Humanizar la salud
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Caminos auténticos e inauténticos para la alegría

INFIRMACIÓN COMO CAMINO DE INFELICIDAD

Xosé Manuel Domínguez Prieto

SALUD, ENFERMEDAD Y SANACIÓN DESDE LA PERSPECTIVA DE LA PERSONA

Sólo desde una perspectiva antropológica reductivista, meramente naturalista, se puede entender por salud el equilibrio homeostático o la plena funcionalidad orgánica y psicológica. Pero la persona es mucho más que estar 'en plena forma física' o 'estar a gusto consigo misma'. La persona es un equilibrio desequilibrado, un dar-de-sí, una flecha lanzada al infinito, un animal no fijado todavía. Coherentemente, la concepción que de la salud existe desde el personalismo comunitario es otra bien distinta. Así, para Guardini, "sano es lo que conduce a la mayor humanización; enfermo, por el contrario, lo que la impide" (Guardini, R: Ética. BAC, Madrid, 2000, p.722.). El concepto de salud es, sobre todo, de orden personal, antropológico, y consiste en el proceso personal de dar-de-sí integralmente y en apertura comunitaria. Por ello, habrá que acudir a una visión integral de quién es la persona para entender cabalmente qué entendemos por enfermedad y por salud. Sólo así se podría entender, por ejemplo, qué significa un proceso radical de sanación de un adicto: no se trata sólo de superar un síndrome de abstinencia físico o de recuperar comportamientos adaptativos: se trata de que la persona retome las riendas de su vida desde un sentido orientador y vivida como compromiso con otros. Para ello debemos tener en cuenta qué entendemos por persona. Desde una perspectiva personalista comunitaria podemos describir a la persona como siendo una estructura de notas con un dinamismo propio: el de crecimiento hacia la plenitud desde un sentido existencial y en relación comunitaria con otros.

El enfermar física o psíquicamente –como hemos señalado– es la otra cara de la moneda de nuestra finitud, de la que son especialmente conscientes los creadores, los santos, los hombres despiertos que perciben con nitidez la distancia entre lo que hacen y aquello que aspiraban a hacer, entre lo que son y aquello a lo que se sentían llamados. Tomar conciencia de la limitación, enfermedad y, sobre todo, la muerte, es causa de sanación y lucidez personales

En este mismo sentido, podemos entender ahora el significado de la patologización del vivir humano. Para facilitar la reflexión sobre este hecho, hemos propuesto en nuestros trabajos el neologismo ‘prosopopatía’ (del griego prosopon, persona y; pathetós, lo que se sufre, lo que afecta y, por extensión, lo que enferma) por parecernos el más adecuado a la novedad sobre la que queremos centrar nuestra atención: las patologías propias del vivir de modo inadecuado como persona (Cfr. Domínguez Prieto, X.M: La persona infirme. Fundación Mounier, Madrid, 2010.). La prosopopatía consiste en el hecho de que la persona no vive con firmeza su ser personal, de la persona in-firme. La infirmitas, en realidad, es condición inherente al ser humano, en cuanto realidad lábil, finita, provisional, sin acabar. Pero, justo por ser así, es orientación a la plenitud. La infirmitas a la que nos referimos aquí se identifica con los falsos caminos hacia la plenitud, con las formas de no caminar hacia plenitud.

En concreto, lo que proponemos es la siguiente hipótesis, a modo de idea matriz: que existe un enfermar físico, un enfermar psíquico y un enfermar de la persona (entendiendo que no es que la personeidad –en cuanto physis– enferme sino el modo de vivir como persona es el que no responde a la personeidad y por tanto decimos que no es firme, sino in-firme). La persona no puede enfermar ónticamente, pero sí empíricamente. ¿Cuál es la clave de la infirmación?: no ser fiel a uno mismo como persona, llevar una vida impersonal que no responda al orden objetivo y a los valores personales, que es tanto como decir, en términos existencialistas, como llevar una vida inauténtica, esto es, que no responda a la propia llamada. Lo que se produce, en este caso, es un mecanismo de sustitución, de enmascaramiento. Supone, además, una pérdida de lo real y de los límites y posibilidades de la propia realidad.

Es patente, además, que las patologías biológicas se manifiestan biológicamente (con resonancias afectivas), que las patologías psíquicas se manifiestan biológicamente o psíquicamente (o de ambas maneras) y que las patologías personales pueden manifestarse biológicamente, psíquicamente o no dar ningún síntoma, excepto el propio vivir despersonalizante.

En las infirmidades de la persona es el ser humano, como tal, lo que ha enfermado. Con Rosenzweig diremos “hemos ganado el convencimiento de que el hombre todo y sólo el hombre todo, de que el hombre como todo integral, se ha puesto enfermo” (Rosenzweig, F: El libro del Sentido común sano y enfermo. Caparrós, Madrid, 1992, p.33.). La etiología de muchísimas enfermedades físicas y psíquicas encuentran aquí su causa última y, consecuentemente, la terapia debe hacer necesaria referencia a la dimensión personal.


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