un ciprés verde e incorruptible, símbolo de la eternidad, con palomas de alabastro blanquísimo, símbolo de las almas elegidas. Sobre el ciprés se ve la tau, inicial del nombre de Dios y debajo un pelícano, alimentando a sus dos crías con su propia sangre, simbolizando la Eucaristía.

El Pórtico del Nacimiento

El portal de la izquierda (la derecha, según se mira) está dedicado a la Fe y a María, y el tercero a la Esperanza y a San José. "La fe mueve montañas", se dice, y la puerta dedicada a la fe es la que está más próxima a la montaña que circunda Barcelona. Al lado opuesto mira hacia el mar; A él se vincula simbólicamente la esperanza. Entre la vegetación en piedra, en el lado de la Fe se hallan esculpidas las escenas de la Visitación, el taller de Nazaret, la presentación y la pérdida de Jesús en el Templo y la Inmaculada Concepción de María. En el de la Esperanza, el asesinato de los inocentes, la huida a Egipto, José con Jesús, los desposorios de la Virgen y la efigie de San José, patrono de la Iglesia, conduciendo una curiosa barca, a los pies de la montaña de Montserrat.

Estamos ante una sinfonía de claroscuros, de vida que surge a raudales de la piedra, de elevación, ante las cuatro torres de los apóstoles Bernabé (la única que pudo ver coronada del todo Gaudí), Matías, Simón y Judas Tadeo, que se levantan unos 100 m. sobre el suelo.

La insidia y la ignorancia han querido retorcer en ocasiones este profundo significado, ofreciendo otras interpretaciones disparatadas. Pero sólo desde la fe católica se puede comprender en verdad y completamente esta magnífica oración convertida en templo. Como el propio Gaudí decía, «el hombre sin religión es un hombre disminuido espiritualmente, un hombre mutilado». Él personalmente practicaba las virtudes humanas y cristianas, asistía a misa, frecuentaba los sacramentos y rezaba diariamente en la cripta de la Sagrada Familia, antes de empezar a trabajar.

Muchas personalidades que Gaudí tuvo oportunidad de conocer contribuyeron a perfilar su religiosidad: el beato Enrique de Ossó, los obispos Grau y Torras y Bages, el jesuita Ignasi Casanovas, el filipense Luis María de Valls, monseñor Cinto Verdaguer, Josep María Bocabella, Joan Martorell, monseñor Gil Parés, etc.

En 2005 la fachada del Nacimiento fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. A quien se acerca a ella con mirada limpia, la Sagrada Familia le habla de la fe del hombre, el sabio y el creyente Antonio Gaudí; le habla de la fe de un pueblo, de la fe de la Iglesia. «La Iglesia, decía Gaudí, no cesa de construir y por eso su cabeza es el Pontífice, que quiere decir el que hace puentes. Los templos son puentes para llegar a la Gloria».

El Pórtico del Nacimiento

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