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Unas reflexiones acerca de la “ética del cuidado”

Andrés Jiménez

Unas reflexiones acerca de la “ética del cuidado”
La ética del cuidado, propia más bien de las mujeres según Gilligan y una parte del feminismo más reciente, consiste en juzgar teniendo en cuenta lo concreto, las circunstancias personales de cada caso. Está basada en la responsabilidad por los demás. Ni siquiera se acepta la neutralidad cuando alguien necesita que se actúe.

La Modernidad, dominada en lo cultural por el protestantismo y el liberalismo que triunfaron con la Ilustración, trajo consigo la separación entre la vida publica y la vida privada, dando prioridad a la primera sobre la segunda. Desde el siglo XVII sobre todo, la vida pública será territorio de los varones y la privada de las mujeres. En ambas, además, la idea –y la práctica– de la corresponsabilidad interpersonal están ausentes.

Al profundizar en este reparto de tareas y de criterios predominante en el modelo ilustrado, ante las necesidades vitales, surgió en la década de los 80 el debate sobre dos éticas distintas. Los primeros trabajos acerca de la llamada ética del cuidado fueron desarrollados por Carol Gilligan, profesora de Estudios de género (Gender Studies) en Harvard, quien en 1982 publicó In a Different Voice en discusión con L. Kohlberg, destacando la existencia de diferencias significativas en el razonamiento moral según el sexo. Sostiene que, así como los varones razonan jerarquizando principios, normas morales de justicia y derechos, las mujeres lo hacen dentro de un contexto, atendiendo a consideraciones relativas a las relaciones personales, a los detalles de la situación… Como consecuencia, son ubicadas por Kohlberg en un rango inferior al de los varones en su escala del desarrollo moral, lo que no es de extrañar en la mentalidad neokantiana (ilustrada –marcadamente racionalista, protestante y liberal–) en la que se inscriben los planteamientos de este conocido psicólogo de la educación.

Para Carol Gilligan las mujeres no son menos maduras moralmente que los hombres, simplemente hablan una “voz diferente”. Gilligan, que había ayudado al propio Kohlberg en algunas de sus investigaciones, respondió en el libro citado aduciendo que los menores de diferente sexo piensan de distinto modo y que esto no significa que ellas tengan menores capacidades para hacer razonamientos morales. Las mujeres, según Gilligan, privilegian los vínculos con los demás, las responsabilidades en el cuidado por encima del cumplimiento abstracto de deberes y del ejercicio de derechos.

Así pues, entendiendo la ética como el conjunto de las normas morales que rigen la conducta humana, para Gilligan hay dos formas de comportarse: siguiendo una ética de la justicia o según las normas prescritas por la ética del cuidado.

La ética de la justicia, que es, dice, la dominante en las sociedades occidentales, surgió para resolver los conflictos mediante la fuerza y el consenso, para ser aplicada donde hay que distribuir algo y donde la lucha por el poder se concibe como asunto fundamental. Es la ética de lo público. No importa lo que se distribuya, lo que importa es que el procedimiento sea “justo” (intercambio de cosas o bienes equivalentes). Es la ética que triunfa con la Ilustración. Pero una vez más, “lo universal” –igual que ocurrió con los derechos– sólo se refería a lo masculino y a los estándares “de progreso”.

Carol Gilligan
Los primeros trabajos acerca de la llamada ética del cuidado fueron desarrollados por Carol Gilligan, profesora de Estudios de género (Gender Studies) en Harvard, quien en 1982 publicó In a Different Voice en discusión con L. Kohlberg, destacando la existencia de diferencias significativas en el razonamiento moral según el sexo.

Gilligan se planteaba si existen distintas formas de razonamiento moral entre hombres y mujeres como consecuencia de las construcciones de género, ya que -afirma- a los hombres se les exige individualidad e independencia y a las mujeres se les impone el cuidado de los demás y rara vez son vistas como personas individuales. La ética de la justicia se caracteriza por el respeto a los derechos formales de los demás, la importancia de la neutralidad y por juzgar al otro sin tener en cuenta sus particularidades. En esta ética, la responsabilidad hacia los demás se entiende como una limitación de la acción, un freno a la agresión puesto que se ocupa de consensuar unas reglas mínimas de convivencia y nunca se pronuncia sobre si algo es bueno o malo en general (legitimidad moral), sólo si la decisión se ha tomado siguiendo las normas (legalidad).

Frente a ella, la ética del cuidado, propia más bien de las mujeres según Gilligan y una parte del feminismo más reciente, consiste en juzgar teniendo en cuenta lo concreto, las circunstancias personales de cada caso. Está basada en la responsabilidad por los demás. Ni siquiera se acepta la neutralidad cuando alguien necesita que se actúe. Esta ética entiende el mundo como una red de relaciones y lo importante no es el formalismo, el fondo de las cuestiones sobre las que hay que decidir o actuar; más aún, añadimos, importan sobre todo las personas.

Las teorías de la filosofía moral y política modernas nacen de una idea semejante a la del homo oeconomicus. Para Hobbes o Rousseau, entre otros, el ideal es un hombre desarraigado, sin vínculos (no pone en valor a su familia ni se siente vinculado a las generaciones venideras). Así, lo que proponen es que los hombres tienen que hacer pactos entre sí; es el contrato social, la ley que domestica la competición y evita la lucha de todos contra todos. Otra teoría interesante pero falsa porque la sociedad no podría funcionar así –sigue estando movida por el interés y por el poder, en este caso por el equilibrio de poderes– y, sobre todo, no podría fundamentar vínculos de solidaridad personales y morales de por vida, ni tampoco, como es evidente, abrirse a la vida y la reproducción mirando a las generaciones futuras.

Frente a esta teoría dominante (propia de la ilustración protestante-liberal, conviene no olvidarlo), el concepto central y más valioso de la ética del cuidado es la responsabilidad. Puesto que la sociedad no es un conjunto de individuos solos, los seres humanos formamos parte de una red de relaciones, dependemos unos de otros. La ética del cuidado cuestiona la base de las sociedades capitalistas en las que el intercambio es de valores idénticos: “tanto me das, tanto te doy”. Si se aplica la responsabilidad y la lógica del don el intercambio no es exacto, depende de lo que cada uno necesite. Cobran importancia la gratuidad y la solidaridad hacia la vida humana. La corresponsabilidad y la “lógica del don” se proponen como un horizonte más amplio y más humano en todos los ámbitos: la familia, la amistad, el amor, la política y las relaciones sociales, también en la economía. La responsabilidad y la solidaridad han de ser un deber ético para el conjunto de la sociedad. Además, son un antídoto para la violencia: es difícil destruir lo que uno mismo ha cuidado.

La ética del cuidado se ofrece como un correctivo al racionalismo ilustrado y a la voluntad de poder como forma de concebir la vida y la convivencia. Pero su camino no es tampoco –no debería ser– el colectivismo ni el estatalismo socialista, donde la singularidad y la dignidad personal desaparecen frente al poder estatal o la existencia genérica.

Tampoco es admisible una versión feminista del cuidado que reconoce sólo a quien cuida la plena capacidad de decidir acerca del destino de las personas atendidas cuando éstas no pueden hacerlo (no nacidas, enfermas, disminuidas, etc.), ni la atribución de este poder a las instancias administrativas o estatales.

Obviamente, la persona que cuida, sea profesional de la salud, educador, familiar, amigo, voluntario, etc., no debe realizar ningún procedimiento científicamente incorrecto. La competencia técnica no se excluye, todo lo contrario, es una exigencia del trato acorde con la dignidad de la persona. Por ejemplo, es claro que la ética del cuidado es necesaria en la praxis médica y sanitaria en general, de modo que la actividad médica no se centra sólo en “tratar” la enfermedad, sino que también exige “cuidar” a la persona.

En esta línea, se ha de respetar la inviolabilidad de las personas, pues no hay que imponerles sacrificios y privaciones considerables en contra de su voluntad. Así pues, en la relación de cuidado a la persona es esencial el diálogo y la confianza mutua. Si actuamos de este modo, reconocemos y respetamos la dignidad de la persona, ya que la tratamos como persona, como ser humano, y no como un objeto al que hay que cuidar.

El sentimiento no es lo fundamental para actuar correctamente de acuerdo con una verdadera ética del cuidado, sino que lo importante es la conciencia del valor humanidad, de la dignidad de toda persona, y no la mera simpatía o la compasión. Por este motivo, no podemos exigir que en la persona que cuida se den necesariamente dichos sentimientos, pero sí que las acciones que realice sean acciones coherentes con el valor de la humanidad, es decir, acorde con unos principios éticos bien fundados.

No debe olvidarse tampoco que la persona cuidadora, obviamente, también es una persona, y debe reconocerse el valor y el mérito de su dedicación, lo que, entre otras cosas, incluye que debe también “cuidarse y ser cuidada”. Su labor es un servicio, no una servidumbre ni una sumisión.

Evidentemente, el paradigma más cercano a la ética del cuidado y de la responsabilidad sobrepasa el marco de la política y la lógica del poder. A decir verdad, más aún que en el feminismo, puede -a nuestro entender- reconocerse en el marco de la Doctrina social católica.


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