SÓLO TÚ LA PODEROSA MANO
La intervención de Dios en la Creación del Universo no exige ni niega la Evolución pero las consecuencias de una u otra visión son sobrecogedoras.
La revolución científica que se ha producido en el conocimiento del genoma en los últimos años está transformando las teorías sobre el origen de la vida. Seguro que de haberlas conocido, Darwin se hubiera visto obligado a explicar de manera muy diferente sus hipótesis sobre la evolución de las especies. No entra en mi competencia dilucidar sobre cuestiones científicas. Leo, admiro y me maravillo pero intuyo que los hallazgos de la ciencia han de confluir en la Verdad, principalmente sobre el hombre.
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La revolución científica que se ha producido en el conocimiento del genoma en los últimos años está transformando las teorías sobre el origen de la vida. Sin embargo, la Creación del Universo no puede ser más que obra de Dios. |
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La tradición cultural occidental nos tiene acostumbrados a otros saberes diferentes del de la Ciencia. Por ejemplo la Filosofía o la Teología. Saberes acerca del espíritu del ser humano o de la inmortalidad del alma. Olvidarlos o menospreciarlos es una actitud reduccionista y altamente infantil. La intervención de Dios en la Creación del Universo y de manera muy especial en la del género humano ni exige ni niega la Evolución. Pero las consecuencias son sobrecogedoras. Cantaba Malón de Echaide en uno de los salmos, traducidos y convertidos a la métrica de Garcilaso:
¿Hicísteme a tu imagen o grandeza,
no dicha de los Angeles del Cielo:
en tan baxo sujeto tanta alteza?
¿de Cielo el alma?, ¿el cuerpo de vil suelo?
¿Qué es posible, que pudo tu destreza
engastar un espíritu en tal velo?
Somos obra directa de Dios, nosotros, nuestros hijos y la Humanidad entera. Prefiero sentir el abrazo cariñoso de Dios tal como se representa en la puerta de las Platerías de Santiago de Compostela. Me embelesaré con La creación del Hombre de Miguel Ángel y volveré a enseñar a mis amigos el maravilloso soneto de José García Nieto dedicado a su hija.
EL HACEDOR
Entra en la playa de oro el mar y llena
la cárcava que un hombre antes, tendido,
hizo con su sosiego. El mar se ha ido
y se ha quedado, niño, entre la arena.
Así es este eslabón de tu cadena
que como el mar me has dado. Y te has partido
luego, Señor. Mi huella te ha servido
para darle ocasión a la azucena.
Miro el agua. Me copia, me recuerda.
No me dejes, Señor; que no me pierda,
que no me sienta dios, y a Ti lejano...
Fuimos hombre y mujer, pena con pena,
eterno barro, arena contra arena,
y sólo Tú la poderosa mano.
Se nos olvidan tantas cosas que no resulta extraño que al contemplar a nuestros hijos pensemos que son obra nuestra, tanto cuando nos queremos como cuando no. El "cientifismo" contemporáneo nos anima a la misma conclusión: óvulos y espermas se entrecruzan en una nueva historia de genes, responsables de esa nueva criatura. Pero no es verdad. O al menos es una verdad parcial e incompleta.
La visión cristiana del ser humano es un prodigio equidistante entre dos extremos: el del hombre reducido solo al alma, platonismo, o el del hombre reducido sólo al cuerpo, como ocurre en el materialismo contemporáneo.
Con delicadeza exquisita nos lo explica García Nieto. La participación de los padres es "arena contra arena", eterno barro y "pena contra pena". Es nuestra condición existencial la que define la pena, como la fragilidad surge de ser eterno barro, clave que prepara y recuerda el soplo de Dios en el Génesis. Pero ¡son tan semejantes a nosotros nuestros hijos, les descubrimos tantos parecidos, que no es extraño que nos consideremos los únicos autores, como el charco de agua retenido en la cárcava es semejante al mar total. Sin embargo nuestra participación es como huella en la arena que da ocasión a la azucena, así deberíamos considerar a cada uno de nuestros hijos. La súplica del poeta, oración profunda, es muy apropiada: si creamos vida podemos considerarnos dioses; pero sólo Dios es la "poderosa mano", capaz de crear en cada ser un alma nueva.
¡Qué consolador saber que Dios está tan interesado como nosotros por nuestros hijos, porque también son suyos, aunque Él sea más respetuoso que nosotros mismos por su libertad! |