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Segismundo en las noches del botellón

SIN CLAVE DE SENTIDO EN LA VIDA

Segismundo en las noches del botellón


“Yo, acudiendo a mis estudios,
en ellos y en todo miro
que Segismundo sería
el hombre más atrevido,
el príncipe más cruel
y el monarca más impío,
por quien su reino vendría
a ser parcial y diviso,
escuela de las traiciones
y academia de los vicios;
y él, de su furor llevado,
entre asombros y delitos,
había de poner en mí
las plantas, y yo, rendido,
a sus pies me había de ver
-¡con qué congoja lo digo!-
siendo alfombra de sus plantas
las canas del rostro mío.”

 

He vuelto recientemente a mi rincón de La vida es sueño de Calderón de la Barca. La he mirado en clave educativa y me ha sorprendido su actualidad.

Calderón, con un rigor y una precisión de fina relojería, mueve los hilos que la componen en torno a Segismundo y mantiene hasta el final la intriga sobre la idea dominante. ¿Puede el hombre vencer el destino establecido por los astros o, por el contrario, somos simples marionetas en manos del destino? Nos plantea el tema de la libertad.

El lamento del protagonista, el ¡Ay mísero de mí. Ay infelice!, encadenado y encerrado en un torreón inasequible, muestra el grado más primario de la libertad, poder movernos sin trabas.

Libre de cadenas aparece Segismundo en la corte. Pero el Príncipe heredero sigue encadenado, ahora psicológicamente. Sin nada ni nadie que las reprima, sus  pasiones dominantes impulsan ciegamente el obrar del protagonista y nada menos que la ira y la lujuria, aquellas que lo arrastrarían al cumplimiento de su destino.

Basilio, su padre, como leemos en el fragmento ofrecido, ha descubierto que el sino de su hijo era ser un hombre cruel, impío con sus padres y tirano para su pueblo. No lo dudó: debía recluirlo en secreto en una torre o cárcel inaccesible para evitar los males anunciados contra él y su reino. Ya mayor, le surgen unas dudas: quizás por ser justo con su pueblo, había sido injusto con su hijo.

Adopta entonces una tan ingeniosa estratagema como peligrosa. Mediante una pócima lo llevarán dormido de la torre a la corte y por el mismo procedimiento regresará a las cadenas, si en su obrar confirma lo que anunciaban los astros. Ya no será la cárcel una decisión arbitraria sino un castigo.

Paradójicamente su deseo de justicia ha desencadenado el cumplimiento del destino. Para Basilio: el destino se impone a la libertad. El populacho, al enterarse de que existe el heredero legítimo, asalta la torre, libera a Segismundo, se entabla una batalla y todo anuncia que el padre, derrotado, someterá su cerviz y sus canas al vencedor. Tal como los astros lo predijeron.

Pero la ingeniosa argucia vino a propiciar que en el impetuoso Segismundo fuese madurando y asentándose una concepción de la vida que se iba a convertir en clave de sentido. ¿Será la vida un sueño, una sombra, una ficción?

La reflexión sustituye al frenesí de una acción impulsiva y desordenada. A partir de este momento Segismundo es responsable de la opción que elija. No es el impulso ciego de la naturaleza llamada “astros o destino” sino la libertad consciente la que interviene. Segismundo vence al destino en el momento en que se plantea una meta y opta por un camino. Segismundo ha hecho triunfar la libertad cuando elige entre dos opciones contrarias. La libertad surge, como en todo ser humano, cuando se plantea un para qué.

Estableced una semejanza entre la “corte” de Segismundo y la noche del botellón o las juergas descontroladas de la juventud los fines de semana(…) Se entregan a la noche, dejándose llevar por todo tipo de pulsiones descontroladas y aunque regresen, una vez tras otra, hastiados, mantienen la esperanza de que quizás en la próxima ocasión encuentren respuesta a sus confusas ilusiones. Pero ¿quién les ha ofrecido claves de sentido?

Que la vida sea o no apariencia o sueño, no supone haber encontrado la respuesta al modo mejor de vivir. Sigue en pie la duda: ¿qué debo hacer? o ¿qué camino seguir? Se hace necesaria la elección. Si el vivir sólo es soñar ¿no será lo pertinente “gozar de la ocasión” y “atreverse a todo”? O por el contrario ¿será mejor “aspirar a lo eterno” y dedicarse a “ganar amigos para cuando despertemos”?

Elevemos la fábula a categoría universal. Todo ser humano viene como Segismundo marcado por unos “astros” que se llaman naturaleza, historia y o tan solo libertad como pretenden algunos discípulos de Sartre. Antiguamente se distinguía entre el temperamento dado y el carácter adquirido; entre las pasiones dominantes insertas en cada persona y las virtudes que en positivo las encauzaban; se sabía que lo fácil es “irse al hilo de la gente” frente al arduo camino de quien va contra corriente. Educar no es otra cosa que ayudar a salir airoso en este combate.

Nuestro tiempo es contradictorio. No reconoce límites a la bondad de la naturaleza y luego se escandaliza de que nuestros adolescentes sean imposibles o hagan imposible la vida escolar o familiar, etc. Somos optimistas en el camino y nos echamos las manos a la cabeza en el momento de la llegada. Basilio al menos es más consecuente: como “conoce” que su hijo es de “mala pasta” no duda en suprimirle la libertad. Lo recluye en la torre. Su educación se reduce a represión sin sentido, a palo y tente tieso. Nuestro momento educativo permisivo y poco exigente está tentado de imitar a Basilio, como reacción y remedio a un descontrol. Es la historia de la educación moderna. Cuando se olvida la verdadera naturaleza humana, todo rusoniano termina siendo jansenista. Ignoran la doctrina del pecado original: somos un anhelo inconmensurable de bien, que se estrella contra la facilidad que tenemos para hacer lo contrario. La educación verdadera conoce los anhelos, pero habilita al aprendiz, le da resortes para poder llevarlos a término, cree en la libertad pero cultiva la responsabilidad.

Mucho se parece a nuestra sociedad la ligereza con que el sabio Basilio decide llevar a la Corte a Segismundo, sin más criterio que la esperanza de que en su actuar contradiga magnánimamente el destino y se comporte cuerdamente. No es justa ni prudente esta decisión. ¿Qué cabía esperar de una persona que ha crecido entre las fieras, ha sido educado por las fieras y sobre todo por los “sermones” de su “carcelero”?.

Es aleccionador comparar a Segismundo con nuestros jóvenes y adolescentes. Estableced una semejanza entre la “corte” de Segismundo y la noche del botellón o las juergas descontroladas de la juventud los fines de semana. Da lo mismo que provenga de la torre jansenista o del relajo rusoniano. Unos y otros están esperando su hora, como evasión, aventura o rebeldía contra lo establecido. Se entregan a la noche, dejándose llevar por todo tipo de pulsiones descontroladas y aunque regresen, una vez tras otra, hastiados, mantienen la esperanza de que quizás en la próxima ocasión encuentren respuesta a sus confusas ilusiones. Pero ¿quién les ha ofrecido claves de sentido?

Segismundo sí encontró claves de vida en medio de la noche. Por eso Segismundo venció al destino. Triunfó la libertad. Dios se lo conceda a nuestros descendientes.

SANTIAGO ARELLANO


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