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Pedagogía de la resiliencia

La resiliencia construye futuros posibles sobre la esperanza humana y la consecución de la felicidad ante los sufrimientos, los traumas y el dolor padecido

Anna Forés es Profesora de la Escuelas Universitarias de Trabajo Social y Educación Social Pere Tarrés.
Universidad Ramón Lul.
Revista Misión Joven. No. 377 – 2008

Pedagogía de la resiliencia

La resiliencia es una metáfora generativa que construye futuros posibles sobre la esperanza humana y la consecución de la felicidad ante los sufrimientos, los traumas y el dolor padecido. Es un concepto que tiene un grande poder de inspiración.

La eclosión y la fecundidad del concepto metafórico de la resiliencia hoy en día se debe al secreto que evidencia la raíz misma de la resiliencia que no es otro que abrir, saber enfocar, saber dirigir la mirada hacia un abanico enorme de posibilidades y construir nuevas y enriquecidas realidades alternativas a partir de aquellas. La resiliencia es la capacidad de un grupo o de una persona de afrontar, sobreponerse a las adversidades y resurgir fortalecido o transformado. En otras palabras, es la capacidad de una persona o de un grupo de desarrollarse bien, para seguir proyectándose en el futuro a pesar de cruzarse con acontecimientos desestabilizadores, encontrarse con condiciones de vida difíciles y padecer traumas graves.

Cuando nos encontramos con situaciones que parecen no tener salida, la resiliencia nos invita a desbloquear la mirada paralizada, dar vuelta atrás del callejón sin salida y encontrar nuevas salidas, nuevas posibilidades. Consiste en reanimar lo que creemos acabado, sortear aquello que parecía que no se podía rehuir. «Reencantarnos» a nosotros mismos, redescubrir aquello extraordinario que todas las personas poseemos, sacar a la luz nuestro «tesoro» escondido. El proceso resiliente es parecido a la creación de la perla dentro de una ostra. Cuando un granito de arena entra en su interior y la agrede, la ostra segrega nácar para defenderse y, como resultado, crea una joya brillante y preciosa. Esta es la caricia y la perla que queremos compartir a lo largo de este artículo.

1. Descubriendo la resiliencia

El término resiliencia proviene del latín resilio que significa volver atrás, volver de un salto, rebotar, saltar hacia atrás, ser repelido o resurgir. El concepto no es nuevo en la historia. Se trata de un término que surge de la física y la mecánica, de la metalurgia, y se refiere a la capacidad de los metales de resistir un impacto y recuperar su estructura original. Este término también se usa en medicina, concretamente en la osteología, donde expresa la capacidad de los huesos de crecer en la dirección correcta después de una fractura.

Más tarde, el concepto fue utilizado en las Ciencias Sociales, como la psicología, la pedagogía, la sociología, la medicina social y la intervención social con un significado muy cercano al etimológico: ser resiliente significa ser rebotado, reanimarse, avanzar hacia adelante después de haber padecido una situación traumática.

1.1. Primera generación de investigación

EL concepto de resiliencia tal y como lo entendemos hoy en día, nace en los años 80. Surge como un intento de entender las causas y la evolución de las psicopatologías. Concretamente, el término es utilizado por la psicóloga del desarrollo Emmy Wermer que llevó a cabo un estudio longitudinal y prospectivo: el seguimiento de 698 individuos (nacidos el año 1955) desde el periodo prenatal hasta la edad de 32 años. Las niñas y niños eran los patitos feos de familias pobres de los bajos fondos de la isla hawaiana de Kauai.

El término resiliencia proviene del latín resilio que significa volver atrás, volver de un salto, rebotar, saltar hacia atrás, ser repelido o resurgir. Surge de la física y la mecánica, de la metalurgia, y se refiere a la capacidad de los metales de resistir un impacto y recuperar su estructura original

En su estudio, Emmy Wermer tuvo la intuición de considerar aquellos casos en que se adaptaron positivamente y llegaron a ser adultos con una vida equilibrada y competente a pesar de vivir situaciones de grande riesgo o adversidad durante su infancia. Los etiquetó como personas resilientes.

Wermer forma parte de una serie de precursores o primera generación de investigadores de la resiliencia que buscaban identificar los factores de riesgo y los factores protectores que habían posibilitado la adaptación de los niños. Estas investigaciones iniciales establecen la búsqueda alrededor de un modelo tríadico donde se estudian tres grupos de factores: los atributos personales, los aspectos relativos a la familia y las características de contexto donde están inmersos. De esta manera, entre de otros, se descubrió que la educación compensaba los déficits iniciales.

1.2. La segunda generación

A mediados de los años 90 surge una segunda generación de investigadores (como Michael Reuter y Edith Grotberg, entre otros) que continúan preocupados por descubrir aquellos factores que favorecen la resiliencia, pera ahora añaden una nueva vertiente de investigación con el estudio de la dinámica y la interrelación entre los distintos factores de riesgo y de protección.

La primera generación de investigadores considera la resiliencia como aquello que se puede estudiar una vez la persona ya se ha adaptado, cuando ya es resiliente. En otras palabras, sólo se puede etiquetar una persona de resiliente si ya ha habido adaptación; entonces, la investigación se centra en encontrar aquel conjunto de factores que han posibilitado la superación.

En cambio, la segunda generación de investigadores considera la resiliencia como un proceso que puede ser promovido. Por tanto, las investigaciones se preocupan más en dilucidar cuáles son las dinámicas presentes en el proceso resiliente con el objetivo fundamental de ser replicadas en intervenciones o contextos similares. Es necesario investigar, en un caso, la imbricación existente entre los distintos factores de riesgo y los resilientes; y por orto lado, también es necesario estudiar la elaboración de modelos que permitan promover la resiliencia de forma efectiva mediante programas de intervención.

Todas las personas podemos ser resilientes. El desafío consiste en encontrar la manera de promover la resiliencia en cada persona, tanto individualmente como en las familias y las comunidades.

La segunda generación de investigadores rompe los esquemas fijos e inamovibles respecto los factores. De esa manera, sus estudios constatan que la distinción que se establece entre factores promotores y factores de riesgo es muy permeable. El que para una persona puede significar un factor que ayuda a superar la adversidad, en otra puede ser un factor de riesgo. Es más acertado referirse a una mezcla sui generis de factores. En cada persona y situación sería necesario agitar una coctelera con una mezcla determinada de factores.

Dentro de esta segunda línea de investigaciones, es conveniente destacar los resultados y las reflexiones realizadas a partir del estudio de niños en situaciones adversas llevadas a cabo por el BICE (Oficina Internacional Católica de la Infancia). Es conveniente constatar que ellos son los responsables del primer libro sobre resiliencia en el estado español: El realismo de la esperanza. Herido pero no vencido. Un título precioso y adecuado.

A pesar de que en sus inicios las investigaciones alrededor de las personas con resiliencia se dirigieron a estudiar una infancia marcada por situaciones traumáticas, ahora el estudio de la resiliencia se ha extendido y entendido como una cualidad que puede ser desarrollada a lo largo del ciclo de la vida. La resiliencia se ha convertido en una categoría susceptible de ser aplicada a todo el ciclo vital. No se trata de un proceso reducido a la infancia. Todo el mundo, en cualquier etapa de su vida y en cualquier ámbito, puede encontrarse en una situación traumática, la puede superar y salir fortalecido. Por eso podemos hablar de educar y favorecer la resiliencia. Aunque no sea fácil especialmente si no le vemos el sentido a nuestro dolor.


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