Saber mirar
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Claves para comprender la necesidad de recuperar una mirada de misericordia

4. SIGNO DE CONTRADICCIÓN: MAGISTRAL SÍNTESIS DE KAROL WOJTILA

Enseñó el Cardenal Karol Wojtila en su libro “Signo de Contradicción” que había sido reservado a nuestro tiempo el que se manifestase en su total perversidad el verdadero sentido de la tentación de Satanás a nuestros Primeros Padres. Comentaba en sus pláticas a Pablo VI y al Colegio Cardenalicio en los ejercicios espirituales de la Cuaresma de 1976, que en el inicio nuestros Padres cayeron por considerar que era bueno aquello que se nos prohibía: la atracción desordenada de las criaturas. La peculiaridad de nuestro tiempo es rechazar a Dios no por seducción de las criaturas sino por Odio al Creador.

El hombre de nuestros días sabe que el camino que sigue la humanidad es equivocado, pero no lo abandona, aunque lleve a la muerte y a la desolación.

El hombre autosuficiente y autónomo moderno y contemporáneo ha creído que Dios limitaba la libertad del hombre, que eran necesarios prometeos que arrebataran el fuego de la sabiduría y de la ciencia a los dioses, para bien de los hombres. Los reinos de este mundo, los paraísos artificiales, la construcción de un mundo feliz se convirtió en el motor de la Historia. Desde la Paz de Wesfalia en 1648, las revoluciones europeas, americanas u orientales, hasta el final de la segunda guerra mundial confiaban en que el hombre conseguiría el dominio de todo sin necesidad de contar con el Cielo.

Los desastres de las guerras, horribles siglos XIX y XX, las crueldades hasta la abominación, han llegado a despertar sentimientos de desesperación, angustia existencial, arrepentimientos momentáneos pero no conversión. El hombre de nuestros días sabe que el camino que sigue la humanidad es equivocado, pero no lo abandona, aunque lleve a la muerte y a la desolación.

A pesar del enorme bullicio y ruido con que se pretende aturdir nuestras conciencias no superamos la gigantesca tristeza espiritual que corroe el interior de tantos seres humanos de nuestro tiempo. La “disensio corrosiva” que denunciaba Juan Pablo II. El título de la novela de Françoise Sagan sigue de plena actualidad: Buenos días tristeza. La ciudad alegre y confiada ha puesto su ideal en pasarlo lo mejor posible en esta vida. “Que de la otra nadie ha vuelto” afirma cínicamente. Los grandes ideales de la revoluciones se han reducido a conseguir “una calidad de vida” y a asegurar un bienestar. Nos aterrorizan las crisis económicas. Pasemos como si no fuera con nosotros del derrumbe moral, más devastador que un terrible terremoto. Y con actitud de avestruz, nos dedicamos a apuntalar el sueño de una ciudad sostenible, como nueva torre de Babel.

5. UN POCO DE PERSPECTIVA HISTÓRICA

En los comienzos de la encíclica “Dives in Misericordia”, texto que desde el principio guía mi exposición, me llamaron la atención las palabras con que define el rechazo que el hombre moderno siente ante el término misericordia. Dice certeramente: “La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de « misericordia » parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado. Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia.” [CERRO CHAVES, Francisco Escritos y Documentos de los Papas sobre el Corazón de Jesús. Editorial Agua Viva, pag. 253]

El individualismo desorbitado de nuestros días tiene a orgullo conseguir el éxito en la vida sin tener que reconocer deuda ni gratitud a nadie. “El hombre que se hizo a sí mismo”, aparte de imposible, falso e impío, implica una concepción de la vida como lucha sin concesiones, el triunfo a toda costa, caiga el que caiga

Desde hace más de quinientos años vive la Humanidad, en sus claves más elementales, empeñada en conseguir lo que enseñaba Fernando de Rojas por boca de La Celestina: La naturaleza huye lo triste y apetece lo deleitable. Riquezas quiero a tuerto o a derecho ganadas.” Como vio el genial escritor eso implica la destrucción y la muerte. Ni por esas aprendemos. La cultura cristiana con agudeza consideró como modelo a Santa María Magdalena. En ella descubrió que no era suficiente arrepentirse, que era necesaria una conversión que cambiara los ideales de la vida. Amar Sí, pero ahora embebida en el Amor de Cristo.

El individualismo desorbitado de nuestros días tiene a orgullo conseguir el éxito en la vida sin tener que reconocer deuda ni gratitud a nadie. “El hombre que se hizo a sí mismo”, aparte de imposible, falso e impío, implica una concepción de la vida como lucha sin concesiones, el triunfo a toda costa, caiga el que caiga, el predominio de lo útil sobre lo verdadero, la moral del fin como justificación de todos los medios, la existencia de compañeros, simples colaboradores, pero no de amigos y menos hermanos, porque siempre se consideran competidores por los mismos bienes anhelados obsesivamente.

En la homilía de la consagración de la Basílica de la Sagrada Familia Benedicto XVI pronunció una frase, en medio de su profundo y hermosísimo discurso, que me emocionó “La medida del hombre es Dios”. En medio de la Barcelona mercantil, culta y engreída de sí misma, me pareció un aldabonazo profético que resonaba no en el templo, sino en medio de la ciudad pagana como un alegato contra la convicción renacentista de que “El hombre es la medida de todas las cosas” con que se construye la antropología del hombre moderno y contemporáneo. Aquel antropocentrismo orgulloso que desdeñó la visión teocéntrica del mundo, denunciando engañosamente que cuidarse de Dios, como razón última de todo, supone descuidar la atención a los hombres. Con razón San Juan Pablo II insistía en que la Iglesia debía aunar en su predicación una visión teocéntrica, para que resultase posible cualquier antropocentrismo legítimo.


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