Escuela de padres
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Una epidemia familiar terrible (II)

LA ‘NOTENGOTIEMPITIS’

Una epidemia familiar terrible

La convivencia requiere silencios, miradas, escuchas, presencias. Es fruto de un intercambio de afectos, de ideas, de vivencias, ilusiones y deseos, de contrariedades y de logros cotidianos, que requieren tiempo y atención.

Para comunicarse, para decirse algo, entre otras cosas esenciales, es preciso tener algo que decir. Y para esto es preciso el silencio, que es la respiración y el descanso del alma; tener tiempo para pensar, pararse a pensar. Hacer balance de la propia vida, proyectar, sopesar hechos, palabras y actitudes, redescubrir el sentido y el valor de lo que hacemos. Tener tiempo para uno mismo, que es para pensar en los demás miembros de la familia, en cada uno de ellos y en mí. Tiempo para estar a solas, para hacer silencio y serenarse. Para reflexionar y para soñar. Para dedicarse a las propias aficiones –“afición” viene de “afecto”-, a aquello que nos gusta y nos recrea.

El tiempo libre tiene un extraordinario valor educativo, y una importancia crucial en el desarrollo de la persona, porque es el tiempo del que cada uno puede disponer por sí mismo, en el que cada uno puede hacer lo que prefiere y, en esa medida, el más fácilmente auténtico de la personalidad.

En la primera parte de estas reflexiones mencionábamos una epidemia muy extendida hoy: la “notengotiempitis...” Estamos a menudo tan ocupados, que no tenemos tiempo para aquellos que dan sentido a nuestras ocupaciones.

Tiempo ¿para qué?

Hace falta momentos especiales para el otro, para el que vive conmigo. Para que sepa que le escucho, que le acojo, que me importa. De uno en uno, cada uno. Para hacer cosas juntos, o para no hacer nada juntos, simplemente para estar, mirarse en silencio y confirmar tangiblemente la mutua cercanía. Para hablar de ambos, para poder expresar lo que nos ocurre y lo que se nos ocurre; para hablar y pensar juntos acerca de los hijos, de los padres, de los abuelos, de los amigos, de las aficiones, de los acontecimientos... Para saber lo que pensamos y lo que sentimos, y para saber –si es que se puede saber- por qué. Para reír juntos, para llorar juntos, para hacer cosas juntos, para soñar juntos.

Una epidemia familiar terrible

Es un tiempo dedicado a que la otra persona tenga una prueba de que me importa, porque dejo lo demás para estar con ella, lo cual es una forma de certificar la propia donación de sí mismo de manera tangible y cotidiana. Es fundamental que los padres dispongan de momentos así con cierta frecuencia. Y que los hijos, o los abuelos, o las personas que comparten nuestro proyecto de vida cotidiano, también sean obsequiados con el regalo verdadero de nuestro tiempo, de nuestra atención.

También es preciso tener momentos concretos –momentos que se puedan recordar- para que toda la familia pueda estar junta; porque a través del tiempo y de la actividad compartida se comparte la vida entera, se da y se recibe, se aprende a dar y a recibir.

Y se aprende también algo decisivo: la conciencia de la propia pertenencia, la certeza y la identidad que nace de la pertenencia mutua. El sentirnos un nosotros lleno de sentido. Que cada uno pueda ser más él o ella mismos porque saben que cuentan con el impulso y la confianza de los suyos, y que esa confianza les sostiene.

Hacer balance de vez en cuando

Es comprensible que en ciertos periodos de la vida, en una emergencia –tras una enfermedad, un revés importante, un cambio de responsabilidades...-, se nos escape de las manos a los padres la proporción entre nuestras cargas y nuestro tiempo. Y nos venzan transitoriamente las ocupaciones que nos distancian de los nuestros.

Pero si esto se prolonga, o se siente la necesidad de darle permanencia, es preciso reordenar la vida (nuestra única vida) para volver a darle un sentido que sólo nosotros podemos darle. Y si es preciso, habrá que renunciar a algo: ganar menos, brillar menos, hablar menos, hacer menos, viajar menos... Porque el tiempo es vida, y el fin de la vida no son las cosas. En última instancia, tampoco mis cosas. El fin de la vida son las personas que de un modo u otro dependen de mí. Toda elección supone renuncias.

“No tengo tiempo”... Argumento y epidemia. Todos estamos muy atareados, pero el hecho es que, casi siempre, falta tiempo para lo fundamental,aunque no para lo accesorio. No tenemos tiempo para Dios, para la reflexión, para el sosiego del espíritu, para los hijos, para los padres, para los abuelos, para el cónyuge..., y sí para unos compromisos sociales y laborales que se han convertido en cadenas porque son falsos fines y por lo tanto no liberan, no perfeccionan por sí mismos. Es pretender vivir para uno mismo bajo la apariencia de hacerlo por los demás.

Una epidemia familiar terrible
El vivir no da sentido al sentido. Es el sentido el que da vida a la vida.

Pero lo que da sentido a esos trabajos es desempeñarlos por amor a alguien de quien somos responsables. Y eso es lo que nos educa y perfecciona. No se puede ser libre ni crecer en libertad de forma autosuficiente. Vivir para trabajar, vivir para uno mismo, no ser de nadie y no ser para nadie, es condenarse a una soledad sin sentido.

¿Cargar las pilas o recuperar el sentido?

Es preciso entrar de vez en cuando en un ámbito ajeno a la urgencia febril de allegar recursos para la vida, en el que sea posible el silencio, la reflexión y el balance del discurso vital, la recuperación del sentimiento de que se comparte la vida cordialmente. El vivir no da sentido al sentido. Es el sentido el que da vida a la vida.

El tiempo libre es también una tarea de índole moral. Es un tiempo que hay que llenar de sentido y de contenido, que ha de ser convertido en un ámbito humanizador y personalizador. Hay que salir del propio interés inmediato, de las urgencias, y levantar la mirada hacia el horizonte. La prisa a veces enmascara el hecho, señalado por Víktor Frankl entre otros, de que no se tiene un sitio al que ir. El descanso no es sólo para recargas las pilas y volver a salir corriendo, como si la vida sólo fuera importante y verdadera fuera de casa. El descanso verdadero es para la creatividad, para estar juntos y para hacer del estar juntos algo bueno.

Si se vive creativamente será un tiempo auténticamente libre; si no, convertido en evasión febril y renuncia al sentido de la vida, será tiempo muerto, un estéril precipitarse hacia el vacío. Puro aburrimiento. No saber qué hacer porque no se sabe estar: no se sabe estar solo... ni acompañado.


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