Abilio de Gregorio
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Vidas sólidas, líquidas o gaseosas

El quehacer de la educación es un camino de consolidación vital

Vidas sólidas, líquidas o gaseosas

Las vidas de las personas con las que uno se va topando en el paso de los años también podría decirse que se nos presentan como la materia: unas, en estado sólido; otras, en estado líquido, y otras, en estado gaseoso.

Hay vidas gaseosas, sin forma ni volumen fijo. Cambian según las condiciones de la presión social y la temperatura modal del medio ambiente. Son vidas volátiles, vidas que se caracterizan por la necesidad de estar siempre escapando. Vidas en disposición de fuga, como los gases. Un sujeto con vida gaseosa siente una necesidad compulsiva de estar siempre fuera, de di-versión (dar vueltas hacia fuera) - hasta puede resultar di-vertido -, necesidad de salir, no importa dónde. La persona de vida gaseosa tiene necesidad de viajar, pero no viaja por topofilia; viaja por topofobia, huyendo del lugar donde está. Pasa por muchos lugares, pero nunca está en ninguna parte.

Carece de vida interior. Le da vértigo mirar a su interior. Se aburre en el silencio y en la soledad. Le asustan. No dispone de criterios fijos ni de convicciones. Suele circular en sociedad con una cultura de zapping: “dicen…”, “he oído que…”, “parece ser que…”. Acostumbra a estar al tanto de lo que se lleva y no tolera quedarse atrás en las modas. Es de lo más “in”. Hasta a las ideas convierte en bienes de consumo, de usar y tirar: es vital estar al día.

Su palabra es humo. No le importa hacer el bien, sino quedar bien. No le importa ser libre, sino andar suelto. No tiene ninguna posición firme, pero cuenta con muchas poses.

Hay también vidas líquidas. Cuentan con una gran versatilidad de imagen porque adquieren, en cada caso, la forma del continente en el que permanecen. Son vidas que necesitan ser contenidas desde el exterior. Se acomodan a su vasija, y cuando no hay vasija, se desparraman.

Son esas vidas acomodaticias. Ajenas en gran medida a sí mismas. También los sujetos de vida líquida tienden a perderse en las corrientes de opinión, carecen de originalidad en tanto en cuanto su configuración vital no tiene el origen en ellos mismos sino en esas prótesis exteriores que necesitan para tener algún formato. Decimos que son personas carentes de personalidad. En realidad no son un alguien, sino un cualquiera. No se poseen, sino que son poseídos. Es una forma de enajenación, puesto que, en alguna medida, se sienten ajenas a sí mismas. Alguien les vive la vida.

Dar solidez a la vida personal es el quehacer de la educación
Una vida sólida supone una liberación y una conquista: se hace. Este es el quehacer de la educación: consolidar, solidificar la vida. Pero este es también el camino de la perfección: llevar a término la propia vida que se planifica en el heroico “hágase en mí según tu Palabra”

En rigor, la persona de vida líquida carece de la estabilidad necesaria para contraer compromisos a largo plazo. Su generosidad sólo alcanza al “todo, pero no para siempre”. Dispone, pues, de convicciones de temporada: “Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”. (Groucho Marx). El empeño del hombre de vida líquida es agradar a todos, decir a cada uno lo que cada uno quiere escuchar. Su ideal de vida es caer bien, un tipo “guay”, un tipo con encanto. En el ámbito de la educación, el profesional de vida líquida termina haciéndose a imagen y semejanza de sus discípulos. Trueca la verdad por el aplauso. En esas vidas líquidas toda sustancia se disuelve. Por eso terminan siendo vidas disolutas.

Pero, afortunadamente, son muchas las vidas sólidas con las que uno se encuentra. Son vidas con forma y volumen constantes, con una notable regularidad en sus estructuras personales. Son vidas con peso y con poso. Son sujetos verdaderamente personalizados. Saben lo que piensan, saben lo que quieren y permanecen fieles a si mismos.

La persona de vida sólida generalmente hace de su vida un proyecto de ser y reúne todas las fuerzas disponibles para realizarlo. Tiene un ideal y una voluntad suficientemente energizada para perseguirlo. No cambia de la noche a la mañana. A su lado se tiene la sensación de fortaleza, de claridad, de precisión.

Al hombre o a la mujer de vida sólida no le seduce fácilmente el prestigio, ni el poder, ni el tener. Muestra un gran dominio no solamente sobre las circunstancias, sino también sobre sí mismo, a pesar de los estados de ánimo, de las emociones transitorias, de las pulsiones espontáneas. La impresión que da es que suele tener siempre en su manos las riendas de su vida sean cuales sean los cambios de la opinión pública o los vientos de las circunstancias.

Pero es preciso decir que una vida sólida, la solidez de una existencia, supone una liberación y una conquista: se hace. Este es el quehacer de la educación: consolidar, solidificar la vida. Pero este es también el camino de la perfección: llevar a término la propia vida que se planifica en el heroico “hágase en mí según tu Palabra”.


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