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Encrucijadas de la carne y del espíritu

VICENTE HUIDOBRO

LA EXTRAÑA AVENTURA POÉTICA DEL CREACIONISMO

Encrucijadas de la carne y del espíritu

Está conmemorándose el noventa aniversario de la publicación de “Altazor” del poeta chileno Vicente Huidobro. Era el año 1919. Libro polémico como nos recuerdan las duras diatribas que Guillermo de la Torre mantuvo con el autor. Estaba reciente aún el fin de la Primera Guerra Mundial y se estaba asentando en Rusia el comunismo. Los horrores recientes, expresión de la deshumanización y de la crueldad endémica del siglo XX, no impidieron que el Occidente, incluida Europa, bailara el charlestón, ni las damiselas con sus elegantes pamelas, decorasen como en un anuncio publicitario el vacío espiritual de una sociedad, que en lugar de pararse y realizar un examen de conciencia para buscar las causas de lo sucedido, huía hacia delante, como suele aconsejar el vértigo. El 98 fue voz reflexiva pero no suficiente ni siempre acertada. El mundo se estaba quedando sin alma, absolutamente desorientado en humanidad. El triunfo de los irracionalismos vitalistas presagiaba la aparición de líderes capaces de todo, como Hitler o Stalin. Como telón de fondo guiaban el pensamiento Comte, Nietzsche o Schopenhauer.

Por esos años aparecen las vanguardias estéticas que tanto desazonaban a Unamuno. Juegos, juegos ingeniosos y deslumbrantes de palabras, como las que escribía Don Ramón de la Serna. Las greguerías hicieron fortuna.

¿Todo se reducía a simple juego de niño bien? Así lo parecen el Futurismo, el Creacionismo, el Fovismo, el Dadaismo etc.: Los primeros movimientos. Los manuales de literatura hacen hincapié en diferenciarlos del surrealismo, movimiento comprometido e irracional. Pero las cosas nunca son tan simples.

Altazor” me ofreció una clave para desenredar el marasmo en que el arte contemporáneo se encuentra. Altazor es un libro compuesto por siete cantos y un sorprendente prólogo. Se trata de un solo gran poema, que debe leerse en unidad, para que cada parte, de asunto diferente, adquiera su sentido pleno.

El prólogo que es una biografía poética está entretejida de greguerías:

“Amo la noche, sombrero de todos los días. La noche, la noche del día, del día al día siguiente. Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos. Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcos-iris.”

He aquí la primera pista iluminadora: la muerte. Se nos presenta el autor cayendo del cielo en un paracaídas. “Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.” “Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.” “Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto. Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo. Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.” Nada puede detener su destino. Y para colmo solitario: “Y heme aquí solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos.” La poesía es un alto en el proceso que debe iluminar con luz de incendio:

“Y aprovechando este reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:

«Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.

Al contemplar el mundo, exclama:

Ah, qué hermoso... qué hermoso.

Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles.

Veo la noche y el día y el eje en que se juntan.

Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.”

Pero sabe que todo es inconsistente porque todo acaba con la muerte.

Si os encontraseis con versos del canto VII sin otra referencia, pensaríais que se trata de una tomadura de pelo. Y no es así. En esos años se intentó componer poesía con sólo los sonidos del lenguaje, sin contenido ni significación. Por un verso afortunado se le dio el nombre de “jitanjáfora”. El canto VII es una larga jitanjáfora. Pero no sin sentido. ¿Qué ocurriría si todo el universo incluido el hombre hubiera perdido el “logos”, la razón como clave de la existencia?. Probablemente nuestros vocablos se reducirían a un grito amargo, algo parecido a “El grito” de Munch en pintura. El canto VII no es un juego sonoro, es un grito final, es el grito del hombre al terminar de cruzar el puente de la vida, aunque todo parezca un trabalenguas absurdo. Así comienza el largo y amargo lamento

“Ai aia aia
ia ia ia aia ui
Tralalí
Lali lalá
Aruaru 5
urulario
Lalilá
Rimbibolam lam lam
Uiaya zollonario
lalilá 10
Monlutrella monluztrella
lalolú
Montresol y mandotrina
Ai ai

El canto I es el más extenso (684 versos). El prólogo nos había dado algunas claves, incluso la reducción de Dios a un nombre vacío “Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso como un ombligo.” irreverente incluso con la Virgen María. El canto I es un poema filosófico, en que el hombre pierde su razón de ser. Nada de lo que había enseñado la cultura occidental queda en pie. Como en un cataclismo se van derrumbando todas sus pretensiones. La construcción de un mundo feliz se ha venido abajo. Es sordo quien no oye el clamor. Es ciego quien no ve los escombros. Y sin embargo erre que erre seguimos en los mismos errores como si estos fueran la única senda del hombre. ¿Hasta cuándo? Percibo una nostalgia inconmensurable del reino de las bienaventuranzas. ¿No oís entre tanto sollozo como un lejano clamor del Reino de Cristo?

El comienzo es especialmente significativo. Ha de leerse en el contexto de la referencia a la expulsión de los Primeros Padres del Paraíso por su desobediencia inicial. Ahora tiene lugar la expulsión segunda del paraíso que con sus propias manos quiso construirse el hombre. Sin este acontecimiento no puede entenderse ni la historia del mundo moderno y contemporáneo ni su alma desolada y desorientada. Así comienza el canto I. Reflexionad sobre el verso 12:

“Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa
Con la espada en la mano?
¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios?
¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser? 5
Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir
¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos los vientos del dolor?
Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor
Estás perdido Altazor
Solo en medio del universo 10
Solo como una nota que florece en las alturas del vacío
No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza
¿En dónde estás Altazor?”


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