Abilio de Gregorio
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Sólo quiero que mis hijos sean felices

3.- Felicidad y realidad

“Vivir es el oficio que yo quiero enseñarle” dice el preceptor de “Emilio” de Rousseau. Y enseñar a vivir a los hijos es educarlos para la realidad y desde la realidad. La expresión “educación para la realidad” fue acuñada por Freud. Para él, la realidad significa la resistencia con la que choca el hombre en su aspiración a la obtención del placer. Sin embargo, en Freud tal planteamiento tiene un triste tono de resignación, de solución de compromiso con aquello que uno no puede cambiar y con lo que tiene que aprender a sobrevivir. Si para él es lo mismo placer que felicidad, oponer el “principio de realidad” al “principio de placer” y “educar para la realidad”, supone una renuncia a la felicidad. Sabe que la realidad es el límite ineludible de nuestras posibilidades de satisfacción de la tendencia al placer y, por lo tanto, solamente aprendiendo a negociar con la realidad se pueden evitar las neurosis.

Para nosotros, no sólo “no existe la vida lograda al precio de la pérdida de la realidad” (R. Spaemann), sino que mantenemos que solamente es posible una vida lograda, de la que se sigue la felicidad, desde la afirmación de la realidad. De lo que se trata para ser feliz no es de ponerse de espaldas a la realidad para evadirse de ella; ni de efectuar una inmersión acomodaticia en la misma dejándose hacer mansamente por la realidad; ni de pretender que la realidad se acomode a nuestros deseos deformándola. De lo que se trata es de hacer una integración consciente de la realidad en un determinado vector de sentido.

En efecto: no parece que nadie en su sano juicio fuera capaz de aceptar prestarse a yacer el resto de su vida en una camilla bajo el efecto de narcóticos, o de otras estimulaciones nerviosas, en estado permanente de placer e incluso de euforia. Probablemente ninguno de nosotros quisiera cambiarse por un tal sujeto, a pesar de que nos aseguren ese continuo de bienestar. En realidad ese supuesto ser humano se encuentra al margen de la realidad. Su sueño puede ser plenamente placentero, pero es sueño, y lo que el hombre prefiere, en el fondo, es la realidad de la vida verdadera por mediocre y rutinaria que sea. Y en la realidad, se mezclan placer y dolor, alegría y tristeza, éxitos y fracasos. Es sobre ese cañamazo sobre el que hay que realizarse. Es frente a la realidad que nos presenta resistencias, como nosotros convertimos nuestra existencia en una realidad propia, que nos pertenece porque somos autores de la misma. Y, entonces, la percibiremos como obra lograda o como obra malograda. La percepción de logro dependerá de que cada pieza de esa realidad esté integrada en un dibujo significativo o aparezca como fragmentos de un puzzle sin significado. Ahí está el hontanar de la felicidad o de la desdicha.

Pero la realidad no puede reducirse a lo que se nos aparece como “normal”. Frecuentemente, lo que se nos presenta como normal a nuestro ojos no es sino una malformación, una degradación de la realidad. A veces la realidad exige que se le haga justicia rebelándose contra lo normal. Dice C. Lewis: "Pero no llamaremos azul a lo amarillo para complacer a los que quieren seguir teniendo ictericia, ni haremos un estercolero del jardín del mundo para dar satisfacción a los que no pueden tolerar el olor de las rosas”. Es labor de los educadores (padres o profesionales) hacer que al educando “se le haga real lo real”. Y con frecuencia constatamos que la realidad está más allá de su apariencia; que no siempre la realidad se nos impone por sí misma, sino que hay que descubrirla (no inventarla). Dante sitúa en el infierno a una masa de gente sufriente a la que denomina “pueblo afligido que ha perdido el bien del conocimiento”. Quizás se refiera a aquellos que, aquejados de pereza para la “penetración intelectual”, no han llegado a ver esa parte oculta de la realidad donde se encontraban las condiciones para conseguir una vida lograda.

Educar para que los hijos sean felices no supone, pues, apartarlos de la realidad en actitud superprotectora, sino enfrentarlos a ella dotándoles de los medios para ajustarse a la misma. Esa será una vida éticamente justa. Los medios comienzan con una información veraz y oportuna acerca de las realidades que les circundan, realidades que no siempre coinciden con las que pretenden presentar como tal los medios de comunicación (¿Cuál es la realidad de la familia? ¿Cuál es la realidad del amor? ¿Cuál es la realidad de la juventud? ¿Cuál es la realidad de la religión?...) Pero información que ha de ir acompañada de una disposición de esfuerzo para la “penetración intelectual” en esa realidad. Lo que de verdad da fundamento a nuestra vida y, por lo tanto, posibilidad de desarrollarla no está siempre tan a la vista aunque esté ahí. No es tan fácil discernir qué es el bien y qué es el mal, qué es lo importante y qué es lo trivial, si no se dispone de músculo intelectual para buscar la verdad (la realidad). Aferrarse a las seguridades de las apariencias empíricas primarias y encogerse de hombros ante las consistencias profundas de la realidad, en una actitud de tolerancia indiferente (“hay opiniones para todos los gustos y todas son igualmente válidas...”), es renunciar a los caminos de una vida lograda. Decía Zubiri en el año 1926 que “el verdadero educador de la inteligencia es el que enseña a sus discípulos a ver el “sentido” de los hechos, la “esencia” de todo acontecimiento”.

Y enfrentarse a la realidad, requiere también una fortaleza de ánimo para aceptarla y para dirigirla. Frecuentemente, la negación de la realidad, sus maquillajes o sus desprecios no son sino la actitud de la zorra ante las uvas a las que no alcanza: están verdes. Es más consolador para uno mismo desacreditar la realidad, que reconocer la falta de voluntad para enfrentarse a ella.

Educar para que los hijos sean felices no es tampoco instalarlos en la utopía pura. Plantear metas imposibles, mundos inexistentes por alcanzar, expectativas irreales es otra forma elegante de negar la realidad. “La imaginación al poder”, se decía en la Sorbona en el 68. Pero cuando algunos, años más tarde, tocaron poder, constataron que la realidad es más tozuda de lo que pensaban. La huída por la utopía siempre termina en el exilio de la frustración. Alguien ha escrito que la diferencia entre un esquizofrénico y un neurótico es que el esquizofrénico cree que dos y dos son cinco y al final no le salen las cuentas. El neurótico sabe perfectamente que dos y dos son cuatro, pero no le gusta y, por lo tanto, no lo acepta. Ambos se llevan muy mal con la realidad y por eso sufren.


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