Saber mirar
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Textos diversos: “morir… vivir”

MORIR SÓLO ES MORIR. MORIR SE ACABA…

HORACIO

ODA XI

Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. ut melius, quicquid erit, pati!
seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum: sapias, vina liques, et spatio brevi
spem longam reseces. dum loquimur, fugerit invida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.

(“No quieras saber, pues ello nos está vedado, qué fin, Liconoe, han señalado para mí y para ti los dioses. Y no interrogues a los cálculos babilónicos. ¡Cuánto mejor es sufrir todo lo que pueda suceder! Y ora Júpiter te conceda más de un invierno, ora sea éste el último que ahora quebranta el mar Tirreno contra los acantilados de desgastadas rocas, sé prudente. Filtra tus vinos y, ya que la vida es corta, ajusta esperanza larga. Mientras hablamos, el tiempo celoso huyó. Atiende al día presente, y no te fíes lo más mínimo del porvenir.”)

ACTITUD ANTE LA MUERTE SIN ESPERANZA DE ETERNIDAD

“Huyeron las nieves, ya vuelven las hierbas a los campos
y a los árboles su follaje;
la tierra se renueva otra vez y los ríos al decrecer
retornan a sus cauces;
la Gracia con las Ninfas, y las hermanas gemelas, se atreven
a dirigir desnudas sus coros.
“No esperes nada inmortal”, aconseja el año y la hora
que roba al vivificante día.
Los fríos se suavizan con los céfiros, a la primavera reemplaza el verano,
que a su vez va a morir
cuando traiga sus frutos el pomífero otoño, y pronto
retorna el inerte invierno.
Pero rápido reparan las lunas sus mermas en el cielo;
nosotros, en cambio, una vez que hemos caído
donde el padre Eneas, donde el rico Tulo y Anco,
polvo y sombra somos.
¿Quién sabe si agregarán otras mañanas al tiempo transcurrido hasta hoy
los dioses del cielo?
De las ávidas manos de tu heredero huirá todo lo que amistosamente
diste a tu alma.
En cuanto hayas muerto y Minos haya dictado sobre ti
sus sonoras sentencias,
ni tu estirpe, Torcuato, ni tu elocuencia, ni tu
piedad te devolverán a la vida;
pues ni Diana libera de las tinieblas infernales
al pudoroso Hipólito,
ni Teseo es capaz de romper las leteas cadenas
del querido Perítoo.”

La lectura de Horacio desde jovencito fue una ardua experiencia educativa. Siempre nos costaba lo indecible desenredar el enmarañado juego de palabras e ideas. Pero si alguna vez lo conseguíamos, el orgullillo de la victoria nos dejaba eufóricos y quizás por eso y por la edad, perdíamos la ocasión de saborear manjar tan exquisito. Sin embargo nos dejó aquel hábito como una querencia, que con el paso del tiempo nos permitió acercarnos de nuevo y descubrir por qué Quinto Horacio Flaco es considerado un paradigma de poeta clásico en el que la armonía, musicalidad y precisión de las palabras y de los versos, en el límite de lo oscuro por tanta brevedad, le permitían expresar con una serenidad no menos admirable, verdades como puños de nuestra condición humana.

¿Cómo no recordar siquiera la primera estrofa de la oda II, 3 en la que aconseja un ánimo sereno y equilibrado cualquiera que sea nuestra situación personal? Nada debe  desestabilizar nuestra mente en un claro signo del estoicismo en que se apoyaba Horacio, aunque por su temperamento le atrajese el epicureismo en el vivir de cada día: “Recuerda conservar un ánimo tranquilo en los momentos difíciles, y templado en los buenos, lejos de toda exagerada alegría, Delio que has de morir”

“Aequam memento rebus in arduis
servare mentem, non secus in bonis
ab insolenti temperatam
laetitia, moriture Delli”

“Diffugere nives, redeunt iam gramina campis arborisque comae”. Así comienza el poema 7, del libro IV. Horacio contempla  la condición humana como seres abocados a la muerte. El poema   se organiza entorno a un paralelismo entre la vertiginosa transformación de la  naturaleza en el sucederse de las estaciones y el destino de los humanos. Nada nos permite esperar que algo no esté llamado a perecer, a ser  inmortal “immortalia ne speres”. El año, la hora y el día así nos lo advierten, sin ninguna vacilación ni piedad.  Como expresa en otra oda muy conocida “Eheu fugaces!, Postume, Postume, / labuntur anni”.  La conciencia de la fugacidad irreversible de  todas las cosas, es una experiencia universal. El lamento se escucha en todas las culturas y en todos los tiempos.

Pero en el poema no hay solamente un paralelismo. Horacio nos sorprende con una contraposición. La naturaleza restaura en su sucesión todo lo perdido “rápido reparan las lunas sus mermas en el cielo”. Pero el hombre no: “nos ubi decidimus… pulvis et umbra sumus”. (“nosotros, en cambio, una vez que hemos caído.. polvo y sombra somos). La respuesta de Horacio no puede ser más contundente. No existe escapatoria.

La mirada inicial llena de vida describe con pinceladas certeras la primavera en esas aguas vueltas a sus límites tras retirarse las nieves y Las Gracias y las Ninfas  en la naturaleza boyante de vida  y armonía dirigen sus coros en medio del follaje renovado y del verdor. Pero no nos engaña el poeta. Los versos siguientes nos han dejado sin visos  de esperanza. Por eso ni la grata estación estival del verano ni el otoño tan fecundo en frutas sabrosas paliará las brumas mortales del invierno.

La actitud del poeta desmonta toda fisura optimista ante lo irreparable. Abandonad toda esperanza. Al noble Torcuato le arguye implacablemente, no sirven de nada ni los linajes, ni el arte de percudir con palabras hermosas, ni siquiera la piadosa oración. Los ejemplos finales son demoledores, ni los dioses ni los héroes han logrado cambiar el destino inapelable de la muerte.

En medio de la desolación, una pincelada satírica: lo que no gastemos amigablemente con nosotros y los amigos irá a parar a las manos ávidas de  nuestros herederos. Asunto que en Horacio es recurrente.

Horacio muere en el año octavo antes de Cristo. Cuando leo estos poemas y admiro su hermosura no puedo evitar que me llene de gozo caer en la cuenta de lo que supuso la buena nueva del Evangelio. Sin Cristo no puede ser otra la actitud ante  la muerte. Una actitud resignada y frustrante. Cristo trajo al mundo un aire nuevo lleno de esperanza. Por eso un caballero cristiano podía proclamar ante la muerte: “Y consiento en mi morir con voluntad placentera, clara y pura; que querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera es locura”. Y con finura y acierto Benedicto XVI en su encíclica “Spe Salvi” nos recuerda la carencia de esperanza de aquellos ciudadanos de Roma, precisamente ante este mismo tema.

“El haber recibido como don una esperanza fiable fue determinante para la conciencia de los primeros cristianos, como se pone de manifiesto también cuando la existencia cristiana se compara con la vida anterior a la fe o con la situación de los seguidores de otras religiones. Pablo recuerda a los Efesios cómo antes de su encuentro con Cristo no tenían en el mundo «ni esperanza ni Dios»… En este caso aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una « buena noticia », una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo «informativo», sino «performativo». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva.” (SPE SALVI Benedicto XVI)

Pablo recuerda a los Efesios cómo antes de su encuentro con Cristo no tenían en el mundo «ni esperanza ni Dios» (Ef 2,12). Naturalmente, él sabía que habían tenido dioses, que habían tenido una religión, pero sus dioses se habían demostrado inciertos y de sus mitos contradictorios no surgía esperanza alguna. A pesar de los dioses, estaban «sin Dios» y, por consiguiente, se hallaban en un mundo oscuro, ante un futuro sombrío. « In nihil ab nihilo quam cito recidimus» (en la nada, de la nada, qué pronto recaemos) [1], dice un epitafio de aquella época, palabras en las que aparece sin medias tintas lo mismo a lo que Pablo se refería. En el mismo sentido les dice a los Tesalonicenses: «No os aflijáis como los hombres sin esperanza» (1 Ts 4,13). En este caso aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente.

Vicente Huidobro

Altazor, canto I (Fragmento) Vicente Huidobro


Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa
Con la espada en la mano?
¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios?
¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser?
Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir
¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos los vientos del dolor?
Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor
Estás perdido Altazor
Solo en medio del universo
Solo como una nota que florece en las alturas del vacío
No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza

¿En dónde estás Altazor?

La nebulosa de la angustia pasa como un río
Y me arrastra según la ley de las atracciones
La nebulosa en olores solidificada huye su propia soledad
Siento un telescopio que me apunta como un revólver
La cola de un cometa me azota el rostro y pasa relleno de eternidad
Buscando infatigable un lago quieto en donde refrescar su tarea ineludible

Altazor morirás Se secará tu voz y serás invisible
La Tierra seguirá girando sobre su órbita precisa
Temerosa de un traspié como el equilibrista
sobre el alambre que ata las miradas del pavor.
En vano buscas ojo enloquecido
No hay puerta de salida y el viento desplaza los planetas
Piensas que no importa caer eternamente si se logra escapar
¿No ves que vas cayendo ya?
Limpia tu cabeza de prejuicio y moral
Y si queriendo alzarte nada has alcanzado
Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra
Sin miedo al enigma de ti mismo
Acaso encuentres una luz sin noche
Perdida en las grietas de los precipicios

Cae
Cae eternamente
Cae al fondo del infinito
Cae al fondo del tiempo
Cae al fondo de ti mismo
Cae lo más bajo que se pueda caer
Cae sin vértigo
A través de todos los espacios y todas las edades
A través de todas las almas de todos los anhelos y todos los naufragios
Cae y quema al pasar los astros y los mares
Quema los ojos que te miran y los corazones que te aguardan
Quema el viento con tu voz
El viento que se enreda en tu voz
Y la noche que tiene frío en su gruta de huesos

Cae en infancia
Cae en vejez
Cae en lágrimas
Cae en risas
Cae en música sobre el universo
Cae de tu cabeza a tus pies
Cae de tus pies a tu cabeza
Cae del mar a la fuente
Cae al último abismo de silencio
Como el barco que se hunde apagando sus luces

Todo se acabó
El mar antropófago golpea la puerta de las rocas despiadadas
Los perros ladran a las horas que se mueren
Y el cielo escucha el paso de las estrellas que se alejan
Estás solo
Y vas a la muerte derecho como un iceberg que se desprende del polo
Cae la noche buscando su corazón en el océano
La mirada se agranda como los torrentes
Y en tanto que las olas se dan vuelta
La luna niño de luz se escapa de alta mar
Mira este cielo lleno
Más rico que los arroyos de las minas
Cielo lleno de estrellas que esperan el bautismo
Todas esas estrellas salpicaduras de un astro de piedra lanzado en las aguas eternas
No saben lo que quieren ni si hay redes ocultas más allá
Ni qué mano lleva las riendas
Ni qué pecho sopla el viento sobre ellas
Ni saben si no hay mano y no hay pecho
Las montañas de pesca
Tienen la altura de mis deseos
Y yo arrojo fuera de la noche mis últimas angustias
Que los pájaros cantando dispersan por el mundo.

Reparad el motor del alba
En tanto me siento al borde de mis ojos
Para asistir a la entrada de las imágenes

Soy yo Altazor
Altazor
Encerrado en la jaula de su destino
En vano me aferro a los barrotes de la evasión posible
Una flor cierra el camino
Y se levantan como la estatua de las llamas
La evasión imposible
Más débil marcho con mis ansias

Que un ejército sin luz en medio de emboscadas


JOSÉ LUIS HIDALGO:

Los muertos.


Hoy vengo a hablarte, mar, como a mí mismo.
Como me hablo cuando estoy a solas,
cuando alejado de los tristes días
que nos contemplan desde el ojo humano
acerco el ascua tenebrosa y sola
al principio del ser, a las raíces
donde alborea, matinal y oscura
la caricia primera de la tierra.


A hablarte vengo, mar, como a mí mismo,
en esta noche mineral y lúcida
mientras la luna, desde arriba, arroja
sobre los mundos una luz calcárea
y en el bisel del horizonte hiere
su duro, lento y solitario hueso.


Desde hace siglos sin cesar palpitas
tu blando corazón contra las rocas
que ante tu orilla, para siempre oyéndote
se bañan mansamente o se derrumban
fingiendo limos, donde solo existen
aristas de ira para tus entrañas.


Hoy vengo a hablarte, porque tú, conmigo
naciste y sin cesar crecimos
cuando en la rosa del albor primero
con vesperal y fabuloso ojo
detrás de los helechos acechaba
el paso de los corzos y la sangre,
empapando la tierra, me llamaba
hacia los bosques, como el fuego ardiente
de una lejana y cegadora estrella.


En esta noche en que mi historia acaba,
en que los siglos sordamente suenan
bajo las plantas de mis pies desnudos,
bajo la tierra donde crecen árboles
y las palomas y las flores vuelan
junto a la hermosa garra de las águilas...
A ti, acudo, mar, en esta hora
porque el destierro de tu voz me llama
y en el hondón de mis entrañas siento
removerse otra agua clamorosa.
Tú solo, mar y mar, gimiendo
la soledad tremenda del que a nadie
puede decir su soledad. El mundo,
las lejanas estrellas que podían
escuchar tu dolor o presentirlo,
estaban lejos, porque Dios quería
tu sola soledad, tu dolor solo
como un terrible cántico a su gloria.


Quieta y muda, la tierra, duramente
diques ponía a tu invasora forma
que imitaba la vida de los pétalos
o la erizada furia de la selva.
-Nunca nos conocimos. No sabíamos.
Distintas nuestras sangres se ignoraban:
la tuya verde, transparente y única;
la mía roja, sordamente múltiple...-


En esta noche, mar, en esta noche
cuando la luna desde arriba arroja
sobre los mundos una luz calcárea
y en el bisel del horizonte hiere
su duro, lento y solitario hueso,
yo te pregunto lo que están buscando
ese fragor dulcísimo de manos,
esas inmensas lágrimas que chocan,
el eco interminable de las aguas
que como cuerpos sobre ti se aman.


Dime qué buscas, mar, qué es lo que busco
cuando temblando de la orilla huyes,
cuando temblando del amor me alzo,
cuando la mano en mis entrañas hundo
y golpeo sobre ellas como un látigo
cuando royendo la caverna oscura
te rompes con horror contra un peñasco
o ya en la calma de una tarde triste
acaricias, soñando, antiguas playas...


En esta noche, mar, en esta noche
en que mi sino solitario tiende
su milenario cuerpo por tus costas
mientras los viejos musgos y los líquenes
prenden grises hogueras a tu orilla
donde queman su óxido de sombra
las invisibles razas invernales
que algún día se fueron de la tierra
yo pregunto el destino de los muertos
que antes que yo nacieron y gimieron
para darme a la luz, de los que en siglos
y siglos, se tendieron como gérmenes
para que el fuego vivo de mi cuerpo
alma les diera cuando los recuerde.
Yo pregunto el destino de su sangre
corriendo como un río sin orillas
al inquietante reino donde todo
-la carne con la carne, el cuero húmedo,
la tierra junto al tacto deshaciéndose-
forman breves coronas desoladas,
transparentes cenizas que se rinden.


Busco en la sombra. Allá, por los confines
de la mano que elevo como un pájaro
más alta que mi frente. Aquí termina
todo entero mi ser, la carne acaba
y comienza la estela de los astros,
la clamorosa luz de las estrellas.
Aquí comienza el mar. Yo soy el único
junto al que habita solo, desde siempre,
la eternidad errante de la tierra.
Aquí comienza el mar, aquí termino.
Solo después que yo mi voz humana,
un recuerdo sereno en el vacío.


-Por debajo de mí los enterrados,
como fríos veleros, navegando
por otro mar sombrío, el de la muerte,
donde un viento, que es tierra, los empuja
hasta el confín ardiente de mi vida.
Dios no pregunta, porque Dios se basta.
La tierra calla, porque nada espera.
El mar hermoso, bajo los luceros,
y el hombre solo, bajo los planetas,
su muerte inútil, sin morir, rechazan
contra la roca ciega del futuro


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