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Amor humano

Juan Manuel De Prada

Juan Manuel De Prada

3 noviembre 2011

Muchas son las expresiones del amor humano, de esa necesidad que las personas tenemos de estar ligadas entre nosotras, de vivir unas por otras y para otras, de encontrar esa comunión que restablece la armonía de lo creado; pues, en efecto, nada hay en el mundo que exista de forma aislada o independiente. Y de entre todas esas expresiones seguramente no haya ninguna que nos reconcilie tanto con nuestra naturaleza de criaturas como el amor entre un hombre y una mujer. Lope de Vega, en un soneto célebre, acertó a describir ese cataclismo interior que se produce en cada uno de nosotros cada vez que nos enamoramos: “Desmayarse, atreverse, estar furioso... [...] ¡Esto es amor! Quien lo probó lo sabe”.

Pero vivir para darse, sacrificarse por otra persona, amarla a pesar de sus defectos, incluso a causa de sus defectos, solo es posible cuando el amor humano se conjuga y amalgama con el amor eterno. La idolatría del ser amado acaba conduciendo, tarde o temprano, a la indiferencia, el hastío o la repulsión. El auténtico amor acoge al ser amado no como un dios, sino como un don de Dios. No lo confunde nunca con Dios, pero no lo separa nunca de Dios.

Pero, y después de ese cataclismo, ¿qué ocurre? Porque la fuerza arrasadora de un estado afectivo como el que nos describe Lope no garantiza, bien lo sabemos, su duración. La mayor parte de las almas humanas son cementerios donde yacen las cenizas de pasiones que parecían nacidas para la eternidad. Y es que el amor solo es grande y duradero en la medida en que lo nutren las decepciones y los dolores sembrados sobre su camino; desconocer lo que hay de positivo y fecundo en el dolor es la tara principal de esta época delicuescente. Ese estado de excitación o embriaguez de los sentidos que describe Lope corre el riesgo de desvanecerse como una ilusión cuando choca con las rutinas de la vida. La intimidad cotidiana resta brillo a las cualidades del ser amado; y, al mismo tiempo, hace resaltar sus imperfecciones y miserias. Entonces el amor corre el riesgo de hundirse en la aridez y la insatisfacción. Solo el amante que aprende el realismo del amor puede sobrevivir al desvanecimiento de esa ilusión primera: solo aquel que sabe salir de sí mismo para entregarse al otro, para sentirse ligado al otro, vencido por el otro, invadido por su destino, puede hallar la verdadera alegría del amor. El amor que vive de codiciar siempre nos deja, a la postre, hambrientos; el único amor que nos deja saciados es el que vive para darse.

Pero vivir para darse, sacrificarse por otra persona, amarla a pesar de sus defectos, incluso a causa de sus defectos, solo es posible cuando el amor humano se conjuga y amalgama con el amor eterno. La idolatría del ser amado acaba conduciendo, tarde o temprano, a la indiferencia, el hastío o la repulsión. El auténtico amor acoge al ser amado no como un dios, sino como un don de Dios. No lo confunde nunca con Dios, pero no lo separa nunca de Dios. Escribe Dante, al referirse a Beatriz: “Ella miraba a lo alto y yo la miraba a ella”; y Víctor Hugo definía así la experiencia del amor: “Sentir cómo el ser sagrado se estremece en el ser querido”. Solo así los esposos pueden conservar eternamente alma de novios. Y es que, para amar a un ser lleno de imperfecciones, como somos cada uno de nosotros, es preciso amarlo más allá de sus propias imperfecciones, amarlo como “mensajero” de una plenitud que le sobrepasa.


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