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Saber mirar - Santiago Arellano / Modos de belleza
FORUNIVER / El camino de la belleza / Modos de belleza

 SABER MIRAR

MODOS DE BELLEZA

Saber mirar

 CONTENIDO

 PEDRO SALINAS - CLAUDIO RODRÍGUEZ
 FRANCISCO DE QUEVEDO
 LUIS DE GÓNGORA
 QUEVEDO A FLORI
 LOPE DE VEGA
 DULCE MARÍA LOYNAZ
 MODOS DE BELLEZA

PEDRO SALINAS

Y ahora, aquí está frente a mí.
Tantas luchas que ha costado,
tantos afanes en vela,
tantos bordes de fracaso
junto a este esplendor sereno
ya son nada, se olvidaron.
Él queda, y en él, el mundo,
la rosa, la piedra, el pájaro,
aquéllos , los del principio,
de este final asombrados.
¡Tan claros que se veían,
y aún se podía aclararlos!

Están mejor; una luz
que el sol no sabe, unos rayos
los iluminan, sin noche,
para siempre revelados.
Las claridades de ahora
lucen más que las de mayo.
Si allí estaban, ahora aquí;
a más transparencia alzados.
¡Qué naturales parecen,
qué sencillo el gran milagro!
En esta luz del poema,
todo,
desde el más nocturno beso
al cenital esplendor,
todo está mucho más claro.

CLAUDIO RODRÍGUEZ
Don de ebriedad

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo ―esto es un don―, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

 

 

FRANCISCO DE QUEVEDO

Rubén Darío

AFECTOS VARIOS DE SU CORAZÓN, FLUCTUANDO EN LAS ONDAS DE LOS CABELLOS DE LISI

En crespa tempestad del oro undoso
Nada golfos de luz ardiente y pura 
Mi corazón, sediento de hermosura, 
Si el cabello deslazas generoso.

Leandro, en mar de fuego proceloso, 
Su amor ostenta, su vivir apura; 
Ícaro, en senda de oro mal segura, 
Arde sus alas por morir glorioso.

Con pretensión de Fénix encendidas
Sus esperanzas, que difuntas lloro, 
Intenta que su muerte engendre vidas.

Avaro y rico y pobre, en el tesoro
El castigo y la hambre imita a Midas, 
Tántalo en fugitiva fuente de oro.

 

Francisca Sánchez

LUIS DE GÓNGORA

A Clori

Prisión del nácar era articulado
(de mi firmeza un émulo luciente)
un dïamante, ingenïosamente
en oro también él aprisionado.

Clori, pues, que su dedo apremïado
de metal, aun precioso, no consiente,
gallarda un día, sobre impacïente,
lo redimió del vínculo dorado.

Mas, ay, que insidïoso latón breve
en los cristales de su bella mano
sacrílego divina sangre bebe:

púrpura ilustró menos indïano
marfil; invidïosa, sobre nieve
claveles deshojó la Aurora en vano.

 

 

QUEVEDO

Rubén Darío

A FLORI, QUE TENÍA UNOS CLAVELES ENTRE EL CABELLO RUBIO

Al oro de tu frente unos claveles
Veo matizar, cruentos, con heridas; 
Ellos mueren de amor, y a nuestras vidas 
Sus amenazas les avisan fieles.

Rúbricas son piadosas y crueles, 
Joyas facinerosas y advertidas, 
Pues publicando muertes florecidas, 
Ensangrientan al Sol rizos doseles.

Mas con tus labios quedan vergonzosos 
(Que no compiten flores a rubíes) 
Y pálidos después, de temerosos;

Y cuando con relámpagos te ríes, 
De púrpura, cobardes, si ambiciosos, 
Marchitan sus blasones carmesíes.

 

* * * *

Amor impreso en el alma, que dura después de las cenizas

 

Si hija de mi amor mi muerte fuese,
¡qué parto tan dichoso que sería
el de mi amor contra la vida mía!
¡Qué gloria que el morir de amar naciese!
Llevara yo en el alma adonde fuese
el fuego en que me abraso, y guardaría
su llama fiel con la ceniza fría
en el mismo sepulcro en que durmiese.
De esotra parte de la muerte dura
vivirán en mi sombra mis cuidados,
y más allá del Lethe mi memoria.
Triunfará del olvido tu hermosura;
mi pura fe y ardiente, de los hados;
y el no ser, por amar, será mi gloria.

 

LOPE DE VEGA

A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.

No sé qué tiene el aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mí mismo,
no puedo venir más lejos.

Ni estoy bien ni mal conmigo;
mas dice mi entendimiento
que un hombre que todo es alma
está cautivo en su cuerpo.

Entiendo lo que me basta,
y solamente no entiendo
cómo se sufre a sí mismo
un ignorante soberbio.

De cuantas cosas me cansan,
fácilmente me defiendo;
pero no puedo guardarme
de los peligros de un necio.

Él dirá que yo lo soy,
pero con falso argumento;
que humildad y necedad
no caben en un sujeto.

La diferencia conozco,
porque en él y en mí contemplo
su locura en su arrogancia,
mi humildad en mi desprecio.

O sabe naturaleza
más que supo en este tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos.

 

La dulzura del ángelus

 

Dulce
María
Loynaz

 

 

 

 

En mi jardín hay rosas  
yo no te quiero dar  
las rosas que mañana...  
mañana no tendrás.  

En mi jardín hay pájaros  
con cantos de cristal:  
No te los doy, que tienen  
alas para volar...  

En mi jardín abejas  
labran fino panal  
¡Dulzura de un minuto...  
no te la quiero dar!  

Para ti lo infinito  
o nada; lo inmortal  
o ésta muda tristeza  
que no comprenderás...

La tristeza sin nombre  
de no tener que dar  
o quien lleva en la frente  
algo de eternidad...  

Deja, deja el jardín...  
no toques el rosal:  
Las cosas que se mueren  
no se deben tocar.  

   

Por su amor conocerás al hombre. El amor es su fruto natural, el más suyo, el más liberado de su ambiente.
El amor es el único fruto que brota, crece y madura en él, con toda la simpleza, la pureza y la gracia de la naranja en el naranjo y de la rosa en el rosal.
Hay hombres sin amor, pero de estos hombres nada se sabe:
nada pueden decir a la inquietud del mundo.
El amor es el fruto del hombre y también su signo; el amor lo marca como un hierro encendido y nos lo deja conocer, distinguir, entresacar...
No conocerás al que pasa por su vestido de palabras brilladoras —lentejuelas de colores...—, ni por la obra de sus manos ni por la obra de su inteligencia, porque todo eso lo da la vida y lo niega... Lo da y lo niega a su capricho —o a su ley— la vida...
Y hay muchos que van derechos porque el aire no sopló sobre ellos, y otros hay que se doblan como se dobla el arco para arrancarle al viento su equilibrio, o para proyectarse de ellos mismos, fuera de ellos —¡en el viento!—, por la trémula, aguda flecha íntima...
La palabra noble es ciertamente un indicio; la obra útil es ya una esperanza. Pero sólo el amor revela —como a un golpe de luz— la hermosura de un alma.

El Señor me ha hospedado en este mundo, hecho por sus propias manos.
Ha puesto un fino aire transparente para que yo pueda respirarlo y ver al mismo tiempo a través de él los hermosos paisajes, los rostros amados, el cielo azul.
El Señor ha puesto el sol que alumbra mis pasos en el día, y la luz mitigada de las estrellas que vela mi sueño por las noches.
Ha sujetado el mar a mis pies con una cinta de arena y la montaña con una raíz de flor.
El Señor ha soltado, en cambio, los ríos y los pájaros que refrescan y alegran el mundo que me ha dado, y ha hecho crecer también la blanda hierba, los flexibles arbustos, los buenos árboles, prendiéndoles collares de rocío, racimos de frutas, manojos de flores, para regalo de mis labios y mis ojos.
Todo esto ha hecho el Señor. Y, sin embargo, yo, como huésped rústico, me muevo con torpeza y con desgana, sigo extrañando vagamente otras cosas... No sé qué intimidad, qué vieja casa mía...

La religiosidad de los campesinos

 

 

 

Si estás arriba..., ¿por qué no bajas en la lluvia que me cierra los párpados?

Si estás abajo..., ¿por qué no subes en el retoño de cada árbol, en las puntas de hierba verde que se enredan a mis rosales?

Si estás lejos..., ¿qué hacen los caminos de la tierra?

Si estás cerca..., ¿qué hace mi corazón, que no te adivina entre todos?

 

 

 

 

* * * *

La religiosidad de los campesinos

Modos de belleza

 

 

 

 

 

 

Juan Bautista Martínez del Mazo

o Diego de Velázquez

La Infanta Margarita (1660)

 

 

 

RENOIR

 

 

La religiosidad de los campesinos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El palco

 

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