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Saber mirar - Santiago Arellano / Niños abandonados

 SABER MIRAR

NIÑOS ABANDONADOS

¿Para qué tanta delicadeza si la vida no tiene sentido y la lucha por la vida será implacable con todo lo frágil y delicado? Desamparados. Perdidos.

 

Desamparados, Picasso

Se trata mal la niñez porque no se tiene en cuenta ni su dignidad ni la grandeza del proyecto personal que cada uno tiene derecho a descubrir y desarrollar. A los niños se les maltrata también cuando sofocamos por exceso de afecto y de protección su propio desarrollo, o les negamos un camino de esperanza.

No es piadoso nuestro tiempo con la infancia. Declaraciones y días internacionales son guiño y señuelo. Se maltrata a los niños. Así es. Pero no me refiero a las agresiones físicas, ni tampoco al aborto, que pondría punto final a mi artículo. Se trata mal la niñez porque no se tiene en cuenta ni su dignidad ni la grandeza del proyecto personal que cada uno tiene derecho a descubrir y desarrollar. A los niños se les maltrata también cuando sofocamos por exceso de afecto y de protección su propio desarrollo, o les negamos un camino de esperanza.

A principios del siglo XX la pluma de Baroja denunció una realidad deplorable. El desplazamiento de los campesinos a las grandes ciudades creó los primeros cinturones de la miseria. En Madrid. En la mismísima Puerta del Sol dormían chiquillos y mayores al calor de las calderas del asfalto. La mirada del autor no rehuye ni el humor negro ni la crueldad. El “matoncito” de turno acallará al niño enfermo con esta demoledora sentencia: “Pues, amolarse. Ahórcate”.

Dios quiera que los nubarrones de las crisis económicas no nos traigan viejos males sociales que durante tanto tiempo se convirtieron en endémicos en nuestra patria.

“Anduvieron después correteando por las calles, y a las once, próximamente, volvieron a la Puerta del Sol.

Alrededor de las calderas del asfalto se habían amontonado grupos de hombres y de chiquillos astrosos; dormían algunos con la cabeza apoyada en el hornillo, como si fueran a embestir contra él. Los chicos hablaban y gritaban, y se reían de los espectadores que se acercaban con curiosidad a mirarles.

- Dormimos como en campaña -decía uno de los golfos.

- Ahora no vendría mal -agregaba otro- pasarse a dar una vuelta por la plaza Mayor, a ver si nos daban una libra de jamón.

- Tiene trichina.

- Cuidado con el colchón de muelles -vociferaba uno chato, que andaba con una varita dando en las piernas de los que dormían-. ¡Eh, tú, que estás estropeando las sábanas!

Al lado de Manuel, un chiquillo raquítico, de labios belfos y ojos ribeteados, con uno de los pies envuelto en trapos sucios, lloraba y gimoteaba; Manuel, absorto en sus ideas no se había fijado en él.

- Pues no berreas tú poco -le dijo al enfermo un muchacho que estaba tendido en el suelo, con las piernas encogidas y la cabeza apoyada en una piedra.

- Es que me duele mucho.

- Pues, amolarse. Ahórcate.” (La Busca)

Mi reflexión va por otros derroteros. Se denuncia el fracaso escolar. Se publican demoledoras estadísticas sobre la no titulación básica y el temprano abandono escolar de numerosos jóvenes. ¿A quién le preocupa el fracaso existencial y vital de tantos hombres y mujeres que huyen hacia delante porque pararse propicia la pregunta sobre tanto vacío y sinsentido? El mundo moderno y contemporáneo ha vaciado la existencia. Gozar el presente y no detenerse a pensar guían el vivir de los más. Se ven demasiados rostros cínicos y tristes.

Dudé en recordar a los niños pintados por Murillo o algún prototipo de la matanza de los Santos Inocentes. Pero caí en la cuenta de que Picasso me venía más a la mano de mis inquietudes. De las más de 180 pinturas, dibujos o grabados sobre niños, los críticos han resaltado que ninguno aparece con una sonrisa diáfana. No creo que sea casual.

En su caso no vale achacarlo a una infancia penosa y pocos pintores tienen el don de saber reproducir en un solo trazo el centro del mensaje. Desvalimiento, ternura son constantes en sus representaciones. Difícilmente encontraremos una imagen tan conmovedora como la Niña con pichón. Me ocurre lo mismo con sus maternidades de la época azul o rosa. Sirve cualquiera de sus “Madres con hijo”. Observemos la que lleva por nombre “Desamparados”. Creo que su título nos da una pista para entender los sentimientos que nos despiertan estos temas.

¿Qué ocurriría si de pronto cruzase nuestra mente un juicio del tipo “tanto, para nada”? ¿Por qué la maternidad, por qué la niñez han de suscitar tanta ternura? No se trata de pobreza física ni de carencias primarias. ¿Para qué tanta delicadeza si la vida no tiene sentido y la lucha por la vida será implacable con todo lo frágil y delicado? Desamparados. Perdidos.

La sonrisa de los niños proclama la valía de cada instante y recuerda la misericordia de Dios.

 Saber mirar - Santiago Arellano / Niños abandonados

   
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