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VICTOR HUGO: Los Miserables

EL PODER TRANSFORMADOR DEL BIEN

Los Miserables
Un ideal inesperado: sólo la vuelta a Dios, sólo la recuperación en la vida social y política del amor misericordioso de Cristo, impregnando la realidad no de nombre, sino vitalmente traerá la paz y la plenitud a los pueblos.

Acabo de releer la ya casi olvidada novela de Victor Hugo “Los Miserables”. No recordaba el anclaje histórico tan preciso de La Francia de las Revoluciones.

La narración recuerda el año 1796, en que Jean Valjean es condenado a trabajos forzados por haber robado unos panes para saciar la hambruna de hermanos y padres. La Revolución Francesa está en el ardor inicial de los grandes principios y de las crueles represiones. Sin embargo poco ha cambiado en lo que al ejercicio de la justicia toca. Es una revolución burguesa y crimen de lesa patria, atentar contra los bienes de un buen ciudadano burgués. A través del mundo social reflejado se alza una legalidad sin alma. Una Ley implacable, por encima de la justicia.

Escrita en claves estéticas románticas, ofrece momentos del realismo y aún del naturalismo posterior, no por el determinismo del que carece, sino por las crudas situaciones que no desdeña describir. La novela se publica en 1862, en plena madurez del artista y escrita desde el exilio decretado por Napoleón III, odioso personaje objeto de sátiras y críticas amargas. Víctor Hugo que fue bonapartista y aún monárquico en su juventud, se convirtió con los años en un republicano ferviente.

La aventura de Valjean se sitúa en un tiempo real en el que los acontecimientos históricos convierten a los personajes de ficción si no en reales, en verosímiles. Algo sabía Cervantes y algo aprendió de todo esto nuestro Don Benito Pérez Galdós.

La aventura comienza en 1815 cuando abandona sus prisiones nuestro protagonista. Lo anterior es una vuelta atrás. Realmente no sale. Ha sido arrojado al mar de la vida, como cuando en medio de la tormenta se oye el impotente y despiadado “hombre al agua”. Su liberación coincide con la derrota en Waterloo de Napoleón. Hugo narra y comenta la batalla. La victoria era de Napoleón, pero el barrizal que ocasionó la lluvia torrencial inesperada durante la noche impidió la movilidad de la artillería, dio tiempo a que llegaran los aliados y la victoria quedara en el honor de Wellington. Detrás vendrá el Congreso de Viena, el imperio de la Ley, la aparente restauración de la Iglesia, Una Santa Alianza, que sólo mira por sus intereses y anuncia sus luchas internas y su debilidad. De Santa no tiene más que el nombre. La caracterización del Inspector Javert, el antagonista, coincide con los criterios e ideales éticos de la época. El imperio de la Ley, el rigor de una Ley que termina aplastando a los débiles, a los miserables.

El segundo anclaje histórico es la revolución de 1830, la que destrona al rey Carlos X y anuncia el renacimiento de la comuna aunque falte tiempo para el triunfo republicano. Entre esas fechas históricas se mueve la trama de la novela, el mundo social de los miserables como el de la desgraciada Fantina y su hija Cosette, el embrutecido matrimonio Tesnadier, la persecución implacable del inspector Javert y Mario, el aristócrata revolucionario, el futuro marido de Cosette.

Como admirable contrapunto, recorre la narración un ideal inesperado: sólo la vuelta a Dios, sólo la recuperación en la vida social y política del amor misericordioso de Cristo, impregnando la realidad no de nombre, sino vitalmente traerá la paz y la plenitud a los pueblos. Valjean, el presidiario embrutecido y deshumanizado, se va a transformar en motor, incluso económico, de una ciudad y de una comarca cuando descubre que el fin de la vida es hacer el bien siempre, por amor de Dios. Frente a un mundo sórdido, recorre un viento fresco de caridad que acompaña al protagonista, que, como Cristo, pasó haciendo el bien. Toda la novela es un soplo de esperanza. El bien, guiado por la caridad, como nos lo acaba de recordar Benedicto XVI, es el único remedio para nuestro tiempo.

Todo comenzó con la acción de Monseñor Myriel, el obispo, anciano bondadoso y encantador que con una pequeña y sagaz obra de caridad y de misericordia, desencadena la conversión de un bribón en un hombre bueno y desde ese momento un torrente de bien brota por donde camina. En la última frase del fragmento elegido se encuentra el germen de toda la novela. “Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien.”

* * * *


Todo comenzó con la acción de Monseñor Myriel, el obispo, anciano bondadoso y encantador que con una pequeña y sagaz obra de caridad y de misericordia, desencadena la conversión de un bribón en un hombre bueno y desde ese momento un torrente de bien brota por donde camina.

“Cuando ya iban a levantarse de la mesa, golpearon a la puerta.

Adelante - dijo el obispo.

Se abrió con violencia la puerta. Un extraño grupo apareció en el umbral. Tres hombres traían a otro cogido del cuello. Los tres hombres eran gendarmes. El cuarto era Jean Valjean. Un cabo que parecía dirigir el grupo se dirigió al obispo haciendo el saludo militar.

- Monseñor... - dijo.

Al oír esta palabra Jean Valjean, que estaba silencioso y parecía abatido, levantó estupefacto la cabeza.

- ¡Monseñor! - murmuró -. ¡No es el cura!

- Silencio - dijo un gendarme -. Es Su Ilustrísima el señor obispo.

Mientras tanto monseñor Bienvenido se había acercado a ellos.

- ¡Ah, habéis regresado! - dijo mirando a Jean Valjean -. Me alegro de veros. Os había dado también los candeleros, que son de plata, y os pueden valer también doscientos francos. ¿Por qué no los habéis llevado con vuestros cubiertos?

Jean Valjean abrió los ojos y miró al venerable obispo con una expresión que no podría pintar ninguna lengua humana.

- Monseñor -dijo el cabo-. ¿Es verdad entonces lo que decía este hombre? Lo encontramos como si fuera huyendo, y lo hemos detenido. Tenía esos cubiertos...

- ¿Y os ha dicho -interrumpió sonriendo el obispo- que se los había dado un hombre, un sacerdote anciano en cuya casa había pasado la noche? Ya lo veo. Y lo habéis traído acá.

- Entonces -dijo el gendarme-, ¿podemos dejarlo libre?

- Sin duda -dijo el obispo.

Los gendarmes soltaron a Jean Valjean, que retrocedió.

- ¿Es verdad que me dejáis? -dijo con voz casi inarticulada, y como si hablase en sueños.

- Sí; te dejamos, ¿no lo oyes? -dijo el gendarme.

- Amigo mío -dijo el obispo-, tomad vuestros candeleros antes de iros.

Y fue a la chimenea, cogió los dos candelabros de plata, y se los dio. Las dos mujeres lo miraban sin hablar una palabra, sin hacer un gesto, sin dirigir una mirada que pudiese distraer al obispo.

Jean Valjean, temblando de pies a cabeza, tomó los candelabros con aire distraído.

Ahora -dijo el obispo-, id en paz. Y a propósito, cuando volváis, amigo mío, es inútil que paséis por el jardín. Podéis entrar y salir siempre por la puerta de la calle. Está cerrada sólo con el picaporte noche y día.

Después volviéndose a los gendarmes, les dijo:

- Señores, podéis retiraros.

Los gendarmes abandonaron la casa.

Parecía que Jean Valjean iba a desmayarse.

El obispo se aproximó a él, y le dijo en voz baja:

- No olvidéis nunca que me habéis prometido emplear este dinero en haceros hombre honrado.

Jean Valjean, que no recordaba haber prometido nada, lo miró alelado. El obispo continuó con solemnidad:

- Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.”


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