Saber mirar
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Vicente Gaos

Vicente Gaos

MÁS QUE ETERNO


 ¡Ansia de eternidad! Señor, ¿acaso
no es suficiente ya con esta vida,
con esta hermosa noche concedida,
límite entre tu aurora y nuestro ocaso?


¿Si la luz de esta noche en que me abraso,
si el fuego en que mi sangre está encendida
no colman mi ambición en su medida,
dime qué tierra medirá mi paso?


¿Qué cielo exigiré para mi frente,
qué luz para mis ojos y qué fuego
para este corazón tan vehemente ?


Será inmortal. ¿Y alcanzaré el sosiego?
¿La eternidad será, al fin, suficiente?


No, siempre, siempre pediré más, luego.

ABJURACIÓN


No sé, Señor, si mi obra, engendrada en el orgullo, escrita a ciegas,
ha sido motivo de confusión y piedra de escándalo.


No sé si ha sido interpretada rectamente, o abominada con justo motivo.


Ni yo mismo sabía lo que me escribía.


Tal vez creí que iba por el buen camino cuando sólo daba traspiés y trazaba surcos torcidos,
renglones ripiosos, chapuzas temerarias de mal obrero
que en lo alto del andamio, ebrio y vacilante, al borde del abismo,
se mofaba de la profundidad, despreciaba el vértigo.


Si fue así,
si escribí sólo por amor propio, por engreimiento, por mera vanidad mundana,
para perecedera satisfacción de la carne, tentado por el demonio,
si fue así, Dios mío,
sé mi censor a fortiori, tú que todo lo puedes;
borra todas mis palabras, todas mis letras,
del alfa al omega, de la fecha a la cruz.


Bórralas, perdónamelas, vuélvelas papel en blanco,
dalas por no escritas por mí ni leídas por nadie.


Anonada mi presunción,
ilumina a los que por mi causa quedaron acaso confusos o escandalizados.


Acepta esta abjuración, haz que crean en esta pública confesión mía,
en la que, lleno de pesar, me retracto de todos mis desvíos y errores.


Si, por mi culpa, me creyeron ateo y blasfemo,
que ahora me crean también vocado, no a la poesía, a la obra mal hecha,
sino llamado por ti, Supremo Hacedor, poeta por antonomasia,
único creador verdadero.


Tú, Señor, sabes que en el fondo de todas mis paradojas, heterodoxias y negaciones,
estabas siempre presente, aunque acaso distante;
justamente ofendido, pesaroso y llamándome de continuo a tu gracia, crucificado por cada palabra temeraria mía,
anhelante de verme al fin rectificar y dar buenos frutos.


Pues, aunque mi intención fuese buena,
la intención es estéril si no va acompañada de buenas obras. Tú sabes
que cuando escribía nada, quería escribir creación,
cuando te pedía que no me amenazases con otra vida,
estaba sediento de ti, de más vida (eterna).


Que cuando -insensato de mí, temerario más allá de la raya, pobre criatura
te exigía oscuridad, te estaba pidiendo luz;
cuando osaba llevarte la contraria,
volver del revés las Bienaventuranzas o el Padre Nuestro,
con ignorantes y baldías contradicciones, presumiendo de ingenio, como jugador de ventaja.


Era un desdichado, un miserable, un nuevo hijo pródigo,
un necio.


Pequé contra ti y tal vez conturbé a mis semejantes, a mis hermanos.


Padre, Señor, ahora que, lento a la ira y rico en clemencia,
me has recibido de nuevo en tu casa, me has perdonado y te has regocijado, era evidente,
quitándome la venda de los ojos, y el orgullo del corazón;
ahora que me has recordado lo que no debí olvidar nunca,
que tú eres el camino, la verdad y la vida,
recuérdamelo otra vez, cada día, incesantemente,
pues la carne es flaca, la memoria olvidadiza.


Déjame ir en adelante siempre por tu camino, sin entretenerme ni desviarme.


Déjame vivir en tu verdad y no apartarme mendazmente de ella.


Dame lo que quieras, enmiéndame y mándame,
como tú solo sabes hacerlo, sin palo ni piedra,
con mandatos que son súplicas,
con castigos que resultan a la postre inefables consuelos,
en este valle de lágrimas
pues si lloro de veras, seré consolado.


Dame lo que quieras en esta vida
(no sé si vida mortal o muerte vital, es lo mismo),
y otórgame al fin la otra, dánosla a todos,
justos y pecadores, píos e impíos.


Danos la vida que no acaba
sino en ti,
en la abierta, en la misericordiosa eternidad de tus brazos.


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